viernes, 2 de julio de 2010

Nouvelle Zelande


En mitad de aquella grande, inmensa sala con un toque acogedor que hacia temblar todas sus inquietudes, comenzó a ser consciente de lo que había pasado.

Se estiró sobre el falso mármol con el que se había hecho cubrir el suelo de aquella pobretona sala de recreaciones, ahora vacía. La sangre retomaba su natural movimiento muy lentamente. La sentía arder por debajo de la piel, cosquilleante. Pero cuando posó el dorso de sus manos sobre el mencionado suelo, le sorprendió algo que para muchos hubiera pasado desapercibido: contra toda esperanza, no estaba frío.

La desilusión asomó en su rostro medio segundo, cuando empezaron a sonar las flautas. Los pájaros, el río, la idílica tranquilidad que la vida había arraigado en sus ideales de paz. Una cortesía musical tan poética como ella misma, que la llevó a ese frío perdido, a ese verde incontrolable, a su paraíso escondido. La libertad guerrera, la familiaridad hospedada en el alma, de esa forma que solo una tradición perenne durante tu más tierna niñez puede hospedar.

En aquella sala, el ruido dejó de ser ruido por primera vez en semanas. Cando sonaron las flautas, las voces, esas que ella solo conocía en Nueva Zelanda.




Creo que no entiendes, Sevilla, que me tienes loca.

2 comentarios:

Valkyrie dijo...

Con su calor y todo :)

Sombragris dijo...

Cuanto amamos lo atávico,lo más profundo de la naturaleza,lo que somos en realidad.Sigue asi,Ove,magnificas sensaciones me causa tu texto.Besos