sábado, 16 de octubre de 2010

Mi bella flor marchita

Hubiese preferido que te quedases ausente, impávida, insolente. En algún momento feliz de mi vida. Que tu sonrisa aún me trajese algo caliente, que siguieran siendo dulces tus caderas.
Hubiera deseado que me pidieses perdón, haber cortado por lo sano y que siguieras siendo tú, un recuerdo cómodo y amado.

Que no te hubieras convertido en el fantasma de ti misma, en una antigua ausencia pesimista.
Que no fueras ahora lo que eres. De nuevo e inconsciente, mi bella flor marchita.


Empecemos a hablar con propiedad, Sevilla, y es que tengo por tu nombre una enfermedad.
Al momento del ejercicio de una actividad cualquiera, creo de verdad que comienzo a tener un problema de dependencia en el momento en el que despierta mi consciencia como si nada más pudiera oír al atisbo de tu nombre. En ese estrujo de mis cervicales, ahorco indiscriminadamente con las pupilas a cualquiera que haya proferido tu salado nombre sin saber de lo que habla.

Porque nunca saben de lo que hablan cuando hablan de ti.

Y quizás entonces, me dé por cantar. Y por bailar. Y por amarte. Porque a es a tu nombre que se debe cantar, amarte y bailar.
Que me maten si esto no es una droga de la mejor calidad.




Igual que ya dije en su momento que la única diferencia
entre un hombre y su guitarra es la forma;
hoy digo que el humano, su sonrisa y su ropa son uno, y nada más.

No hay comentarios: