lunes, 29 de noviembre de 2010

Todas las cosas que me quedé de ella


1
Yo de Montserrat Forero
me quedé con el violeta.
El gusto por la historia
la otra historia
y la vida.

2
Me quedé con su recuerdo,
manos grandes como raquetas
de hueso y de carne.
Enorme ironía.

3
Me quedé con las únicas lágrimas
las que sabían a sonrisa
y una voz como de océano
calmado y dulce
susurro.

4
Me quedé con una caligrafía
montañosa y escarpada.
Y la habilidad de poder
quitar y cambiar
los márgenes de la vida.

5
Me quedé con el hecho
de que la primavera puede
si quiere
vivir en un cuello.

6
Me quedé con el saber
de que ya que algo se hace
mejor querer
hacerlo bien.

7
Me quedé con la regla
de que un abrazo es un abrazo
aquí y en Mozambique.
Pero claro, los de algunas personas
significan más.

8
Me quedé con que todos debemos tener
al menos, tres fechas de cumpleaños.
Mil cuatrocientos noventa y dos,
mil setecientos ochenta y nueve y
mil ochocientos doce.

9
Me quedé con que el aliento duele
sin duda. Y llega a sangrar
con su ausencia.

10
Me quedé con que el amor
la luz, la travesura
la picardía y la emoción,
no dependen ni de edad
ni de altura, ni de origen.

11
Me quedé con los puntos sin final
los exámenes interminables
las canciones y películas.
Mi único, esperado
paraíso terrenal.

12
Me quedé con su falta omnipresente.
Con todas mis palabras en su nombre.
Sabiendo que sin ella
me falta un pulmón al respirar
y no recuerdo ni cómo se hacía
para llorar.

13
De Montserrat Forero
me quedé con una unión inaudita.
Una firma de vasallaje
y su apellido en mis historias.
Un millón de pescadillas
que siempre se morderán la cola.
Y la deuda eterna de hacer su nombre
el más brillante, claro y conocido
sol entre mis soles.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Si el Cristianismo me hubiera pillado a tiempo


Realmente, soy buena siguiendo doctrinas.

Me gusta sentirme amparada bajo un manto común, saber que hay gente que piensa y siente como yo a mi lado, por lo menos en una dimensión social. Los clubs de fans, las asociaciones culturales, los movimientos estudiantiles y los foros temáticos. Personas, montones de personas que se reunen para sentirse un poco menos solos, sentir un poco menos el miedo a la inmensidad del firmamento.

Por eso creo que si el Cristianismo me hubiera pillado a tiempo, y quizás si yo no hubiera hecho demasiadas preguntas incómodas, hubiera sido una genial cristiana. Porque el sentimiento, la bondad, la teoría la tengo. Pero claro, en las iglesias me siento intrusa, porque resulta que soy una genial cristiana que no cree en un hombre de madera sujeto a una cruz y una preciosa fémina tallada envuelta en dinero y brillo.

Sería una genial cristiana de las que piensa que todo el oro de la iglesia sobra. Sobra incluso el papamóvil, la cama inmune del Benedicto de turno y la inapelable seguridad del mejor best-seller de la historia, el libro sagrado. Creo que la iglesia como espacio común, como centro de encuentro y como monumento, es indiscutiblemente importante. Creo que la hipocresía del obispo que desprecia al homosexual y luego se mete en la cama a un acompañante de lujo escupe encima de la legitimidad y credibilidad de sus congéneres. Creo que por tener, tengo hasta el nombre más correcto.

Creo, de verdad, que si el Cristianismo me hubiera pillado a tiempo, hubiera sido una genial cristiana. Por lo menos, claro, hasta el momento de darme cuenta de las mentiras, mentiras son. Aquí, y en el cielo.

Poker a la vida


Veo tu sombra a mi lado
y pienso
que naciste para no ser nadie.

Con tus orejas puntiagudas
despeluchadas
tu sonrisa de medio diente
y tu hocico.
Tus manchas oscuras
tu pelusa blanca
y tu eterno, raquítico movimiento
de cola feliz.

No tenías que ser nada más
que un peluche.
Juguete animado
sin necesidad de recarga.
Pero es curioso
Que defiendes mi casa
como no he conocido otra
persona, animal o cosa.

Y ahora,
veo tu sombra a mi lado
y pienso
que naciste para no ser nadie.
Y aquí estás, a mi lado
cuando nadie quiso acompañarme.

Veo tu sombra
y pienso
que si naciste para no ser nadie
por ser tú, así
sin planteártelo
le hiciste un poker a la vida.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Lo que digo cuando miento.





No me importa si no hueles
si no luces
si por no tenerte cerca, dueles.
No me importa no rozar tus piedras
o no suspirar tus flores.
Cuando miento, no me importa.
Juro que no me importa.
Y sin ti ya no enardezco
ni extrapolo, ni convalezco.
Sin ti no uso grandes palabras
porque sin ti
no conozco grandes sentimientos.
Y no te echo de menos,
eso me digo cuando miento.
Sin ti respiro a medias
y sin ti apenas entiendo.
El problema es que no importas
no me faltas, no te quiero.
O eso es al menos
lo que digo cuando miento.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Lealtad


En un mundo proclive a la oscuridad, la lealtad es el bien más preciado.




Es horrible atreverse a amar.
Porque es mucho mas fácil odiar, que la gente no te importe y poder olvidar. Lo valiente es amar sin barreras, amar a tanta gente que te duela tan sólo el saberles lejos. Es de héroes amar a crontacorriente, amar aunque tu sentido común y tu propia concepción del mundo no estén de acuerdo.

Eres mil cosas , pero no te confundas, no eres más valiente que yo.




Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
Miguel Hernández

martes, 9 de noviembre de 2010

Specially, a kiss.

-¿A qué viene esa mirada?
-Intento recordar el porqué de que seas tan genial...
-¿El porqué de que siempre me hayas tratado demasiado bien?
-No. Tú tienes que ser especial, por narices. Que ahora no recuerde el porqué sólo es otro detalle insignificante.



Quizás sea esta locura enferma
la que me hace querer besarte.

Pero hasta que no deje de moquear
no podré besarte.
Hasta que no pare de lagrimar
no podré besarte.
Hasta que no seque de estornudar
no podré besarte.
Hasta que no te pueda enfermar
no podré besarte.

Y entonces,
convaleciente yo de amor,
añoranza y verso,
quizás seas tú quien no pueda
no quiera, o no contemple
el poder besarme.

domingo, 7 de noviembre de 2010

De nuevo, del castillo de mis alegrías.

Amigos, hermanos, queridos; recordad que nunca la literatura es sólo literatura, pero a veces, sólo se os pide que la entendáis como tal.


Que me cansé de aferrarme a la vida era una verdad. Pero no me solté por arrebato pasional ni por un inconmovible descontento, sino por vejez. Casi me quedé dormida, tal y como siempre había esperado que la muerte me llevara. No pasó nada, simplemente, dejé de latir.

La luz se apagó poco a poco, y estuve a oscuras durante algunos segundos. Quizá fueron milenios, pero en la placidez de la muerte, hasta los relojes se relajan. Y al fin y al cabo, pensadlo, era la primera vez en muchísimo tiempo que no podía llegar tarde a ningún sitio.

Cuando todo se encendió de nuevo, ya estaba yo de pie. Estaba erguida sobra un vacío tan pálido como la niebla, pero no por eso tuve miedo. Miré hacia delante y se abría a mis pasos un suelo de piedra poblado en sus confines de bancos mal tintados de verde bosque, unas papeleras que se caerían si alguien estornudaba cerca suya y unas espirales gigantes de frío metal que, aunque fueron propuestas para aparcar bicicletas, pocas veces se vieron realizadas.
Antes de poder proponerme seguir adelante, ya había empezado a caminar. Pero es lo que pasa cuando uno recorre los caminos que ya lleva dentro.

Me topé con cuatro escalones de piedra, y los subí con alegría. Tenía los pulmones (o lo que tuviera dentro del pecho en ese momento) frescos, como las buenas mañanas. La boca llena del sabor de la felicidad. Y al acercarme a primera de las tres columnas, la abracé. Fuerte fuerte, en nuestro reencuentro interno. Nunca he encontrado mejor manera de querer a un edificio. Y apareció, detrás de la enorme y pesada puerta de falso cristal y metal azul, una de mis caras más conocidas. Con sus gafas viejas, su cabellera desalojando y el uniforme más sencillo del mundo. Apenas una sombra gris. Rápido, que llegas tarde, me dijo. Y desapareció con su sonrisa de travieso nunca estropeado bien estirada en la cara.

Apreté el paso pues, no debe desobedecerse al adulto, sea cual sea su tiempo. Entré y las cansadas flores de plástico me saludaron, y los azulejos terracota me besaron los sentidos. Y la vieja alfombra de plástico barato me acarició los pies, y pasaron por delante de mis ojos, charloteando en alegre conversación, la mejor Sevilla que hube conocido y una niña grande a la que llamaron Pilar. Y me hundí en sus brazos. Rápido, que te esperan, me dijeron. Y apreté el paso de nuevo.

Oí ruidos en el pasillo superior, en la sala prohibida al paso de los aprendices. Asomé la mirada por encima de la escalera, y una multitud de buenas gentes me encontró con la fuerza de quien se pasa una vida buscando. Todos, todos los que se me atravesaron en el filtro del corazón, me regalaban sus miradas de bienvenida. Desde aquel de los ojos grises y la sabiduría biológica, pasando por la más tierna contadora de chistes malos del mundo, llegando a algunos que apenas compartieron conmigo horas de pasillo. Rápido, que van a empezar sin ti, me dijeron. Gracias, dije yo, como llevaba haciendo toda mi vida. Corrí hacia donde estaba segura que debía correr.

Aula 5. Llamé a la gastada puerta de bordes verdes. Abrió uno de mis hermanos no-de-sangre. Y me miró con sus duros ojos de simpatía renaciente. Y entré, para verlos a todos allí, en la penumbra de las persianas bajadas, con los rostros bañados en la luz del proyector de nuestras ilusiones, todos acomodados en una "u" de mesas verdes repletas de marcas de vida. Supe que las explicaciones hubieran sobrado, así que fui hacia el que siempre fue mi sitio. Allí, acomodada entre el olor de Rosa y de Manu, en el hombro de José Carlos, con la presencia de Claudio, el despiste de Juanma, mi mano entre las de Saüda y mis pies junto a los de Paula. Y cerquita mi María José, y Julia medio dormida. Y los Alejandros semipendientes, y Jesús sonriendo desde el otro lado de la clase. Sabiendo que María Sánchez guardaba sus torrentes de voz para más tarde, como Eloy hacía de su tranquilidad una honda expansiva. Y Samuel se concentraba, junto a Cejudo, Fran y un Juan José que jamás perdía de vista sus cascos. Solo quedaba que Juan dejase de repartir cordialidad, y que Jesús Miguel recordara dónde estaba.

Entonces, sólo entonces, volví a mirarla. A mi gigante de metro ochenta, ojos azules y manos de madera. Que seguía oliendo al cuero joven y a la eterna primavera. Entonces me asintió. Y comenzó la proyección de cualquier cosa, de veras, cualquiera.

Lo importante es que así concebía yo mi descanso eterno.
Así, entre la gente que me hizo más feliz.
Y no lo hubiera querido de ninguna otra manera.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Grandes Ausencias

Poco a poco, el silencio fue apoderándose de mi vida. Engulló la mitad de las buenas risas, una parte de mis miradas lascivas, y el amor; me quitó todos mis hondos suspiros de amor.
Y en el silencio de mi vida, ni mis lágrimas sonaban. Ellas también se habían ido.

Estaba segurísima de que el silencio era (y es) la peor enfermedad. Pero también defendí que es mejor callar cuando no se tiene nada constructivo que decir. Para mí, mi familia casi siempre había permanecido muda. Salvo los que habían conseguido sobrevivir al tiempo y al espacio - con su inconmensurable peso - conseguían seguir rompiendo ese silencio aún hoy. De todas formas, temía que había llegado al punto en el que mis días coexistían porque no les quedaba otro fin al que agarrarse.

Llegué a la terrible conclusión de que mi vida no había sido condecorada con una mafiosa familia de pesados innatos, sino con un genial elenco de grandes ausentes.




Dentro de lo nuevo, lo fresco, lo ilógico, se encuentra el pasatiempo.
En lo viejo, lo conocido, lo cálido y sabido, aguarda lo tierno.

Pero todo lo viejo tuvo antes que ser nuevo. Como todo lo nuevo envejecerá.
Esconde en tu interior el poder de recrearte, de renacer y de soprender a todos los que se deleiten con tu compañía. En hacer nuevo lo viejo se encuentra la mayor maestría.