domingo, 7 de noviembre de 2010

De nuevo, del castillo de mis alegrías.

Amigos, hermanos, queridos; recordad que nunca la literatura es sólo literatura, pero a veces, sólo se os pide que la entendáis como tal.


Que me cansé de aferrarme a la vida era una verdad. Pero no me solté por arrebato pasional ni por un inconmovible descontento, sino por vejez. Casi me quedé dormida, tal y como siempre había esperado que la muerte me llevara. No pasó nada, simplemente, dejé de latir.

La luz se apagó poco a poco, y estuve a oscuras durante algunos segundos. Quizá fueron milenios, pero en la placidez de la muerte, hasta los relojes se relajan. Y al fin y al cabo, pensadlo, era la primera vez en muchísimo tiempo que no podía llegar tarde a ningún sitio.

Cuando todo se encendió de nuevo, ya estaba yo de pie. Estaba erguida sobra un vacío tan pálido como la niebla, pero no por eso tuve miedo. Miré hacia delante y se abría a mis pasos un suelo de piedra poblado en sus confines de bancos mal tintados de verde bosque, unas papeleras que se caerían si alguien estornudaba cerca suya y unas espirales gigantes de frío metal que, aunque fueron propuestas para aparcar bicicletas, pocas veces se vieron realizadas.
Antes de poder proponerme seguir adelante, ya había empezado a caminar. Pero es lo que pasa cuando uno recorre los caminos que ya lleva dentro.

Me topé con cuatro escalones de piedra, y los subí con alegría. Tenía los pulmones (o lo que tuviera dentro del pecho en ese momento) frescos, como las buenas mañanas. La boca llena del sabor de la felicidad. Y al acercarme a primera de las tres columnas, la abracé. Fuerte fuerte, en nuestro reencuentro interno. Nunca he encontrado mejor manera de querer a un edificio. Y apareció, detrás de la enorme y pesada puerta de falso cristal y metal azul, una de mis caras más conocidas. Con sus gafas viejas, su cabellera desalojando y el uniforme más sencillo del mundo. Apenas una sombra gris. Rápido, que llegas tarde, me dijo. Y desapareció con su sonrisa de travieso nunca estropeado bien estirada en la cara.

Apreté el paso pues, no debe desobedecerse al adulto, sea cual sea su tiempo. Entré y las cansadas flores de plástico me saludaron, y los azulejos terracota me besaron los sentidos. Y la vieja alfombra de plástico barato me acarició los pies, y pasaron por delante de mis ojos, charloteando en alegre conversación, la mejor Sevilla que hube conocido y una niña grande a la que llamaron Pilar. Y me hundí en sus brazos. Rápido, que te esperan, me dijeron. Y apreté el paso de nuevo.

Oí ruidos en el pasillo superior, en la sala prohibida al paso de los aprendices. Asomé la mirada por encima de la escalera, y una multitud de buenas gentes me encontró con la fuerza de quien se pasa una vida buscando. Todos, todos los que se me atravesaron en el filtro del corazón, me regalaban sus miradas de bienvenida. Desde aquel de los ojos grises y la sabiduría biológica, pasando por la más tierna contadora de chistes malos del mundo, llegando a algunos que apenas compartieron conmigo horas de pasillo. Rápido, que van a empezar sin ti, me dijeron. Gracias, dije yo, como llevaba haciendo toda mi vida. Corrí hacia donde estaba segura que debía correr.

Aula 5. Llamé a la gastada puerta de bordes verdes. Abrió uno de mis hermanos no-de-sangre. Y me miró con sus duros ojos de simpatía renaciente. Y entré, para verlos a todos allí, en la penumbra de las persianas bajadas, con los rostros bañados en la luz del proyector de nuestras ilusiones, todos acomodados en una "u" de mesas verdes repletas de marcas de vida. Supe que las explicaciones hubieran sobrado, así que fui hacia el que siempre fue mi sitio. Allí, acomodada entre el olor de Rosa y de Manu, en el hombro de José Carlos, con la presencia de Claudio, el despiste de Juanma, mi mano entre las de Saüda y mis pies junto a los de Paula. Y cerquita mi María José, y Julia medio dormida. Y los Alejandros semipendientes, y Jesús sonriendo desde el otro lado de la clase. Sabiendo que María Sánchez guardaba sus torrentes de voz para más tarde, como Eloy hacía de su tranquilidad una honda expansiva. Y Samuel se concentraba, junto a Cejudo, Fran y un Juan José que jamás perdía de vista sus cascos. Solo quedaba que Juan dejase de repartir cordialidad, y que Jesús Miguel recordara dónde estaba.

Entonces, sólo entonces, volví a mirarla. A mi gigante de metro ochenta, ojos azules y manos de madera. Que seguía oliendo al cuero joven y a la eterna primavera. Entonces me asintió. Y comenzó la proyección de cualquier cosa, de veras, cualquiera.

Lo importante es que así concebía yo mi descanso eterno.
Así, entre la gente que me hizo más feliz.
Y no lo hubiera querido de ninguna otra manera.

1 comentario:

Elendilae dijo...

¿Qué decir? Nada, absolutamente nada. Ya lo has expresado aquí de maravilla.

Mujer! Cómo escribes! qué palabras, qué imágenes, qué historia...

Tan solo puedo quitarme el sombrero y hacer una reverencia, porque me has dejado maravillada...

Muy bien! ^^