domingo, 12 de diciembre de 2010

No te mueras nunca.


¡Slam! ¡Slam! ¡Slam!

El doctor Frederic Whelley era visitante conocido en los depósitos de cadáveres de cada ciudad de su región. Uno por uno, cada semana los visitaba para echar un ojo a cada nuevo pobre muerto sin reclamación alguna, en busca de algo que sólo él sabía.

Esta vez le había tocado como acompañante y supervisora una de las empleadas que más detestaba del depósito de Crousgarville, la gorda y malencarada Ms. Brown. Era de las pocas que más que tenebrosa, su actividad espurgatoria de cadáveres le resultaba absolutamente repugnante. Irónicamente, se recordaba Frederic, es ella la que lleva más de 20 años en un depósito. Aquel día, desde luego, no se diferenciaba de todos los demás.

¡Slam! Cajón abierto. Ms. Brown le quitaba la fina cubierta de plástico blanco al muerto y esperaba con mal gesto a que Frederic terminase su análisis. No, éste tampoco. Forro de nuevo encima del fiambre y ¡Slam! cajón cerrado.

Realmente, muchos de los empleados creían que Frederic sufría algún trastorno psicótico de origen infantil que le hacía buscar a algún pariente o amigo allí cada semana para asegurarse de que no habían muerto. El resto del tiempo, para ellos, era un tío normal. Incluso algo agradable. Pero ninguno podría ni por asomo haberse acercado a la verdadera naturaleza de aquella incansable búsqueda.

Ms. Brown abrió toro cajón. Una chica esta vez. Frederic la volvió a examinar. De acuerdo, creo que me llevaré ésta a casa. Como contaba con el permiso expreso de cada ayuntamiento de cada pueblo, nadie preguntaba. Simplemente, le envolvían el cuerpo en una bolsa de transporte de cadáveres y él la subía a su propia furgoneta, preparada para el transporte del cuerpo con una camilla de ambulancia.

Frederic llegaba cada día a su enorme casa y bajaba los cuerpos al sótano. Allí tenía su inmensa sala de juegos, su laboratorio químico. Además de enormes tanques, líquidos interminables, listados de sustancias, reacciones y fórmulas; poseía una enorme mesa de operaciones y un gran abanico de herramientas de ortopedia, cirugía general y más de 6 ordenadores conectados entre sí, permanentemente encendidos.
Sobra decir que también tenía su propio depósito de cadáveres, especialmente diseñado para guardar los cuerpos en el más estricto y perfecto estado de conservación durante un tiempo que ninguno llegó a comprobar, porque jamás permanecían allí tanto como para comprobarlo. Sólo había un único cuerpo que llevaba allí desde el principio de toda aquella peripecia, y es que era la razón y causa de la entera construcción del laboratorio - y en parte, de la misma vida - de Frederic.

Con una luz como de película de extraterrestres (incluso Frederic sabía jugar con esas comparaciones) un enorme tanque de formol y alguna que otra sustancia de la que ahora no entraremos a descifrar, se conservaba en estado semilevitante el cuerpo envejecido de una mujer de más de 80 años con varios centenares de cables y electrodos sumergibles que la mantenían unida a unas máquinas de seguimiento de constantes vitales que se apilaban a un lado del tanque, parpadeantes e intermitentes. Detrás de ésta curiosa atracción de museo de ciencia ficción, una pared entera encorchada y forrada de miles y miles de fotos y recortes, siempre de la misma mujer. La mujer del tanque. A un lado, otro tanque. Pero éste no albergaba un cuerpo completo, sino más bien una especia de megapuzzle humano de trozos diferenciables de personas distintas. Aún incompleto, le faltaban zonas fundamentales como las rodillas, algunos órganos, un par de dedos de cada mano y los ojos. Y también el cerebro.

Frederic puso al cuerpo que acababa de adquirir justo al lado del rompecabezas de carne y empezó a trabajar con una presteza apabuyante. Cortó, sesgó, unió, cosió, restableció y recompuso. Ahora ya no le faltaban las rodillas a su estrambótica creación, y el otro cuerpo - al que se las había quitado - pasó a uno de los cajones de su depósito. Limpió y recogió el laboratorio y arrimó su sillón, como tanto le gustaba hacer, al tanque central, el de la anciana. Se quedó observándolo.

Ya queda menos, le dijo. Ya queda menos para pasar tu cerebro a tu nuevo cuerpo. Ya verás, serás exactamente como aquella preciosa hembra que fuiste. Embobado, recordó el momento en el que, con 12 años, se abrazó muerto de miedo a su profesora de violín. Había tenido una escalofriante pesadilla en la que ella moría en un brutal accidente. Fue entonces que se lo dijo. Prométeme una cosa profe. Ella, complacida y a la vez, algo asustada, le respondió. Qué, Frederic. No te mueras nunca. No antes que yo. No lo haré pequeño, te lo prometo. Y le acarició el pelo.

Frederic se levantó y se acercó más y más al anciano y desnudo cuerpo. Acarició el cristal, curiosamente cálido, con la yema de los dedos. Clavó sus ojos en las ramificaciones de las arrugas de su piel, y en sus prodigiosas manos. Y habló, más para ella que para sí, más que para nadie.

Una promesa es una promesa. No antes que yo.

4 comentarios:

una Amante dijo...

Es increíble cómo escribes,en serio. Espero que vaya todo bien,aunque no tenga tiempo para comentar todo lo que quisiera siempre tengo tiempo para leerte =)

Sombragris dijo...

Uauuuu...terrorifica y magnifica historia de amor....besos,Ove

Anónimo dijo...

muy bueno... caray que llegue aqui por casualidad... saludos desde mexico...

lluviaenelsilenciodelanoche dijo...

Bello escrito de amor y sentimientos bellos..

Feliz Navidad..