sábado, 29 de mayo de 2010

Saliva, Sangre y Cuero: La Historia de la Última Gran Amazona

Eltelegrama
El Faro Digital
Diario Melilla
Diario Melilla (II)

"[...] En esta edición se han recibido 111 trabajos. De los 49 relatos, el jurado concedió el primer premio a "Saliva, sangre y cuero", de María Hermida Carro del IES La Jarcia (Puerto Real, Cádiz), y el 2º a [...]"

Me enorgullezco de llevar la bandera de Cádiz y el emblema de mi Jarcia querida allí a dónde pueda. No tanto puedo decir del nombre de mi pueblo, pero qué se le va a hacer.

Lo mejor hubiera sido comenzar esta entrada con un "Pero qué gozada fue pasear por Melillla...." Pero claro, no todo sale como esperamos. Y todo se volvió oscuro cuando dijeron que el avión que yo debía tomar en Málaga para llegar hasta la ciudad autónoma no saldría por culpa del viento. Que ironía. Pero si hubiera llegado, su hubiera ido a esa entrega de premios, hubiera dado el mejor discurso de todos. Y es que ya lo llevaba muy bien pensado. Decía así:



"Si tuviera que agradecer este premio, se lo agradecería sobre todo :
A mi familia, que siempre está, pase lo que pase.
A mi chico favorito, José Carlos, por enseñarme a reirme con él de todos mis miedos.
A mi princesa, por hacerse fan de mis historias antes siquiera de que tengan forma.
A todos los compañeros y amigos de mi asociación cultural, El Fuego de la Utopía, y del IES La Jarcia.

Y por último, gracias de todo corazón a Amaia Guridi, por hacerme ese maravilloso regalo que es la inspiración."



Y ya, sin más preámbulos, aquí está el relato. Como siempre, mis historias son mias, y a veces se alejan tantísimo de la realidad como se acercan a ella. No tomar al pie de la letra, no sacar conclusiones precipitadas. Hay más, mucho más detrás de las palabras :






SALIVA, SANGRE Y CUERO:
LA HISTORIA DE LA ÚLTIMA GRAN AMAZONA


María Hermida
RELATO CORTO






Victoria Klein fue una niña curiosa, de las que preguntan todo lo que se dan cuenta que no saben y usan palabras de significados desconocidos sólo porque se las oyeron decir al abuelo. Tenía los ojos violetas de su madre, el carácter honesto de su padre y una luz interior semejante a la que se colaba por las ventanas de su gran casa, situada en la misma calle que la de sus tías y su primo Marco. Con Marco pasaba cada tarde del verano, paseando hasta el parque de siempre, correteando las palomas de siempre y luchando contra las mismas bromas pesadas de su otro primo, el pesado de Ricardito.


Pero un día, al comenzar su noveno verano, se topó con un hombre especial. De unos 70 años de edad, comidilla de las mentes aburridas del barrio y viejo amigo de su abuelo, aunque ella jamás les hubiera visto intercambiar más de una mirada. A partir de su primer encuentro con Eduardo, que así se llamaba, ambos tomaron cierto gusto a pasar juntos las tardes en la casa del viejo, compartiendo recuerdos y enseñanzas, curiosidades e intrigas. Aún hoy pienso que aquel anciano antaño incansable viajero, vió en ella el espíritu alegre, jovial y sencillo que quiso para él, mientras que Victoria encontró en Eduardo fuente inagotable de historias y explicaciones a sus impertinentes cuestiones. Digamos que, ocurriese como ocurriese, cada tarde Victoria corría hasta la casa de Eduardo, que en nada se diferenciaba de las del resto de jubilados del mundo salvo por su inmensa pared de fotografías enmarcadas, su viejo tocadiscos colocado junto al balcón y los cientos de cuadernos manuscritos que compartían estantes con los libros que le habían acompañado a lo largo del viaje de su vida.


Cada tarde la pequeña entraba, se subía a una silla mientras Eduardo se sentaba en la butaca cerca del tocadiscos que encendía junto a la puerta del balcón abierta (consiguiendo que la música reverberara en cada piedra de la calle) y haciendo malabarismos para mantener el equilibrio en la silla de madera, escogía una foto de entre las casi 150 que adornaban la pared del salón. Saltaba desde la precaria estabilidad de la silla, ponía la foto en la falda del caballero jubilado (que se colocaba sus gafas de cerca) y se sentaba en el taburete que con el paso del tiempo, firmaría como suyo. Un día de esos, no más especial que cualquier otro de los que componían el verano, no menos remarcable que cualquier comienzo de relato, Victoria corrió como cada tarde hasta la casa. Llamó a la puerta de madera desgastada y Eduardo le abrió con la sonrisa de siempre. Ambos subieron las escaleras hasta el salón, donde, sin mediar palabra, iniciaban su ceremonia. Tercera fila, cuarta por la izquierda. La foto que tocaba aquél día. En ella se podía ver a un Eduardo joven y sonriente, y a su lado una chica que rondaría la misma edad que él, de cabello rojizo, facciones afiladas y ojos brillantes. Brillantes, pero con una deje oscuro. Victoria descolgó la foto con cuidado, saltó de la silla y se la puso en la falda, como la costumbre requería. Cuando se sentó en su taburete, esperó impaciente a que Eduardo levantara la vista de la fotografía. Al ver que éste tardaba más de lo acostumbrado, la curiosidad que la caracterizaba violó la tranquilidad casi religiosa del salón.

- ¿Quién es, Eduardo? - Esbozó su sonrisa de despreocupación, como quién no quiere realmente saber a quien perteneció el rostro fotografiado.
- Uhm... buena elección ésta, muchacha.- Se llevó la mano huesuda a las sienes y comenzó a hablar. - Hoy me toca hablarte de Amaeda... ¿La ves? La dama escarlata, como yo la llamaba. La libélula pelirroja, la última gran amazona que yo conocí. Era inmensa, tan grande que no encajaba en ningún sitio. Y cuando seas mayor entenderás lo que puede llegar a doler no encajar en ningún sitio. Miró a los ojitos inocentes de Victoria, grandes como platos. Intrigada, claro. Eduardo rió por lo bajo ante la imagen.
- De acuerdo – Sonrió – Veamos, por dónde empiezo…


Amaeda olía a noche, a lluvia y a gritos. Su piel pálida y sus ojos verdes contrastaban con el pelirrojo de su pelo y el oscuro de sus entrañas. Era presa del dolor, dolor que la consumía por dentro, oscuridad que se tragaba toda luz, todas las esperanzas que nunca llegó a albergar por la vida. Aunque eso no lo supe hasta que la conocí muy de cerca. El verano que subí a la ciudad donde ella vivía, buscaba frío y un escondite para las malas sensaciones que me perseguían por estas tierras. Así que partí con poco en los bolsillos, poco en la maleta, pero muchas ganas en el corazón y dispuesto a descubrir otras formas de sentir y de creer. Tomé un tren y en dos días me encontré allí, en la fría y soleada Vitores, a pocos días de celebrar las fiestas patronales. Sin conocer a nadie, me senté en un café a reposar del viaje y a observar cómo las gentes del pueblo hacían vida diaria en una de sus avenidas más transitadas.

Y divagando y repasando los detalles de aquella ciudad noble y aristócrata, la vi sentada en una de las mesas del café, algo alejada de donde yo estaba. Quedé extasiado por su cabellera color sangre, sus vestiduras oscuras y, quizás por encima de todo, por el tremendo sosiego que otorgaba a ese su tramo particular de la calle. Parecía como si el tiempo se parase en torno a ella, y sus ojos atravesaran piel y entrañas de cada uno de los que despistados, no le prohibíamos el paso a nuestras más míseras intimidades.

Para cuando mis ojos dieron con los suyos, me topé con que ella ya me había estado mirando sin yo saberlo. Intimidado por su presencia, agaché la vista esbozando una tímida sonrisa que, para mi sorpresa, ella me devolvió. Acto seguido se levantó, con la sutileza que más adelante yo siempre evocaría nada más recordarla. Se sentó a mi lado como si me hubiera estado esperando, y hablamos. Hablamos hasta la extenuación de mi pueblo, de su ciudad, de nuestras manías, nuestras preferencias, nuestra vida y nuestra historia. Hablamos hasta el atardecer, cuando me propuso que dejara mi maleta en su casa y me dejara guiar por ella. Que me enseñaría la ciudad, una Vitores que solo ella conocía iluminada por las gentes de la noche. Superado por la asombrosa capacidad que ella tenía para mantener el control sobre todo, acepté sin recapacitar demasiado. Dejamos mis cosas en el recibidor de su piso y salimos con el énfasis de quienes estaban dispuestos a devorar las calles de esa ciudad fría y quieta. Arropados por el calor de los que pasaban como nosotros la noche tirados por las aceras, el alcohol y la alegría de la víspera de las fiestas patronales regaron nuestros corazones y, mano a mano, viví con Amaeda un sueño con los ojos abiertos. Hoy mismo, sigo sin poder recordar el número exacto de veces que arriesgamos nuestro joven pellejo.

Cuando un borracho se burló de mala manera de su vestido y ella le escupió en la cara, cuando la riña de un bar estalló casi sin darnos tiempo a salir, cuando la música nos cegó y el ritmo se adueñó de nuestros músculos y huesos, dejando atrás dolor y cansancio. Atrás, o al menos hasta que se acabaran los bailes. La semana que estuve allí la pasamos de fiesta en fiesta, envueltos en risas y euforia popular, el pueblo en celebración y los buenos momentos acompañados de relatos, poemas, el sonido de la vieja máquina de escribir de Amaeda despertándome cada mañana. Escribía como los dioses aquella mujer.

Y la locura pasajera y el desenfreno veían su fin cada noche entre las sábanas de Amaeda... - De repente, Eduardo levantó la vista del marco arañado que antaño soportó alguna que otra capa de barniz y recordó que hablaba con una niña de 9 años, y no se sentía con el derecho de desvelarle las maravillas que un par de sabanas y una noche memorable podrían albergar.

- Victoria...
- ¿Qué?
- ¿Sabes quienes eran las amazonas?
- No. ¿Quiénes eran?
- Eran una tribu que vivía en la antigua Grecia, que montaban a caballo, luchaban y gritaban muy fuerte para intimidar a sus enemigos. Eran guerreras y en sus poblados no vivía ningún hombre. ¿Sabés por qué te he dicho que Amaeda era una gran amazona?
- No, ¿Por qué?
- Pues verás...ella era así. Fuerte, valiente, segura... y a la vez tenía muchísimo miedo. Y las personas con más miedo, cuando consiguen enfrentarse a la vida cara a cara, queda demostrado que son las más valientes.
- ¿Y de qué tenía miedo, Eduardo?
- Pues... - Hacía tiempo que nadie le hacía esa pregunta. El mismo tiempo que no hablaba de ella, pensó. - Tenía miedo a enamorarse y que le doliese demasiado. Miedo porque ya le habían hecho mucho daño antes y no quería volver a pasar por lo mismo de nuevo. Por eso Victoria, si ella estuviera aquí, te diría que nunca te dejes llevar por el miedo. Que fueras más grande que todos tus temores, y lucharas por lo que quisieras.
- Entiendo...¿Crees que yo puedo ser fuerte?
- Lo eres, pequeña. Lo eres casi tanto como ella. Aunque aún no lo sepas. - Los cansados y azules ojos de Eduardo se humedecieron, y rápidamente sacó un pañuelo de su bolsillo para sonarse la nariz. El silencio se hizo en la habitación, aunque la música volviese a entrar de la calle para besar cada mueble y cada trozo de pared. Victoria miraba a Eduardo, al joven de la foto y al viejo de la butaca. Y mirando a la joven Amaeda, se le ocurrió una nueva pregunta.

- ¿Eduardo...?
- ¿Sí?
- ¿Qué pasó con ella?
- Oh...cierto.
Después de aquella semana tuve que volver aquí con mi familia. Las cosas no iban demasiado bien. Aún así le escribía mucho, y ella me devolvía las cartas con mayor o menor regularidad. No era muy buena para aquello en lo que la constancia era requerida. Pero en los meses siguientes a mi vuelta volví a visitarla y ella vino aquí más de una vez, hasta que un día todo terminó. Pasé años sin oir, sin saber absolutamente nada de su existencia. Claro que no me preocupé, sabía que estuviera donde estuviese, se cuidaría muy bien sola. Puede que ese mismo pensamiento lo tuviéramos todos los que callamos y nos apartamos de su lado. Y fuimos nosotros los que la condenamos.

Un día recibí una carta de su hermana. Decía que Amaeda había preguntado por mi y que si podría ir a visitarla. En un primer momento no comprendí del todo bien las razones que me dió para ello, pero acudí nervioso el día y la hora indicadas. Se me citó en una casa que yo no conocía, supongo que pertenecía a su hermana. Estaba en el centro histórico de Vitores, y poseía el aire gastado y oscuro de las viejas mansiones. Mientras subía por la estrecha escalera de piedra, hacía por memorizar cada roce con el pasamanos, cada palmo de pared blanquecina. Los nervios me indujeron hacia un suave y placentero trance. Entré precedido por su hermana de gesto solemne, y pasé directamente al salón. En décimas de segundo identifiqué su olor, mezclado con otro a roble y a violetas. La luz de la chimenea no bastaba para, a simple vista, distinguirla entre la oscuridad del salón. Oscuridad que se filtraba por cada ventana desde la calle. Al final, mis pupilas se adaptaron y la encontré. Agazapada bajo una manta, encima de una gran butaca, con el pelo largo y más granate que nunca. Oí a su hermana susurrarme. “Está leyendo de nuevo a Nothomb. Seguro que lo sabías, su libro favorito...quizás lo único bueno de todo esto es que puede disfrutarlo una y otra vez...” se dio media vuelta y me dejó sólo. Con ella. Entonces pareció darse cuenta de que yo estaba allí, y me clavó su enérgica mirada aceitunada. Las lágrimas me ahogaron inesperadamente, como si me estuvieran apresando con una garra de acero el corazón, e hice todo lo posible por disimularlas. Su gesto cambió y parecía preocupada, se levantó tan esbelta como yo la solía recordar y me tomó en sus brazos maternalmente. “¿Qué te pasa, eh? No estés triste, seguro que no es nada. Ven, siéntate y me lo cuentas. ¿Como te llamas?”. De repente su cercanía me abrasaba la piel. Algo se me rompió dentro del pecho y me alejé de ella. No podía ser. Allí estaba, de pie frente a mí, tal y como la dejé. Nada había actuado sobre ella, el tiempo no había pasado más que para mi. Y no sabía quién era yo, lo sentía en su mirada.

Eduardo paró para tomar aire y enjugarse torpemente las lágrimas de nuevo con el pañuelo. Victoria no acababa de entender lo que le había pasado a Amaeda, así que preguntó sin pensárselo dos veces. - ¿Qué le pasaba? ¿Porqué no te conocía? -
Silencio.
- Cómo explicarte... - Eduardo dudaba – Amaeda tenía... es igual - El viejo sabía que la pequeña aún no necesitaba saberlo - El problema era que lo olvidaba todo, poco a poco. Todos sus recuerdos desaparecían sin más, sin que se diera cuenta. De repente un día, no reconocía ni su propio reflejo.
- Entonces...¿Por eso te preguntó tu nombre?
- Exacto, Victoria. Cuando me aparté de su indiferente abrazo, su hermana regresó a aquel oscuro salón.

“¡Por la virgen santísima, Mariela!¿Qué demonios está pasando?” Ella, agitada, me sacó de la habitación a rastras. En mitad del pasillo esperó a que yo me calmara, aunque aún seguía sin entender qué demonios le pasaba a Amaeda. “A ver, ¿tú que crees? Por eso era importante que vinieras. Le queda poco tiempo, cada día va a peor. Y una tarde, como si tal cosa, pasa de no saber quién soy yo a preguntar por ti. Si de verdad te importó en algún momento, entra ahí. Aprende a conocerla de nuevo, por mucho que te duela que no te recuerde. Sé que te necesita, aunque solo ella supiera en su momento por qué.” Sus palabras eran duras, pero leía en sus facciones la preocupación que la llevaba a comportarse así. Callé, la aparté suavemente de mi camino y entré de nuevo en el salón. El resto de la tarde transcurrió sin alteraciones, cualquiera diría que fue una tarde alegre y cálida. Volvíamos a conocernos, como la primera vez. Cuando me levanté para marcharme, antes de traspasar el quicio de la puerta, ella me llamó por última vez. “¡Eduardo!” Volteé mi rostro “¿Sí?” “Me alegro de haberte conocido. Algo me dice que seremos muy buenos amigos” Y sin más, volvió a escabullirse debajo de aquella manta. Nada había cambiado, seguía presa. Huidiza, aparentemente estable. Ni el olvido puede cambiar un carácter forjado durante años. Salí a la calle con la terrible convicción arraigada en cada latido y en cada lágrima de que no volvería a verla así, serena y completa. Simplemente, sabía que no volvería a verla.

Poco después llegó la carta. Su hermana volvía a escribirme, para darme la peor noticia. O la mejor, quién sabe. Y sólo entonces vi verdaderamente clara la tremenda ironía que el destino habría de tener guardada para nosotros. Amaeda era casi atemporal. Nació pura e inmensa y el mundo se la tragó. Sabía cultivar las palabras, elegirlas y hacerlas afiladas como dagas o pomposas como flores. Sabía hacerte sentir único e inimitable, y sabía convertirse en tu único pensamiento cada mañana y cada noche. Quiso ser inmortal, quiso ser un recuerdo imborrable, y el olvido la absorbió desde dentro, como una supernova de oscuridad. Su caballo de Troya, su propio talón de Aquiles. Portadora de su más temida maldición, se consumió en recuerdos para no ser olvidada...

Eduardo paró y Victoria supo que no podría continuar. Así que la pequeña saltó desde la cima de su taburete, asió con cuidado la foto enmarcada y la devolvió a su alcayata en la pared. Tercera fila, cuarta por la izquierda. Se acercó de nuevo a Eduardo y le besó las húmedas y arrugadas mejillas, con esos labios melosos e inocentes que sólo los más pequeños utilizan con total sinceridad. - Nos veremos mañana Eduardo. Duerme bien y ten cuidado con los duendes de las pesadillas. Mi mamá dice que no hay que dejarles acercarse.- Pasó sus cortos brazos por el cuello de Eduardo, apretó y se alejó hacia la puerta. Pero justo antes de salir, como hubiera hecho él mismo en la historia que le acababa de contar, la pequeña se dio la vuelta e hizo la última pregunta de la tarde.

-¿La querías mucho, verdad?

Eduardo abrió los ojos ante la pregunta que nadie había tenido el detalle de formular jamás - Yo... yo la amaba - Tragó saliva - Pero ella estaba comprometida antes con el dolor. Y Victoria... hay veces que, por evitar un daño mayor, es mejor dejar las cosas como están. Aunque sepas que todo acabará mal.


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La realidad nunca supera a la ficción. Y que será del mundo el día que tú dejes de preocuparme.