sábado, 26 de junio de 2010

Tarde de invitación al baile amigo.


Bienaventurados aquellos,
que nacieron para danzar.

El patio de butacas vibra,
los susurros se respiran.
Callan los focos grandes,
hablan las luces finas.

Se abre el telón y salen,
danzantes, las bailarinas
fieles y rítmicas poses.
Destellos de purpurina.

El intoxicante canturreo,
casi especiada la música.
Monedas de oro falso,
abrazando diez cinturas.

Y comienzan los ritmos,
las etnias, los folklores.
Bailan y nos divertimos
con las doncellas de colores.

Pero aparece la sangre,
la casta legítima aclama.
Los trajes largos, volantes.
Rojos abanicos y palmas.

Y se funden, se enlazan.
Se pierde la tierra madre,
al rededor de la estancia,
con el más fogoso picante.

La noche sigue agachada
encima del patio de butacas.
Los espectadores no piensan,
ni las paredes ya se hablan.

Y acaba la tintineante danza,
la danza acaba, humeante.
La maestría se hace humana
y así se observa su semblante.

Al fin el bello se acuesta
sobre la piel, antes erizada.
Los compases ya no suenan,
las coreografías acabadas.

Pues ahora, y por un momento
os comunicaría mi pensamiento:

Bienaventurados aquellos,
que nacieron para danzar.
Que por un día cambiaba yo mis letras,
por la música, el ritmo y el compás.