miércoles, 4 de agosto de 2010

Del castillo de mi alegría.

De mi castillo de alegrías, me llevo la felicidad.

Me quedo con el ser quien quisieras, el creerte fuerte, valiente, segura y poderosa.
De aquellos cuatro años de sonreír y escribir sobre sonrisas me guardo para mi las horas en que la clase hacía mundo, y encogías, y daba igual todo. Que la felicidad tiene millones de nombres y significados, casi tantos como personas hay en el mundo, pero para mi la felicidad se encuentra en el momento exacto en el que no quisieras estar en ningún otro lugar mas allá de dónde estás en ese momento. Y por eso, yo me llevo de mis aulas, la felicidad.

El haber creído que todo era y es posible. El querer abrazar, y dos horas después, partir en trocitos. La ira y el calor, la tiza, el rotulador, los apuntes corriendo, las preguntas de improviso, y los deberes recién hechos. Y el silencio y las miradas que todo lo dijeron.
Si hubiera durado más de lo que duró, quizás todo se habría complicado.

Yo me quedo con esas 35 horas a la semana.
Esos cuatro años de no poder parar.
Y el sentir que cada día fue diferente, que cada persona se llevó consigo lo mejor de mi, y que se me quiso tanto como quise yo, que duró el tiempo perfecto y no lo hubiera querido de otro modo.




La familia de rutinas y todo lo que nadie más entendió.