lunes, 6 de septiembre de 2010

No es tanto el calor, como tú, Sevilla.


Creo que de verdad quería creer que ese verano había cambiado muchas cosas.

El haber crecido, de una manera diferente y en un millón de significados distintos, me puso más cerca de todos ellos. Era como si ese lapso de 3 meses fogosos y eternos hubiera desbaratado todo el esquema, y me hubiera sacado de un círculo de tiza en el suelo para meterme en otro, mucho más grande y complejo.

Creo que quería pensar que había algo más distinto en Sevilla, algo más de lo obvio, que el sol había tatuado su piel del sabor de las avellanas tostadas. Algo había en su risa, que seguía intacta en su escala de notas agudas, pero inexplicablemente cambiada. Había algo en sus manos, lo juro, algo que no estaba en su sitio.

No sé si era consciente de que aquel verano había sido el mejor de mi vida sólo por los hechos que marcaron su principio y su final. Los hechos, y las personas que los condujeron.
De verdad creo que había algo más caluroso en su piel, algo que se absorbió parte de los ardores que siempre me había provocado dentro.

Posiblemente, si me hubiera dicho que se había prometido, o que se había casado en las Vegas en un impulso celestial, o que había encontrado otra persona que la miraba furtivamente mejor que yo, lo hubiera entendido sin mucho esfuerzo. Pero no lo dijo, no dijo nada.

Se limitó a sonreír, a perseguir de nuevo un camino que a mi me dejaba atrás, y a sembrar el universo que se partía en el suelo entre sus pasos y mis pies de picantes frutas de pasión. Una pasión que juraría, había visto su renacimiento aquel maravilloso verano.