viernes, 10 de septiembre de 2010

Héroes, heroinas y heroicidades

No me gusta creerme héroe o heroína, de nadie. Menos de mí misma.
Pero claro que me gusta hacer apología del valor, el valor en el que se forjan los héroes.

Se dice millones de veces que no son tan valientes los que no temen a nada como los que sí temen y se sobreponen al miedo. Bonito, supongo, será que yo tengo una preciosa colección de 6.250 miedos diferentes, y esa idea me reconforta.

También dije que a veces, duele sólo el saber a ciencia cierta que dolerá, en algún momento, en algún lugar. Dicho sea de otra forma, el dolor como preludio del dolor.
El problema viene de que yo ya cumplí con mi cuota de dolor como espera, esperando a un dolor que debería manifestarse ahora, o así estaba esperándolo yo.

Nada mas lejos de lo cierto, cuando limpio, ordeno y desinfecto mis zonas vitales instintiva, frenéticamente y ahogando las lágrimas, sabiéndolo pero sin saber. Y en una nube de polvo pierdo el norte y estornudo, como estornudamos en mi familia, haciendo temblar el suelo.

En ese estornudo se rompió la presa, y brotaron las lágrimas. Pero minuto y medio después coaguló todo el dolor, terrible tormenta parda que con uno de mis seis mil miedos esperé. Y entonces, entonces llegó lo peor.

Porque ya no duelen los sucesos afilados, ya no duele casi nada. Lo que sé es que tendré que soportar la desmedida carga de unos cinco días como cinco soles, con sus calores insalubres, antes de la llegada del nuevo comienzo.

Que estoy perdida, perdida por dentro, perdida.
En el mundo, en mi vida, a cinco minutos de la línea de llegada.
Esa que es a la vez la de partida.


Tenías que dolerme. Algo no está bien, yo debería estar destrozada.

Pues...mejor que no lo estés, ¿no?

Qué vá. No estar mal, eso es lo que me da mas miedo.