jueves, 30 de septiembre de 2010

Hot like México

Aquella bala escocía como debía escocer la saliva de Satán.

De su hipocondría desinformada solo escuchaba el curso de su imaginación, atravesando su muslo por el mismo camino que el trozo de metal había dibujado en pocos segundos. El olor de la sangre, agrio como la misma muerte, impregnaba sus manos, su nariz, su garganta.

Se arrastró por la calle que le había parecido tan segura, tan colorida y soleada. Como en aquellos preciosos cuentos de unicornios. Se agarró al picaporte de una puerta entreabierta, tiñéndolo del jugo de la humanidad, y agotado dejó caer todo su hermoso cuerpo en la primera pared que encontró al cerrar la puerta con fuerza.

La convulsiones de su pecho no eran tan importantes como el latir de su pierna , pero lo acuciante de la situación hizo más mella en él que la irrefutable gravedad de la herida. Se alzó en pie de nuevo, atento a cualquier ruido, y a horcajadas atravesó un pasillo que se abría en la oscuridad. Otra respiración tintineaba más allá de la esquina que tenía justo delante. El temor se condensó y corrió furtivo por su frente. Las tripas se le anudaron como para hacer uso de su longitud y recordarle que estaba allí, agarrado a un resquicio de vida. Que debía seguir caminando.

La curiosidad le pudo. Siempre supo que tenía algo de gato.


De detrás de la esquina surgió una fémina mitad cielo mitad infierno. Sólo de verla, cualquier letrado hubiera sentido a la mismísima Afrodita hecha mortalidad, en aquella mirada huidiza entre cascadas de pelo noctunrno. Algo se soltó dentro suyo, y quedó mudo de hermosura.

La bestia de caderas celestiales se le acercó sin titubear, ni temer a nada, y le sujetó el rostro clavándose en cada rincón de su cerebro, como la madre naturaleza debe reconocer a cada uno de sus hijos, viendo en sus ojos la raja de su muslo, la bala perdida e incluso su alma encogida. De esa forma que solo ven las personas de luz.

Y labio con labio, se fundieron sangre y vida. De lo jugoso de su beso, se le electrificaron las entrañas y perdió la respiración. Ahora sentía que había caído su pierna en una hoguera, que sus huesos carcomidos desaparecían para volver a generarse, y que la bala huía de su escondrijo para, de alguna forma, terminar cayendo al suelo.

En el último aliento que compartieron, sintió el cálido rozar de la brisa de un día de verano. Un día como aquel. En cuanto la desconocida retiró sus manos, a él se le retiró la consciencia.

Sí, tenía la pierna sana.
Y hasta la esencia se le había curado.



You know that I love you boy.
Hot like Mexico, rejoice
At this point I gotta choose.
Nothing to loose.