sábado, 16 de octubre de 2010

Uno puede saber lo que tiene antes de perderlo

No sabe uno lo que tiene hasta que lo pierde.

Mentira.
Tuve, tuve y retuve hasta que me sangraron las manos.
Agarré con fuerza los alaridos de felicidad,
estrujé la arena del poco tiempo que me quedaba,
arañé cal de entre aquellos azulejos terracota, me arrastré hasta que fuimos,
piedra a piedra, hueso a hueso,
lo mismo.

Lloré hasta que se me secaron las mañanas,
besé lo invisible, lo inbesable. Rompí con el mar, con el viento, con mi olor a tormenta,
y lo aposté todo al caballo de ojos verdes, ojos enamorables.
Deseé fuerte, centímetro a centímetro, una montaña rusa de olores y sabores;
y me perdí a mi misma en una relación de un sólo carril, hacia un abismo de orgullo insondable.

Y cuando me dicen eso de No sabe uno lo que tiene hasta que lo pierde, digo
que yo lo supe, lo supe siempre.

Como sabía que lo iba a perder.


Quiero ser, y seré
una de esas mujeres a las que tanto tiempo he querido parecerme.

Quiero recogerme el pelo, doblarme las mangas y pasar a la acción. Ser coherente, inteligente, copiosa y exigente. Y fuerte, siempre fuerte.

Quiero hacer honor a mi segundo nombre artístico, Iris ; como la grandiosa Iris Simpkins que supo decirle a Jasper Bloom todo lo que tenía que decirle. Que se volvió a enamorar, y fue feliz.

Quiero terminar de hacerme a mí misma para seguir pensando que Calliope Torres, Alecia Moore y Mónica Geller, Chandler Bing, Joey Tribbiani, Rachel Green, Phoebe Buffay y Ross Geller estarían tremendamente orgullosos de mí.

Quiero ser como Arizona Robbins.

Quiero ser más grande que el sol. Quiero tener más peligro que un niño en Disney Landia. Quiero perderme en París y preguntar el camino. Quiero comerme los Estados Unidos.


Porque señoras y señores, haced el redoble de tambores,
que esta noche, yo quiero ser exactamente yo.

Mi bella flor marchita

Hubiese preferido que te quedases ausente, impávida, insolente. En algún momento feliz de mi vida. Que tu sonrisa aún me trajese algo caliente, que siguieran siendo dulces tus caderas.
Hubiera deseado que me pidieses perdón, haber cortado por lo sano y que siguieras siendo tú, un recuerdo cómodo y amado.

Que no te hubieras convertido en el fantasma de ti misma, en una antigua ausencia pesimista.
Que no fueras ahora lo que eres. De nuevo e inconsciente, mi bella flor marchita.


Empecemos a hablar con propiedad, Sevilla, y es que tengo por tu nombre una enfermedad.
Al momento del ejercicio de una actividad cualquiera, creo de verdad que comienzo a tener un problema de dependencia en el momento en el que despierta mi consciencia como si nada más pudiera oír al atisbo de tu nombre. En ese estrujo de mis cervicales, ahorco indiscriminadamente con las pupilas a cualquiera que haya proferido tu salado nombre sin saber de lo que habla.

Porque nunca saben de lo que hablan cuando hablan de ti.

Y quizás entonces, me dé por cantar. Y por bailar. Y por amarte. Porque a es a tu nombre que se debe cantar, amarte y bailar.
Que me maten si esto no es una droga de la mejor calidad.




Igual que ya dije en su momento que la única diferencia
entre un hombre y su guitarra es la forma;
hoy digo que el humano, su sonrisa y su ropa son uno, y nada más.

:]



De nuevo, gracias, muchísimas gracias a mi muy querida Elendilae, por estas alegrías que me das :]

Y gracias a todos los que os pasais por aquí, aunque no comenteis, y haceis esto lo que de verdad es, un rincón puramente familiar y sencillo.

Yo se lo concederé a estos compañeros que creo, se lo merecen de verdad:

Divago luego existo
The S word
Lesbicanarias
Desde mi azotea
Bury me in Whitehaven Parkway