miércoles, 3 de noviembre de 2010

Grandes Ausencias

Poco a poco, el silencio fue apoderándose de mi vida. Engulló la mitad de las buenas risas, una parte de mis miradas lascivas, y el amor; me quitó todos mis hondos suspiros de amor.
Y en el silencio de mi vida, ni mis lágrimas sonaban. Ellas también se habían ido.

Estaba segurísima de que el silencio era (y es) la peor enfermedad. Pero también defendí que es mejor callar cuando no se tiene nada constructivo que decir. Para mí, mi familia casi siempre había permanecido muda. Salvo los que habían conseguido sobrevivir al tiempo y al espacio - con su inconmensurable peso - conseguían seguir rompiendo ese silencio aún hoy. De todas formas, temía que había llegado al punto en el que mis días coexistían porque no les quedaba otro fin al que agarrarse.

Llegué a la terrible conclusión de que mi vida no había sido condecorada con una mafiosa familia de pesados innatos, sino con un genial elenco de grandes ausentes.




Dentro de lo nuevo, lo fresco, lo ilógico, se encuentra el pasatiempo.
En lo viejo, lo conocido, lo cálido y sabido, aguarda lo tierno.

Pero todo lo viejo tuvo antes que ser nuevo. Como todo lo nuevo envejecerá.
Esconde en tu interior el poder de recrearte, de renacer y de soprender a todos los que se deleiten con tu compañía. En hacer nuevo lo viejo se encuentra la mayor maestría.