martes, 28 de diciembre de 2010

El asaltamemorias.


La guerrera de anchos hombros y cueros tersos entró en la posada. Una posada más.

Su dulce compañera solía brillar en ese tipo de antros casi tanto como un antorcha en medio de una noche de eclipse culminante, pero aquella vez los ruidos provenían de otro divertimento menos sincero a los ojos del que se acostumbra a ver a medias. El buen humor de una tarde de viaje relajado permaneció en sus facciones el tiempo justo. Se acercó al grupo de personas que, apiñados como buitres sarnosos en reparto de carroña, gimoteaban jocosos en torno a un hombre destartalado y visiblemente molesto por una atención que él no había aclamado.

Con sencillas instrucciones en un internacional tono de serio mandato, la guerrera se abrió camino entre el gentío. El murmullo calló ante su presencia, tan imponente que ni los cuervos graznaban cuando se sabía oscuro su temperamento y firme su intención. Una buena actriz curtida de desgastados teatreros y grandes hipócritas, que en realidad solo buscaba el silencio oportuno que le permitiera hablar con aquel arapiento hombre. No sólo por el revuelo que su presencia causaba, sino también por un aura especial que sin mediar palabra alguna, segura estaba de que su compañera también había percibido.

Desinteresados como perros a los que se les había arrebatado su juguete, los aldeanos y merodeadores se apartaron del hombre, y la guerrera se sentó delante suya. La compañera posó una de sus manos sobre su hombro antes de colocarse en una banca justo detrás de ellos. Y aunque el ardoroso picor en su piel era inevitable de sentir, la imponente mujer controló la situación como tantas otras veces habría de hacer.
En un instante, el hombre que antes había permanecido gimoteante dejaba de dedicar todos sus esfuerzos a luchar contra un algo que ellas no podían ver, algo que crecía de dentro suyo, para dedicarles algo de atención. Una mirada turbia y almizcle se clavó en la fría barrera helada de las pupilas de la guerrera. Y sin previo aviso, se le acercó de golpe, manteniendo una distancia entre sus rostros menor a la que cualquier estornudo pudiera disolver en milésimas de segundo. Y habló raquítico, transpirando cada palabra, masticando cada sílaba como si la hubiera ensayado durante miles de años; intentando ejercer un control sobre sus párpados manchados y sus pupilas dilatadas que se le perdía en el vertiginoso cauce de sus vocales atragantadas.

Los campanarios, dijo. Ya nadie sube a los campanarios. Es una pena que en esos lugares tan sagrados encuentren las arañas campo fértil donde cultivar sus telas sin preocupación. Ni siquiera yo estoy seguro de haber subido nunca a alguno. Y es que en mi recién estrenada memoria albergo recuerdos tan viejos que es imposible que los haya tomado prestados de nadie que aún respire. Ya confundo lo que he leído con lo que he visto, como también confundo lo que he escuchado y lo que he inventado con - y esto es lo peor- con mis propios sueños. Nadie sabe el dolor que esto llega producir. Mi memoria es una mentira tan perfecta que aterra, y conozco mil lugares que jamás podré saber si llegaron a existir o no. Es un veneno certero y oxidado, un aguijón clavado en mis recuerdos. No puedo respirar sin que me duela la nostalgia, y ni comer ni beber me satisface si aún no he conseguido saber qué es real en mí; y qué es sólo mentira. Pero dígame, querida dama, ¿qué sentido tendría llorar en compañía, si es mi soledad la que me riega las penas? ¿Qué sentido tiene la sangre cuando la piel es inalcanzable? Y ni siquiera puedo demostrar que esa piel existe.La belleza es polvo, polvo absurdo y sepia que se confunde en la oscuridad si le quitas la luz.

El hombre se alejó un poco del rostro de las de los anchos hombros. Pero no pasó ni un minuto cuando volvió a lanzarle una pregunta más. ¿Ha visto alguna vez el mar? No, la verdad es que no, le espetó. Entonces querida, no has respirado. Pero yo puedo describirte paisajes que no existen y vidas que no han germinado aún. Invenciones oscuras y sentimientos retorcidos que nadie ha podido imaginar todavía. He visto abismos tan grandes que la tierra ya conocida ni a medias los llenaría, y conozco tantas verdades como mentiras he podido memorizar. Pero no sé a dónde o a quién pertenecen. No sé si son, pero yo las conozco. Y mientras la belleza inunde el alma todo parece llevadero pero creeme, creeme si juro sobre mi propio cadáver que la muerte empieza a ser un problema cuando se le ha plantado cara más de tres vez. Pero no existe aún puñal de humano que rasgue la tela del recuerdo. Aunque ese recuerdo, y aguardó un segundo, sea el camino directo a la mismísima locura.

Sus pupilas se dilataron y contrayeron una vez más, y acto seguido se recostó de nuevo en la vieja silla que ocupaba, tapándose con una capa raída por el tiempo y el uso; dando por zanjada una conversación que para él ya había acabado.

Ella se levantó, su compañera también. La guerrera se dirigió hacia la salida. Su compañera la siguió.
¿No vas a hacer nada? No hay nada que hacer. ¿Qué?¿Por qué? Porque no puede ni recordar su propio nombre. Conocí a otro como él. Está maldito, guarda cientos de recuerdos que ni siquiera son suyos. Nadie puede ayudarle, porque es un asaltamemorias.