lunes, 26 de diciembre de 2011

Kalós


Es hermoso cómo las hormigas construyen sus hormigueros con esos terrones de barro tan iguales, con diferentes policromías y diferentes texturas. Es hermoso cómo los plumeros salvajes conforman comunas estrechas y se arraigan al suelo con el ahínco del patriótico inmigrante. También es hermoso el viento de Levante tras dos días de niebla que no dejaban vislumbrar Chiclana, y que con él al fin vuelvan las luces de la autopista a asegurarme que el mundo no se acabará. Por ahora.
Es hermoso el sol del día de Navidad. Y soñarte toda la noche y despertar teniéndote miedo por hacer de mí un manojo de inseguridades mal camufladas. Es hermoso que el amor que tengo para ti me agarrote el cuerpo y me obligue a salir a correr alocadamente al más puro estilo Buffay; y dar con el lugar más absoluto del cielo en plena noche y con el pecho dispuesto a la mordedura del frío. Es hermoso vencer mi miedo a la oscuridad porque me da más miedo lo no que soy cuando te tengo cerca. Y saber que mientras sople el viento, el mundo no se acabará. Por ahora.
Es hermoso que el calor de la plancha arranque de un jersey el olor de mi madre, que mi mejor amiga me bese en la frente cuando tengo miedo, la quemadura de uno de mis nudillos que aún demuestra pálidamente de dónde vengo. Es hermoso el ronroneo de mi gato, redescubrir una y otra vez que mi película favorita sigue siéndolo, observar mi cuarto con los ojos de un extraño y pensar en las grandes cosas que aún quedan por hacer. Entender una explicación de clase de Griego y que me brillen las ideas por dentro como en una película de Jean Pierre Jeunet, y notar que mi profesora lo nota. Esos dos segundos de conexión, son hermosos. Es hermoso ver una araña verde común y que el amor heredado de la prosa de Gerald venza la fobia propia. Perdonar la vida, perdonar la muerte. Perdonar los rasguños, los olvidos. Perdonar la coherencia, y la falta de ella. Esa coherencia de hormiguero, con todos sus terrones iguales, diferentes en color y dispares en tesitura. Esos terrones tan hermosos.


martes, 20 de diciembre de 2011

Cuentos de antiguos que no volverán a ser contados

La madre arrodillada deja sus pantorrillas blancas arañarse con espinos tiesos y sequedades puras mientras busca las ramas en el suelo. Su hijo, que se araña igual pero no siente el dolor, corre detrás de las codornices y las liebres. Ella canta, canta por Alegrías para partir en tajos la leña verde del árbol caído. Como si hubiera sido fácil alguna vez masacrar un tallo que tiene los mismo años que tú. Pero eso no lo sabe el niño, ni el niño ni su frío de invierno; frío seco de estar lejos del mar y echarlo en falta.

Cuando quiere el sol darse cuenta, chorrean por los muslos de la hembra ríos de sangre que van a parar al musgo, al pasto y a la hierbabuena que pisa. Y a las amapolas, que son más rojas ahora. Si fueran éstos cuentos de antiguos o los campos terrosos y aguamar del vasto Olimpo, de la sangre de la madre se engendrarían hijos insaciables de leche y de luz; armados de reproches e inquisiciones tal y como brotaran de la tierra. Pero como no lo son, ella sigue despedazando a hierro el féretro de un hermano que nadie le advirtió. Y la sangre maldice todo aquello que  roza o impregna, menos a las liebres. Y al frío del niño. El frío que ya será rojo en la mañana.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Colgada, élfica, suave y desapercibida.

Cuando Jesús escribe en su agenda, tiene la cualidad de colgar las palabras en mitad del tenso recuadradito del día correspondiente, como colgándolas realmente en mitad del día para que sean únicas y solas, lo más importante de su tarde. Hace falta ser de un material muy especial para escribir de esa forma tan imperturbable, pues yo no sé hacerlo - y mucha gente tampoco. Mis agendas están rellenas de tachones, abreviaturas, raquíticas y poco importantes tareas; grandes gestas rayonadas una vez las completé, y detalles inútiles de días que posiblemente jamás llegaré a recordar con claridad. Pero sobre todo, escribo en dos columnas mentales, primero cumplimentando la izquierda y luego la derecha. Arriba los exámenes, y abajo las nimiedades. Cuadriculado como un dámero, como el parking de mi castillo, como una ciudad romana. No es como Jude, de letra élfica, mágica y concisamente entintada; ni como la de Saüda, en lápiz - porque para ella nada puede resultar demasiado para siempre. Ni como la de Cristina, rápida pero indecisa, infantilmente suave en el empuje del bolígrafo. Ni como Claus, de letra pequeña, consonantes alargadas de vértebras estiradas y un intento sublime de pasar desapercibido. O como José Carlos, para el que nada nunca es demasiado - y así lo vive, pues apenas escribe nada de lo que realmente tiene ánimo de hacer.

No sería nada de ésto importante si cualquiera de esos esquemas manuales - tan íntimos como nuestra propia sangre - no fueran reflejo fiel de lo que somos. De cómo pensamos. De cómo vivimos. Y en definitiva, de cómo resultaremos amar.


Y sabes que sueño mucho, pero ultimamente sólo sueño con que seas feliz.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Buzones

Y en los buzones de todas las casas de la ciudad amaneció un pequeño sobre escarlata cerrado con fuerza de amor. Conforme pasó el día, todos los habitantes - menos una en concreto - pudieron leer en la escuálida hoja de papel que venía dentro, sola y única; aquellas palabras escritas con tanta emoción.

"Estoy locamente enamorado de Victoria Klein, y mañana se lo diré. 
Deséeme suerte."


La mañana cuela sus brazos por la ventana de Marco, y le lame los ojos con cuidado. En la mesa, otros tantos sobres. En el garaje, su bicicleta embarrada. En su corazón, pura y dulce savia de amor.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Analógico




Pausa total, pena capital
pues todo se me había olvidado.
Que la vida la vi antes
por tus ojos que los míos,
todos los ambientes,
todos los detalles,
la omnisciencia total del hecho,
la supremacía generalizada.

Todo fuiste tú antes,
antes de yo vivir lo propio.
Tus ojos, que tanto pensé,
cruzaron primero el río.
Y luego yo; y no encontraba
más margenes que las tuyas
aunque ahora fuera mía
la falda que se mojaba.

Como un telón que parte
un escenario en dos tablas.
Como el cristal de un periscopio
que ve cosas dobladas.
Las dos realidades alternas
de una alternancia despistada.

Lo tuyo, en tus historias;
lo mio, en mi retina.
Y los besos que no vimos,
y las gracias que no amamos
en duplicado y convexo
como el televisor descolorido
que es mi alma a tus recuerdos.

Palmaditas en la espalda,
en mi tácito, analógico,
tierno y burdo corazón.
Dentellada de negrura
en el confín de tu cadera.
Y a la muerte, nuestras ansias
caerán en saco pleno,
roto y descosido, compartido.
 
Y dormiré acaudalada
en tu pecho florentino:
con mi verdad ante los ojos
con la tuya entre las manos.

martes, 22 de noviembre de 2011

Trèsor

Amándote yo a ti;
más yo que nadie,
más yo que nunca.





El día que Kate se fue, la vida se me acabó para siempre. Todo lo que yo pude ser, todo lo que había sido, se fue con ella. Pasé veinte años buscándola, llorando su marcha y olvidando poco a poco cómo se hacía eso de buscar a alguien con todo el cuerpo. Cuando decidí que había ya perdido la batalla, tuve a mi hija. Le puse su nombre y la convertí en el amor de mi vida. En la razón de cada mañana. Y cada vez que ella me preguntó, estando yo viva "Madre, ¿no amas tú?¿no has amado nunca a nadie?"; yo le respondía, cada vez que ella me preguntó "Yo no sé amar si no es a ti". Y mentía, aunque sólo decía la verdad. Porque murió lo que era yo cuando Kate se fue, y me convertí en madre. Una madre que todo lo amaba en su hija. 

Aún hay días en que la sueño. Y entonces sí, me convierto en un fantasma.




martes, 8 de noviembre de 2011

Soplido de amor de Noviembre

Tengo un soplido de amor en el pecho,
que amenaza con infartarme al alma.
        Un soplido de amor moreno,
intranquilo y aguafiestas,
que más pareciera un hijo de Levante
que un soplo de amor cualquiera.

Hoy me desperté y ya lo llevaba dentro
me venció sin batalla y sin hacer más quiebra.
   Pero hay días que viene, o días que va
y vuelve y sonríe, y yo no sé en qué piensa.

Me entristece, mi tormenta de amor,
       porque trae nubes a mis ojos abiertos.
Y cuando los cierro, ¡ay cuando los cierro!
me aman y yo busco mi soplado destierro.

Vientos de amor, brisa de amor,
día de Noviembre con los amores al viento.
        Tengo un soplido de amor trasnochado
y creo que acaba de reventarme el pecho.

sábado, 15 de octubre de 2011

Como nacer.

Óyeme Alecia si hoy quiero contarte una historia que te sería más maravillosa aún de no haberla estado viviendo tú conmigo. Como si de magia se tratara, como los mitos que no han sido contados y los muertos que habitan nuestros estudios escolares, dé fe la Espumosa y más bella de que yo amé con locura durante más tiempo y más devotamente de lo que nunca me creyera yo capaz. Cómo no sería que durante el tiempo que habitamos, solos en nuestro paréntesis dentro del ruido del mundo, nos dio tiempo a despreciarnos y a mofarnos los unos de los otros. Cuánto más, que ahora que nos abandonó la seguridad madre a nuestra indómita suerte, tendemos a la unión en cuerpo - pues nuestras almas no han dejado de estar juntas. Sea la multitud más grande, que brillarán como los pardos ojos de Calisto en mitad de la cúpula celeste para mí. Y serán antes, serán con la importancia de aquél que es familia de ensoñación y esperanza. Hágase el ruido, háganse las tinieblas, que de mis hermanos jamás sentiré yo frío; y junto a ellos creeré tan rápido y fuerte como sea a nosotros de decidir.

Quiera Crónos el impío devorarnos, pero habrá paz en nuestros corazones mientras seamos capaces de recordarnos. Felices. Y aún si nuestras cabezas dejaran de ser nuestras y no pudiéramos decidir cuál fue el camino hacia nuestro hogar, sé que nos reconoceríamos. En mitad del mundo, solos si no juntos. Unidos si no pegados. Creyentes de las buenas cosas que supimos vivir. Brillantes, huérfanos brillantes.

Como un orgasmo en la boca, como llorar la vida y la muerte. Como nacer.



miércoles, 12 de octubre de 2011

La idea de ti



Fuera la idea de ti,
la mitad de bella de lo que tú eres
mudos quedarían el Bien, Platón y el Sol.
Eres más que todas las cosas.
Eres génesis de mis alumbres.

Imitación de ti las hembras todas.
Imitación de ti las ideas magnas.
Imitación de ti los placeres únicos.
Ronda, ronda toda,
Busto, beso aguado, tigre, araña;
perfume, mar, campo y rosa.

Bella, bella, bella,
todas las cosas.
¡Ah! ¡Bella te digo!
Asfixia de verte, bella.
Ahora, siempre, nunca más.

Bella te digo, bella.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Gorgonas, escarabajos, botas y lástimas

Gorgona

No voy a mirarte para poder dejarte de verte. Y si no te veo, si no te veo, Gorgona de mis cavernas, no podrás ya convertir mi corazón en piedra. Así y sólo así, podrán dejar de dolerme tus ojos.


Escarabajos

Si lo pensamos, cada cosa que el hombre ha ideado la ha hecho a su imagen y semejanza- y sería una locura pensarlo de otra manera. Las motocicletas, por ejemplo, con esos enormes ojos de animal asustado, con su trasero abultado y sus orejas con forma de manillar. Los autobuses, los automóviles, grande bebés gateantes con grandes corazones que bombean sus fluidos primarios; los edificios, muebles, todos con sus simpáticas y escalofriantes caras inhumanizadas, espacios sombríos donde se introducen objetos, alimentos, nutrición semisexual que refleja la obsesión propiamente humana de sólo amar lo que es igual a uno mismo. ¿Y si fuéramos escarabajos de la patata? ¿Cuántos corazones tendrían nuestros automóviles? Y si fuéramos vacas, ¿cuántos estómagos pintaríamos a nuestro mundo? O lo que es más importante, ¿cómo nos las arreglaríamos para que la vida no se nos escapara entre las pezuñas?


Botas

Al dormir, la ves con las botas puestas al final de la cama. No es que esté precisamente más cómoda, pues no se puede uno acurrucar con botas; sino que siempre sueña que debe correr. Corre para vivir, en sueños; escapa de cualquier cosa porque todo le da miedo. Y a veces, cuando se despierta, aún siente que otras personas la corretean, observan y amenazan. En algún momento de otra vida, aprendió que estar alerta nunca sobra, que una vez que se sale nunca puede saberse cuándo se volverá a entrar y que, sin duda alguna, se duerme más cómodo con la huida calzada.

Lástimas

Sabes, María Antonia, que siento pena. Y lo digo desde lo más hondo y puro del cariño que te tengo. Te lo digo sin connotaciones extraoracionales, que yo sé que ésas las ves primero. Te lo digo porque me gusta decir las cosas que son bonitas de oír: siento pena. Pena de todos los hombres que no han amado hasta la enfermedad o hasta que la muerte os separara la poderosa mente que has hecho germinar dentro tuyo; el alma justa que - y no podía ser de otra forma - tienes y mantienes. Enseñas con la misma pasión que aprendes. Jamás juzgas a los demás por algo que no hayas enderezado ya en ti misma. Y ves a todos tal y como son, reales, brillantes o molestos. Siento pena por quien no te conocerá, y por quien no estuvo a la altura de ti. Y te digo que espero con ansia a que aparezca el valedor único que te haga olvidar a todos aquellos que a mí no dejarán de despertarme nunca las mil lástimas que me adornan por dentro.


jueves, 22 de septiembre de 2011

Mi amable subconsciente


Se sienta delante de la mesa, tijeras en mano, y contempla el reguero que conforman los momentos pasados de mi vida. Todicos esparcidos por la mesa directamente desde la caja metafísica e ultrasónica donde estaban guardados.

Un trabajo de artista, de artesano.

Allí donde se guarda todo lo que fue, pudo y quiso haber sido; todo se escucha y todo puede ser oído. Mientras toma con las manos uno de los mejores fotogramas de mis recuerdos compartidos y comienza a recortar una figura muy concreta, distingue de fondo un reguero de palabras que nacieron para no ser dichas. Y mientras, con mi hilo oracional activado por toda la habitación, copia la silueta recortada y la pega. La pega en un recuerdo en el que no estaba, y recorta ese recuerdo. Y lo aplasta contra otro diferente. Coloca allí alguna figura más, y luego guarda su obra en la bandeja de los sueños por venir. Ahora, aclarar y repetir.

Por detrás, el discurso invisible prosigue. Dice, susurra.

Te hablaré en futuro porque es el tiempo de las promesas verbales, y aunque sé que no sabrás esto nunca, estoy segura de que lo tendrás muy claro siempre. Tomaré la parte de ti que es mía por ley, por lealtad o sacrificio; y me la guardaré con recelo. Te tomaré en mis brazos, como me cuenta mi madre que me tomó a mí, sucia, caliente y lloriqueante recién salida del vientre; y dibujaré un presente, un pasado y hasta un futuro para ti. Un futuro de ti. En mi renqueante egoísmo personal, voy a usar todas las cosas que he conseguido comprender, para saber más de la tú que yo no he llegado a tiempo para contemplar. Para mí serás perfecta, más incluso de lo que eres de verdad. Porque todo lo hecho a semejanza de uno se antoja igual, y por tanto, idóneo e inmejorable. Voy a tocarte con toda la carne que conservo, y con la que me han quitado. Y voy a abrazar toda la tuya. Hasta la que te han quitado. Te besaré con mimo, como nunca nadie te habrá besado, y te veré de las mil formas del caleidoscopio de la rutina. Voy a quererte en griego, en latín, con todas mis lenguas muertas, pasadas y futuras. Te querré como madre, como padre, como escarnio y como astro, y usaré todo aquello que sé de ti, para devorarte en ti toda.

La bandeja de los sueños por venir va llenándose poco a poco. Allí dónde antes no estuvo, ahora aparece. Aquello ya resabido, es ahora aventura inmejorable. Y el discurso que nació para no ser engendrado prosigue de fondo.

Te trabajaré como se trabaja la tierra, y voy a hacer de ti la razón de cualquiera de las personas que he sido. Te pondré en cada momento de mi vida. Te querré, te querré desde dentro mío. Y así jamás volveré a echarte de menos. Serás mi fuego fatuo, hasta allí donde el frío mata por despecho. Y aunque tú no lo sepas - pero lo tienes claro - voy a hacerte inmortal.

Acabado el trabajo, suelta las tijeras en la mesa. La borboteante palabra inmortal aún chorrea por la habitación entera. Y haces de luz sonoro despiden su marcha. Vuelve conmigo y juntos, tomamos las armas de cada mañana.


Así son los trabajos, los trabajos de mi amigo subconsciente.
Mi leal y amable - por ser tan capaz de ser amado - subconsciente.
Gracias, amigo, por podar y desbrozar las noches de mi vida.



jueves, 8 de septiembre de 2011

Las piedras del paraíso.

Nadie te avisa. Absolutamente nadie viene, te toma de la mano y te dice al oído "éstos van a ser los mejores años de tu vida". Y cuando pasan, es demasiado tarde. El único placer que te queda es el reflejo del pasado. Nadie te dice "olvida todo lo demás, porque no ha sido nada. Ahora empieza lo grande, lo importante. Abre bien los ojos porque éste es el regalo más grande que la vida tendrá a bien de hacerte". Nadie tiene la gentileza de hacértelo saber.



Pasados tus años en ese paraíso del que nadie te predijo nada, lo único que queda es pasar la vida soportando el peso de sus piedras. Las piedras amorfas que dejará , para el resto de los días, el recuerdo de tu inmejorable estancia en el edén de tu vida. Lo más cerca del cielo sin dejar de pisar la tierra. Llegará el momento en el que te duelan los brazos, en el que te molesten las piernas, se te hinchen los intestinos y se te ericen las esperanzas. Es sólo cuestión de tiempo. Pero es entonces, perdido en el polvo blanco de la civilización muerta, con los ojos secos, la boca seca, la nariz picante; es entonces que necesitarás rendirte. Que te lo pedirá cada centímetro de tu cuerpo, pues parecerá lo más correcto en ese instante. Lo más correcto que seguramente habrás percibido nunca.

Desconfía entonces y haz de miedos corazón. Porque ya has descubierto que en tu entrada al paraíso no hubo trompetas anunciadoras. Sobrevive a ti mismo y termina lo que has empezado. Acuérdate cuando llegue el momento de que cualquier cosa que haya hecho otro humano antes, siempre será posible para ti. Uno no es más víctima que responsable. Picando, picando piedras. Responsable de cargar, destruir y resucitar, sus piedras del paraíso.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Apricot phantom


Eres compleja como un albaricoque. Aterciopelada, perfumada, tierna, lisa, dulce, jugosa, dura y por último, laberíntica.


Salido de la nada, enchaquetado e impoluto como no dejó nunca de presentarse, con la negra cabellera aplastada contra el cráneo y un brazo reposádamente sobre el respaldo del asiento; él le susurra al oído sacándola de su ligera ensoñación vespertina. Es todo mentira.

Es fácil increpar cuando hay unos ojos a los que taladrar profundo. Pero en esta situación, sabe ella perfectamente que el darse la vuelta sólo serviría para no ver nada, para parecer una desquiciada más en un autobús cualquiera. Así pues, responde con la mirada perdida en el vacío recurrente de la ventana, sintiéndose escuchada contra todas las explicaciones cuerdas. ¿Qué es mentira? Eso que te está carcomiendo las entrañas. Es mentira. Sabes mejor que yo que te mueres por oír una razón. Susurran las libélulas que todo tiempo pasado fue mejor. Pues bien, estás amando un espejismo que hace mucho tiempo perdió consistencia.

Dolida, reprocha. Cuando ella jamás le reprocharía a él absolutamente nada, cuando moriría porque él volviera a la vida cuantas veces se lo permitieran. ¿Tú qué sabrás? Oh, por supuesto que yo no sé nada. Estoy muerto preciosa. Y porque estoy muerto te digo que suspiras por un campo de flores podridas. Ahora no lo entiendes, pero pronto empezarán a atosigarte con el tufo de la verdad, y no podrás negarme que te lo advertí. Y ahora si me disculpas...

¡No!


Sabía ella que cuando él decidía desvanecerse, no había quién pudiera pararlo. Federico siempre fue hombre de palabras grandes y decisiones antojadizas. Pero no podía quedarse sola, no así, no de esa forma. Y aún sin mirarle a los ojos, como no se debe mirar a los ojos a un basilísco, volvió el rostro para pedirle que se quedase. Para abrirle su corazón aunque él ya lo conociese- pues podía verlo desde dentro. Hace tiempo que sé que algo no va bien. Lo siento desde el momento en el que dejó de confiarme sus palabras dulces para dedicarme sólo las agradables. Hace mucho que no se trata de mí. Perdí lo que más amaba el día en que creímos que crecer podía no ser tan malo. Pero es que a mí no me sale ser si no me duelen sus ojos. Es que a mí no me sale ser si no me matan sus manos.







Mañana de llantos
en mi nuevo jardín de rosas.
La luz del sol cubierta de azúcar
calienta mis sueños.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Feliz año nuevo


Porque ya es Septiembre y es el mes más mío de todos los otros. Porque llueve, y hace frío y ya no sudo; porque adoro todo lo anterior y aun más que eso provoque que el mundo huela a nuestro olor favorito. Porque soy feliz yendo al castillo de mis alegrías y abrazando a gente que quiero demasiado; porque hoy es año nuevo aunque la iglesia no estuviera de acuerdo, porque soy feliz y porque te quiero, mañana vas a hacer el mejor que cualquier otro día.

Yo nací en la boca del otoño. En mitad de sus labios partidos de frío. Por eso cuando los calores estivales llegan me provocan nauseas de pánico, y el largo sosiego me destroza las ideas. Porque cuando toca volver, cuando me toca volver a lo que más quiero, llueve frío y huele mojado. Y eso, eso es más que ninguna cosa, mi casa. Y eso, es más que en ningún otro momento, mi vida.
Cobertura de nubes enfadadas que me llevan de la mano hacia un único lugar. Allí donde los primeros días de Septiembre puede arder la piedra o tronar el cielo. Allí donde todos saben mi nombre. Soy feliz hasta hartarme en mi castillo, y retumbante piso charcos por mis aceras inundadas de alegría. Frío en los pies, frío en los hombros, dulce calor en el pecho.

Pero te quiero, te quiero, te quiero y te quiero. No me cansaría de decírtelo nunca. Porque ya te dije siempre que te querría hasta donde se acaban las metáforas hermosas, te querría hasta en el barro y hasta en la podredumbre, te querría siempre y siempre te lo decía desde un hoy que no podía imaginar mañana. Hoy es mañana, mi gigante de ojos azules y manos como raquetas; hoy es mañana y tú, como era de entender, no estabas allí donde nos conocimos. No. Porque estás en todas partes. Tú que nunca tuviste dioses, yo que sollozaba por no tenerlos y que a veces los tengo a medias; hoy he vuelto a nacer, en mi feliz año nuevo, y creo firmemente que te has convertido en mi algo incuestionable. Y te quiero, te quiero, te quiero. Te quiero aunque no te vea, te quiero aunque ni te escuche, te quiero y no me canso de decir que te quiero.


1 de Septiembre. Gracias vida.







Voy a amarte como si nunca me hubieran hecho daño antes.
Voy a amarte como si fuera indestructible.

martes, 2 de agosto de 2011

Urbe

Alerta, siempre alerta cuando camines por la ciudad.

Será porque Londres es Londres, porque las ingentes aglomeraciones de humanidad abruman o porque realmente, es todo tal y como lo percibo. Pero recuerda tener cuidado cuando camines por la ciudad.


Y los arcos troncales del tiempo, el espacio y aquello que llamamos realidad se bifurcan y trifurcan entre charcos y pisadas. Aquí, y allí, sibilinas sombras a tu alrededor se mueven desde las entrañas mismas del tiempo. En mitad de la ciudad los fantasmas toman forma, los muertos reviven, los nonatos se adelantan. Teniendo cuidado, yo podría jurarte que a tu izquierda pasa enchaquetado el padre de tus hijos, o el hermano del abuelo que nunca viste, o el amante que salvará a tu nieta de las garras de la muerte. Entre tus piernas se cuela el gato que tu ancestral tía Agatha quisiera como única familia, y las palomas molestan a la madre que hará famoso tu apellido. En la esquina se enamoran dos extraños, uno descubridor de América y el otro vagabundo victoriano; un rey persa saca a pasear al perro que hace siglos fuera escudero, una golondrina colonizadora espacial busca cobijo en su casita de barro, debajo del balcón del niño que vivirá para ver morir la Tierra.

Y en los autobuses, en los parques, en las terrazas descansan tranquilos aquellos que jamás habrán de conocerse. Deslizándose entre los antojos de una urbe mojada y cálcica, son todo lo que jamás podrías imaginar. Por eso mismo alerta, alerta cuando camines por la ciudad. Nunca sabes quién te susurrará al oído el secreto de la conciencia universal. Y mientras, la urbe respira; intratemporal.

viernes, 29 de julio de 2011

Cartas desde Irlanda - Parte 2



A mis chicos Friends

Inmensos, brillantes y relativos. Así seréis, para siempre. Si bien sois más reales que muchos de mis conocidos, os coloqué en mi joyero interior y os suspendí. Adoro suspender cosas. Os puse en mitad de mi péndulo magnético y me habitué a sentiros de dos formas: la de ahora y la de siempre. Vuestras arrugas, vuestras canas, vuestros proyectos de futuro partido; nada de eso significa nada. Pues aquí, allí y en cualquier sitio, guardaréis siempre la misma calma. Sujetos a unos veinte años que os traicionaron hace mucho, la muerte jamás pasará por vosotros. No por vosotros, mis ficticios amantes, sino por aquéllos que sois ahora. Pero a vosotros, a esos que yo conozco como si fueran familia mía, a ellos no les sorprenderá la muerte hasta el día en que a ambos, ellos y yo, nos traguen las nubes. Inmortales, brillantes y relativos.



A María

Te he amado siempre tan atemporalmene que mi existencia se azoraba ante la idea de ti. Te he amado con tanto, con todo lo que me quedaba, que no llegué a entender nunca lo infinito de tu hechizo. Te he amado tan lejos, que cuando vi a la misma Venus quieta y nívea ante mí, lloré desconsolada. Pienso, ahora que he secado, que quizás no fuera ella por lo que yo rompí a llorar. Pienso que eras tú, desde el centro de mi alma, la que me hizo agua y cascada. Al fin he entendido este amor que me desmorona. ¡Eres tú, eres Venus!¡Eres mi Venus agachada!


Sobre mis dioses

Tú ves a tus dioses, los ves hasta cuando no quieres. Los tienes a tu lado en cada estampa y cada iglesia. Te los arrojan a la cara, sin pudor ninguno, y no tienes más remedio que camuflar tus creencias bajo un manto de moderna indiferencia. Pero yo, yo creo en cosas que no tienen cara, y además creo en dioses que perdieron sus lugares. Sus templos, sus estatuas, caídos como titanes que eran; escombrados en el suelo. Debo yo esperar, paciente y respetuosa, a que siete días duren los cultos a tus señores de madera, y en media hora de museo debo yo llorar a mis padrinos celestiales. Por lo menos, por lo menos, calla ante mi temblor como debo callar antes tus benditos siete dolores. Déjame, déjame creer, déjame ser lo que me has quitado. Que cuando se nos corten los alientos, tú podrás correr hacia tus mártires; y yo podré, al fin, abrazar a mis dioses de alma y hueso.


A Saüda

Obtusa, pero amable. Aún cuando sonríe, aún cuando toca las cosas como si fueran infinitas. Saüda toca con toda la mano, con delicadeza pero firme; pues así lo hace todo. Patosa, no duda en asir lo que deba con todo su cuerpo. Y cuando habla en inglés roza la rudeza, pero por ello mismo sus sonrisas resuenan más claras. Cuando se ríe demasiado alza los ojos en sus órbitas y se echa hacia atrás en gesto cómico, y a veces pierde su cultivada madurez y la recupera en cuestión de segundos. Juega, riñe y desquita. No le gustan los niños pero es tierna y les deja su espacio a la vez. Ruidosa y delicada, es un animal extraño. Y cada día siento que la conozco de siempre, y cada noche creo que no sé nada de ella.





Desde Irlanda y Londres, con amor.

Cartas desde Irlanda - Parte 1

De mi viaje a Irlanda, Londres y mi corta pero igualmente importante estancia en Madrid traigo varias pequeñas cartas, fruto inocente de momentos de melancolía y melodrama, soledad, filosofía o reflexión. Iré colgandolas - pues si bien un mes da para mucho, un cuaderno en blanco parece dar para más aún. Cada uno tiene un destinatario, algunos implícito en el texto y otros no; pero no dejaros el placer de adivinar estos últimos por vosotros mismos sería casi desconsiderado por mi parte. Gracias por estar aquí siempre.




A Cristina
Entre esta plenitud que nos separa, donde otros ven hectáreas de descubrimientos, yo veo penumbra y horas malgastadas. ¿Cómo será posible que, siendo tú tan tú, yo tan yo, y bien sabiendo lo que me deparaba el meterte en mi mundo, hayamos acabado así? Yo, que me vine hasta aquí para olvidarte, y me he dado cuenta de que sin ti no me recuerdo a mí misma. Me dueles, aún cuando yo no te doleré en la vida, tú a mí me dueles. Con tu indiferencia hacia mis afectos, con tus atenciones a mis agudezas, me dueles más en la distancia que en tu insoportable cercanía.


De Alecia
Alecia se pasó media vida con la mirada enferma. No es que ella quisiera que sus ojos delataran la angustia de sus días, pero sus ojeras moradas y sus párpados cansados decían más de ella que cualquiera de las palabras pronunciadas por sus contemporáneos. Con el tiempo, perdió esa tonalidad fría en las pupilas, para pasar a ser todo lujuria y lascivia. Y ternura cuando menos se esperaba. Pero aún a día de hoy, cuando las nubes sobrevuelan sus cielos propios, Alecia vuelve a estar enferma de mirada. Y es entonces que uno se vuelve a plantear que determinadas heridas no las llegar a curar nadie, ni siquiera el benevolente y todopoderoso tiempo.




A mi familia no-de-sangre

Porque fuisteis los primeros, y todos los demás me recordaron a vosotros, seréis los últimos cuando estallen las tormentas. Cuando todo acabe, moriré con vuestros nombres impregnando mis manos, con vuestros ojos guardando los míos, con vuestro amor salvando mi cuerpo. Y cuando muera, iremos juntos a vuestros cielos preferidos. Al castillo de nuestras alegrías, donde empiezan y acaban cada uno de mis sueños y cada una de mis vidas.



De mi tío Rubén

Mi tío Rubén es un hombre que nació del campo como de un granado las granadas. Un hombre que me encontró para cubrir con sus manos mi espalda y empujarme a alcanzar todas mis metas. Mi tío Rubén, aunque nadie lo sepa, es hermano de mi padre habiendo nacido en una isla a medio mundo de distancia. Y es hermano de mi madre, aunque tengan dispares hasta el tono de las canas. Mi tío Rubén, con su poesía indiscutible hasta en la forma de mirar, con sus historias de ultramar y sus antiguos sueños, me tuvo que enseñar a amar. Porque como todo, éste es un arte en el que de repetir se aprende, y yo no he visto más amor en una persona que no fuera en él teniendo delante a mi hermosa tía Judith.

La muerte, la envidia y la ira deshilachan corazones. Pero el amor, la vida y la música saben recomponer familias. Si bien nuestra sangre no es la misma, siempre será tío mío, amado y amante licenciado, mi niño de ojos astillados, una revolución de luz y de ansia, mi buscador de la verdad ciega, mi tío Rubén.



A Clare

Aún no me he ido y ya sé que te echaré de menos toda mi vida. Sin ser algo nuevo, pues nada sé yo hacer mejor que esto, vuelvo a sentir que ahora me duele por saber que dolerá. Colguémonos de la vida hoy, eternas y perennes, y volemos tan alto como Ícaro quisiera. Tomemos ahora con las dos manos la energía que nos queda y el tiempo que nos dan, y no me hables de ti, no te hablaré de mí; y seremos inmortales hasta que todo se nos acabe. Con la sinceridad que procura el minuto vivido sin morir ni un poco, sin morir por dentro sabiendo que todo lo que tenemos hace frontera en nuestra piel. Y demostremos que, animales o no, los dioses nos dieron cuerpos para amarnos,con todo él, y nos dieron la muerte para saber que perderse en excusas no era opción válida.

Respira ahora: mañana no habrá tiempo. Mañana ya no estaremos, mañana ya no habrá nada.





miércoles, 13 de julio de 2011

Mar

Henchida tú toda
en agua de cañada.
Orgullosa, gigante
perenne y apretada.
Azuzada, toda carne,
atempórea y matriarca.
Jerezana de sol poniente
quién besara tus dos alas.
Que dormiré contigo esta noche
y soñaré contigo hasta mañana.
Y entonces, si Zeus lo quiere,
recogeremos nuestras almas;
con nuestras pieles deslucidas
y con los grillos y sus nanas.

domingo, 26 de junio de 2011

Te eché de menos con cada lluvia del verano. Te eché de menos con cada llanto del invierno.
Permaneciste guarecida en el desván de mis intocables, camuflada para hablarme cuando más necesitara oírte.

Tu voz, como un líquido denso, chorrea por mis oídos. Cae, poco a poco, e impregna las paredes de mi conciencia. Rasguñadas, hinchadas, doloridas por el pasar de unos días aterradores que no estabas para serenarme, mis lindes corporales te reciben como ambrosía de sinalefas. Y algo dentro mío vuelve a funcionar. Un clic orgánico e infinito. La encajada maquinaria de mi alegría.

Me curas, me das vida a bocados, me ensalzas y me elevas. Me olvidas la inseguridad. Yo soy menos yo si no te tengo cerca. Y por eso, te echaré de menos con cada llanto del verano. Y con cada lluvia del invierno. Pues ya me acostumbré a hacerlo, a vivir con la espina clavada en la espalda.




Haces que se vaya mi melancolía. Me devuelves de nuevo a la vida. Resurrección.




jueves, 16 de junio de 2011

Sueña conmigo esta noche.

Allen.S :


Sería más fácil. Sabes que lo sé como yo sé que lo sabes.
Sería silencio, por fin. Y quizás, si hacemos caso a todos los que dicen saber, sería también canciones de Dido, y violines; un mar en calma, una espalda amada, sol, la entrada de nuestro reino, una tú, una yo. O quizás no haya nada. Ni si quiera problemas. Ellos serían también silencio.

Dentro de doce días hará un año que perdí mis poderes. Mi poder de reír, mi poder de creer, mi poder de amar. Desde hace un año, ya sabes que me cuesta más dormir, más respirar, más pensar con claridad. Pero sabes que también preferí siempre que las cosas permanecieran inquebrantables para toda la vida - por aquello de que todo tiempo pasado fue mejor - y eso sólo podíamos conseguirlo poniendo punto y final a una obra maestra hecha cuajar de mediodías, amasar de nuestros sueños, colofón mágico de nuestras enseñanzas. Un móvil de corazonadas, suspendidas en el tiempo para siempre. Para poder morir en ellas algún día.

Sabes que tengo miedo. Siempre. Sabes que ya pensé en esto una vez y lo volveré a hacer aún por cuantos segundos de oxígeno me queden en la cuenta corriente. Aparento, pero en realidad estoy bien. A la vez enferma de oscuridad, y a la vez preñada de luz. No estoy mal porque siempre he estado así, y no me conozco de otra forma. Cogí el regusto a sonreír en la oscuridad. Pero sólo quería dejarte algo claro: si hoy, un día como hoy, tan precioso y tan oscuro como cualquier otro; no pongo en práctica alguno de mis detallados planes; si hoy no doy al traste con el pánico que me atenaza la garganta, si hoy y sólo hoy no me lanzo de cabeza al silencio eterno; debes saber que es sólo y exclusivamente por ti. De todas mis razones, de todas los principios por los que debería o no debería hacerlo, debes saber que tú y solo tú me mantienes atada a la vida. Eres tú; con tus uñas de porcelana, con tus dientes astillables, con todas tus ansias hincadas en mi piel y mis entrañas allá donde me alcanza la vista, como un enorme cepo de piel oscura que inflama cuanto agarra, eres tú el feroz león que me sostiene con sus zarpas el corazón dentro del pecho.

Si hoy no acaba todo para mí, será porque tú existes. Será porque no te haría pasar algo así de nuevo. No tan pronto. Será porque me recordaste que me querías cuando no tenías por qué querer a nadie más que a ti misma. Porque un día decidiste hacerme mejor persona. Porque firmé el acta de mis días con tu seña distraída, hoy no será la última de mis noches.

Será, porque aún quedan doce días para un precioso aniversario. Será porque me resisto a irme sin haber vivido contigo Nueva Zelanda. Porque quiero que vayas allí a buscarme cuando no nos quede ni carne propia en la que poder ser. Porque quiero dormir a tu lado una noche más.
Será, por todo esto, que me verás el lunes. Duerme tranquila, y sueña conmigo esta noche.



Girondelle. O.

domingo, 12 de junio de 2011

Un lugar en silencio.

Ese miedo blando, cálido y chorreante que te muerde el estómago desde atrás. El miedo al cambio.
A día de hoy me pregunto si la vejez te dará el collar para domesticar a ese animal maltrecho o si, simplemente porque seguimos siendo bestias naturales, no nos dejará nunca.

Vayámonos a aquel sitio donde todos los días son hermosos por el puro placer de serlo. Vayámonos, volemos al rincón más cálido del mundo; hacia lo más profundo de nuestro pecho. Olvidemos las heridas de aquellos que no sabían cómo escapar del pánico, y juguemos a ser seres celestiales que nunca tropezaron para caer del viento. Soñemos, soñemos que podríamos haber sido mejores, más grandes y más únicas. Más responsables de nuestra vida y menos obcecadas en las tonterías que enturbian las aguas de la vida. Imaginemos que nada de esto hubiera pasado, que el verde seguirá siendo verde porque nosotras lo necesitamos, y hagamos como que no hay nadie más importante, justo ahora. Bañémonos de luz porque eso es lo que somos, porque yo te creo y tú me ves, aunque nadie más lo haga y no nos pueda importar menos. Alcancemos a todos los que murieron por nosotras, hagámoslos estatuas y conversemos con ellas a la luz de la nada. Oigamos la música de los muertos y creámoslos libres, pues ciertamente lo son más que nosotros. Aceptemos la magia por ser quien es, con sus más y sus menos, y aprendamos a embellecer el dolor que nos hizo unirnos. Tomémonos enserio la advertencia de nuestros sueños y huyamos, huyamos como hacemos por instinto. Porque esta necesidad de escapar no nos deja pensar, y eso no puede ser bueno. Vayámonos a ese lugar que es nuestro. Te invito a caminar a mi lado, y hacerlo. Hacerlo todo.

Te invito a escaparnos del miedo.


domingo, 5 de junio de 2011

Hoy, te arrancaba la vida a besos.


"Gente ha muerto"
diría Calliope.
Y no le faltaría verdad.

Gente murió por su vida,
gente murió por su muerte,
y otra gente igual valiente
murió sanando sus heridas.

Pero tú, y yo misma
estamos aquí paradas
suspendidas en esta nada
que hace escarcha cuanto pisa.

Y mañana podríamos ser
gente muerta o quizás viva,
pero gente desapercibida
a la que nadie pudiera ver.

Yo te susurro que te siento.
Y digo de amarte, justo ahora.
Dulce, suave y a deshora;
evitando todos los lamentos.

No te pido que me quieras
sino que amemos sólo un rato.
Acabar con los reparos
de este día que nos espera.

Aunque sólo pueda prometerte
amarte bien hasta mañana.
Podríamos llegar a ser fantasmas
vagando en sueño intermitente.

Pero tú, tú confías en alguien
que aparezca por sorpresa.
Te llame a gritos mi princesa
y te cabalgue hacia Levante.

"Gente ha muerto"
diría Calliope.
Y no le faltaría verdad.
Pero tú no entiedes que la muerte
no dubita en madrugar.

Vacío



Llegará, llegará la tormenta
que anuncia el cielo.

Amaral

Hoy pienso en mis abrazos
y a veces los veo vacíos.
Los noto, a veces, tan pálidos
que cuando reclamo besos
pienso en que quizás un día
de estos, se me queden
igual de vacíos ellos.

Hoy creo que llegará
el día en el que los brazos duelan,
el día de los labios tristes
apagados e insípidos.
Y con ellos llegará el silencio,
el vacío completo de vida,
la falta única de porvenir.

Llegará el viento del norte
con su callado olor a frío
y no encontrará nada.
Llegará, llegará,
estoy segura de ello.
Pero no encontrará nada.

Y me pregunto, asustada,
pegada a las paredes de mi cuerpo;
si, el día que me llegue
temprana la dulce Parca,
me arrastrará sin esfuerzo alguno
como sin esfuerzo arroya la tarde
a los romances que no son nada.


lunes, 16 de mayo de 2011

Cristopher, la locura y el reloj de cuco.

Las campanas se abrazan al aire, se columpian en sus ejes, gritan de alegría.
Y la nieve cruje debajo de los zapatos.

En la misa dominical del pequeño pueblo medieval de Saint-Germain, Cristopher entró estruendoso por la puerta principal. Padre Auguste, ofendido por su mera presencia, se vio obligado a frenar en su recitado de homilías y evangelios para lanzarle una ojerizada mirada de mensajero católico.

-Tú no puedes estar aquí. Tus pecados aturden la paz de la casa del señor.

Cristopher apenas dudó en sus intenciones. Acabaría con aquella situación antes de que la situación acabase con él.

-Yo soy hijo de Cristo, y él me ama como a uno más de sus hermanos. Que tú no sepas aforntarlo no vale el castigo de ensuciar la honra de su muerte, pues él murió por amor. Y yo, yo muero de amor por ese hombre, de la misma forma que él me corresponde.

Señaló a Raoul, que se sentaba junto a su madre y su hermana en el penúltimo banco dispuesto para la escucha de la misa. Éste le lanzó los ojos con sorpresa, pánico y asombrada quietud. El padre Auguste, que había conocido minuciosamente al progenitor de Raoul antes de su muerte, se dirigió hacia él presa de un escándalo inmediato y fastuoso. - ¿Acaso es eso cierto?

Sin dudarlo, Raoul responde - ¡No!¡No, padre! Son blasfemias malintencionadas, apenas sí conozco a este vástago del diablo.
Cristopher, dolido. - Mientes, vellaco. ¡Si mi sufrimiento es cría de la locura, tú estás igual de loco que yo!
-¡Mientes!¡Mientes, mientes, mientes! ¿Qué tienes contra mí, que me acusas tan aireado de infringir la voluntad de Dios?
- ¡Ya está bien! Se alzó la voz del Padre por encima del acalorado dueto de improperios. - Ambos seréis llevados a prisión de forma preventiva, uno por pecado confeso y el otro por sospecha. Luego decidiremos qué será de vosotros. -

La madre de Raoul rompió a llorar desconsoladamente, mientras unos guardias llamados con antelación cargaron contra los dos muchachos, arrastrándolos hasta la calle.

Ya en prisión, Cristopher intenta hablar con Raoul. Tras llamarlo varias veces apelando a su nombre y a su mismísimo apellido, Raoul le rehuye con furia. - ¡Olvídame, hombre ruín! No entiendo cómo habré ofendidoa tu estúpido orgullo para que me hagas esto. Mi vida está arruinada.
- Óyeme bien Raoul. - Y Cristopher le agarra de la barbilla, acercando su cabeza a la suya. Habla con voz tomada - Te he inculpado y tu rostro amanecerá preso de la sombra de la sospecha ajena por siempre, pero no puedes negarme que esté falto de razón. Ahora que estamos aquí, sólo puedes elegir entre el vivir o el morir, aunque al final la elección no estará en tus manos. Ámame, ámame y adelantémonos para esperar en el cielo a la muerte, juntos y puros en nuestro amor; o aléjate de mí, miénteme y niega que me amas, para pasar tú en tu esquina y yo en la mía los últimos momentos de nuestra existencia. Ámame, ámame ahora y busquemos juntos la eternidad, o aléjate y encuentra otra manera de clamar solo y sucio por tu propio perdón.

Raoul clavó sus ojos en los de Cristopher. Posiblemente era la primera vez que alcanzaba a verlo con claridad, sin furtividades ni vergüenzas, mentiras o rubores. Aquellas palabras que había proferido no justificaban el hecho de que le hubiera buscado la total desgracia, pero de igual modo sabía que jamás nadie volvería a hablarle con tanta franqueza. Sabía que jamás volvería a creer algo así de nadie. Y aceptó el hecho de que a fin de cuentas, el cielo era de los que aman sin escapatoria; y que si Dios era todo amor, entendería lo que se removía detrás mismo de sus entrañas. Y que si no, entonces quizás ese Dios no era tan misericordioso como él creía. Se perdió, final y ciegamente, en el beso de Cristopher.

Sobra decir que a ambos les sorprendió la pronta Parca. Ella misma se reconocía adelantada en el enorme reloj de cuco donde cuenta sus horas la muerte. Pero cuando llegó, los encontró amándo. Y hasta ella misma pensó que, sin duda, su amor los acabaría arrastrando al cielo.



-Elegí un mal pueblo para enamorarme
-Elegiste un mal tiempo para enamorame.

sábado, 14 de mayo de 2011

El juicio de los necios.


Y que nos sorprenda la tarde
con un sol medio agachado.
Que no me busquen los vivos
que no han visto demasiado.
Y que los muertos, que no hablan
me juzguen en silencio.
No seré yo quien someta
mis actos
al saber de nuevos necios
que sin haber medio vivido
me critican con agrado.
Ya rendiré yo cuentas
a mi pecho enamorado.
A mi abuelo, o a mi tierra,
o a los palos de mi arado.

Pero que sean los muertos
que no hablan
los que juzguen en silencio.
Pues no reirá mis actos
concebidos
el juicio de los necios.

viernes, 6 de mayo de 2011

Si cada mañana me dijeran que no sobreviviría para ver el sol del día siguiente.

Hablando suavemente, le acaricia el pelo.

-No puedes despedirte. No pasará nada. Todo saldrá bien. Tiene que salir bien.
Digamos que el estar justo en mitad de una calzada, rodeados de emocionados transeúntes y un conductor perplejo emitiendo sonidos incesantes e indistinguibles; sólo hace mella en uno de ellos. Ella, aunque siente el irremediable peso de la oscuridad comprimir sus pulmones, apenas sembla nerviosa. Él, perturbado por el accidentado choque que acaba de tumbar a su amiga sobre una carretera caliente y pegajosa, busca una solución que no aparece por ningún sitio.

-Eh, eh, cálmate. Eso le dice ella, intentando abarcar con su mano derecha toda la mejilla de su compañero. Siempre nos olvidamos de tocar lo suficiente a los que nos importan. Es otra forma de decir te quiero aquí.
-¿Cómo voy a calmarme? ¡Estás sangrando, por el amor de Dios! Como si fuera suficiente, intenta contener toda la sangre que alcanza a ver con sus propias manos.
-Para, para, escúchame. Siempre he tenido un corazón débil, ¿recuerdas? Su voz tiembla porque se le humedecen los ojos. Recordar que todo tiempo pasado fue mejor siempre le daba ganas de llorar. Y pulmones demasiado grandes, huesos pesados, coordinación indecente, un equilibrio indeciso, unas manos muy anchas y una enciclopedia entera de fobias. Pero nunca fue suficiente para tumbarme. Siempre te dije que podría cargar con cualquiera, que era lo único que me quedaba. Por muy mal que se pusieran las cosas, yo sería la que pudiera llevaros en peso en cuanto cayérais. Jamás os dejaría en el suelo. Pero ahora, ahora necesito que seas tú quien no me deje caer. Una vez más.

Él, con sus enormes ojos azules dilatados, trataba de no soltarle la mano. De repente, una convulsión hace que ella tense su cuerpo entero, profiriendo un terrible grito de pánico y dolor trenzados. Él se asusta aún más. Los párpados de ella se conjugan en apretada unión para intentar encontrar una solución más emocional que física a sus crecientes dolores. Aunque nadie lo escuche, realmente se oye a lo lejos el sonido de la sirena de una ambulancia que sobrepasa su límite de velocidad usual para llegar a tiempo a nuestra estrambótica escena.

Volviendo a abrir los ojos, aprieta su mano de nuevo. Si cada mañana me dijeran que no sobreviviría para ver el sol del día siguiente, me despediría de ti cada crepúsculo para que jamás te sintieras solo al no verme abrir los ojos. Me despediría porque sabes que aunque las odie, las despedidas son momentos increíbles. Y yo te daría las buenas noches al caer la tarde, recordándote que siempre encontraré el sol de mediodía en tu mirada, aunque la mía se nuble para siempre. Habré de quererte como ya lo hice, pero más fuerte, porque los humanos somos estúpidos y nos atrevemos a hacer las cosas cuando el final se acerca. Si cada mañana me dijeran que no sobreviviría para ver el sol del día siguiente, soñaría cada noche con el del día anterior. No te olvides nunca de que llevamos dentro cada lugar que hemos amado. Sólo para nosotros. Allí no hay miedo, no hay guerra, no hay extraños ni rencor. Si me voy hoy, te esperaré allí, soñando con el sol de esta mañana. Pero tú no me olvides. Si hubiera sabido que todo acabaría así, hubiera dedicado un poco más de tiempo a atreverme a amar y un poco menos a buscar excusas de futuro. Pero tú no me olvides, y sonríe mucho. Sonríe siempre demasiado. Toma aire un poco más fuerte. Y sonríe, pícara hasta en los momentos menos propicios. En realidad lo único que pasa es que me encantan las despedidas, y soy una zorra por no admitirlo.





Vientos del norte hacen que el vello de su espalda baile en una ola erizada. Llevaba mucho tiempo sospechando que lo que nace en noviembre debe morir en noviembre.
Ahogado en su propio silencio, susurra al viento - pues ella vivía en él - la declaración más hermosa y certera de todas las que conoció la tierra. Desde el epicentro de sus entrañas, directo a los labios. Te echo de menos.



martes, 26 de abril de 2011

El espejo de la sala de las tormentas.


Una habitación con un espejo. Sólo un espejo. Como en aquella novela, cuando Harry entra y ve a sus padres muertos en un espejo que parecía esperarle sólo a él. Que lo hacía, de hecho.

Sola y perdida en aquella habitación espantosamente vacía, Catherine no sabía cómo había dejado que sus pasos la llevaran hasta allí. No recordaba ninguno de sus caminos de vuelta.
Cabe decir que jamás había tenido una verdadera relación de respeto mutuo para con los espejos. Le dolían a veces, y otras le acariciaban. Si bien normalmente sólo soportaba aquellos que no dejaban el reflejo de su cuerpo ir más allá de la mitad de su pecho. Los espejos grandes le ponían nerviosa, y si se veía reflejada en algún sitio durante una conversación, difícilmente conseguía relajarse de cara a su interlocutor.

Pero un espejo en una sala vacía es otra cosa. No es casualidad, no puede ser que al azar prepare algo tan siniestro. Un espejo que tiene como fin no reflejar nada no es sino desgraciado hasta la médula cristalina, hasta el marco tallado; pues espejo que no refleja nada no deja nada a la vista y nada protege del cambio. Un espejo en una sala vacía sólo busca reflejar alguna cosa, y de ahí parte el hecho de que si entrara alguien en la habitación, el espejo lo refleje con el amor más inmenso que haya podido vislumbrarse nunca con la cara lavada. Porque espejo que convive con la soledad de sí mismo ama cualquier cosa que haya ido a reflejarse en él, pues no habrá sido involuntario el encuentro. Por eso Catherine tenía miedo de ese espejo, de ese espejo sólo en una sala vacía, porque si el espejo resultaba amarla ella querría quedarse allí, y no podría. Sabe Atenea que no podría.

Sabía que si la sala olía a tormenta era porque habían sembrado allí sus amarguras muchas viejas lágrimas. Y si así era, o bien el espejo las había visto y consolado, o bien el espejo las habría provocado de alguna forma. Demasiadas personas tienen miedo de verse de verdad a sí mismas.

Porque espejo que ama a todos por igual es espejo traicionero. Porque espejo que calla y no habla, es espejo desganado. Porque un espejo que amamanta tantos miedos no puede ser buen compañero, ni buen amigo, ni buen consejero.

Y Catherine salió, sin saber cómo volver a casa. Pero salió de aquella sala de lluvia.
Sabía que si se quedaba dos minutos más, se quedaría con el espejo. Porque aquella sala vacía llevaba sin remedio a perderse en el espejo, y son muchos - demasiados - los que convivían con el terror de descubrir lo que llevan escondido dentro.

martes, 12 de abril de 2011

Más linda que ninguna


Cristina piensa con el gesto descolgado;
y sabes que no te oye
porque su cara no te escucha.
Pero repara en que la miran
e impúdica y sonriente
va y la cara desabrupta.
Es entonces cuando
tierna y clara
encoge su nariz de escultura
y sin tener mayor problema
es más linda que ninguna.


lunes, 28 de marzo de 2011

Los siete días de Mádame Duras.

Mádame Duras era una de esas profesoras extremadamente complejas. De una elegancia recalcitrante y unos modales acordes a su difuso pero encomiable linaje, la mujer era una jeroglífico a ojos de cualquier alumno que se preciara por su rapidez de psicoanálisis del licenciado que se colocase delante suya a intentar enseñarle algo.

Profesora de Francés, más francesa que otra cosa, la mujer se erguía con orgullo sobre su buen gusto y mejor habilidad social. Realmente, nadie conoció nunca una mala discusión - en el caso de que las discusiones puedan ser malas o buenas - con aquella mujer de edad avanzada pero de fuerza física más que aceptable. De hecho, y esto era algo que a Marco le daba reparo admitir delante de sus compañeros, ocurría algo muy curioso con la piel de su cara. Las arrugas que bordeaban sus ojos y las que adornaban sus labios debían tener tipos diferentes de conexión emocional con la portadora, pues Marco había percibido que, si bien el tono de la voz de Mádame Duras siempre era del exactamente afable que la educación exigía; su rostro denotaba dos sensaciones bien distintas: mientras la boca de su profesora sonreía alegremente, sus ojos increpaban con una mezcla terrible de crueldad y soberbia que sacaba de quicio a nuestro chico.

Pero desde luego, más allá de las muchas críticas a sus desacuerdos faciales internos y su mejor o peor método inductivo de enseñanza; Nadége Duras fue el primer ejemplo vivo que Marco Alejandro tuvo para el análisis de los estragosos efectos del tiempo en los humanos que él mismo mantendría activo durante toda su vida.

Una mañana cualquiera, estando él sentado en su pupitre, un compañero corrió a hacer correr el rumor de que Mádame Duras estaba enferma y no había acudido a su puesto de trabajo. Por supuesto, y bastaba con la imaginación de Marco para adivinarlo, la muy correcta profesora habría llamado para comunicar su ausencia con la voz ronca natural de un enfermo cualquiera de bronquitis. Y hasta ahí, no tuvo este hecho mayor relevancia en la vida de Marco, que aprovechó convenientemente la hora libre de profesor para repasar Trigonometría.

Una semana después, Mádame Duras volvió a clase. Marco creyó verla por el pasillo, de espaldas, en algún momento de la mañana. Pero el dulce chiquillo no podría haber imaginado el suceso que estaba al poco de acaecer. Cuando la señorita entró en la clase, todos guardaron silencio. Algo totalmente natural, siendo la presencia de la señorita Duras una de las más respetadas en aquel centro. Pero tuvo que ser la voz de la profesora, más ronca y ajada, la que hizo que Marco levantara la cabeza de sus libros y la observase con atención.

De repente, Mádame Duras había envejecido. De esa manera tan extraña que tiene la vida de avisarte de que está llegando tu hora. Era como si toda la piel de la eternamente activa mujer que tenía delante hubiera decidido por vencerse a la gravedad. Sus ojos, algo más rojos; sus manos, algo más blancas; sus labios, algo más agrietados. Era como si el martillo del tiempo hubiera azotado con toda su furia a la mujer que había sido, lanzándola a la vejez en línea recta y en trayecto directo.

Marco quiso pensar que una enfermedad no puede causar algo así, tan repentinamente. Pero llegó a la conclusión de que, efectivamente y como sospechaba, el tiempo no te trata igual con seis años que con sesenta. Definitivamente, una semana en la segunda situación afianza mucho más sus huellas en la persona que la sufra. De hecho, eso era todo lo que podía ocurrírsele.

Mádame Duras era pergamino viejo, y al calor de la enfermedad y el frío del invierno, había comenzado su inexorable camino a la desaparición total y absoluta. Otros vendrían después, pero Marco recuerda a aquella señora con especial cariño. Fue la primera vez que realmente fue a darse cuenta de que el tiempo es la mayor amenaza del hombre sobre la tierra.

sábado, 19 de marzo de 2011

Para ti los príncipes, para mi los besos.

Recuerdo Uno hablaba con Recuerdo Dos. Cada vez que llegaban a un acuerdo, un inocente cascabel ubicado en cualquier parte hacía cosquillas al silencio impúdico de la habitación. No sería disparatado decir que el cascabel se empolvaba de no sonar.

Por alguna razón, la ruptura en el contrato de sus mutuos intereses había provocado aquella discusión entre dos recuerdos que se amaban con locura. Pero la abogacía no es trabajo para sensibleros y ahora cada uno debía barrer hacía dentro todo lo que pudiera. Por lealtad a sus respectivas partenaires.

Yo propongo algo así, dijo Recuerdo Dos. Para vosotros los paseos marítimos, los anfiteatros, la salsa y los balcones cerrados. Los cafés, las paradas de autobús y la fobia a los gatos. Para nosotros los pasillos, las aulas, los amigos en común, las casas preferidas, las cafeterías y el sol. El camino hasta casa, la hierba y las palabras bonitas. Todas y cada una.

Recuerdo Uno no podía dar crédito a lo último que había escuchado. Ni pensarlo, dijo. Nosotros queremos la custodia de las palabras bonitas. Y vamos a pelear duro por ellas. Te advierto que haremos llegar la sangre al río. Recuerdo Dos se retractó, conteniendo las ganas de llorar. El pobre era demasiado pequeño e inseguro para aquella batalla. De acuerdo, de acuerdo. Podréis tener las palabras bonitas la mitad de vuestra vida. Pero nosotros, además de nuestra mitad de vida, queremos todos los besos que no dimos para el resto de nuestros sueños. Recuerdo Uno apenas se opuso a aquella petición. Afirmó con mirada seria y volvió a recuperar la compostura.

Recuerdo Dos suspiró. Miró de nuevo el trozo de papel arrugado donde Serenidad le había garabateado las cosas que podía y no podía dejar que Recuerdo Uno se llevase. Reanudó la lectura. Nosotros queremos nuestros sueños, los viajes y los proyectos de futuro. Las promesas podéis quedároslas, además de las fotos y las lágrimas. No queremos vuestras lágrimas, espetó Recuerdo Uno. Entonces serán nuestras para siempre. Y con la mano en incesante tembliquete, Recuerdo Dos lo apuntó en la lista. Y siguió. Para vosotros María Villalón, para nosotros Eva Amaral. Para vosotros la lluvia y para nosotros las flores. Para vosotros los números y para nosotros las letras. Para vosotros los bailes, Nena Daconte y la pereza. Para nosotros el rock, Amy MacDonald y la risa. Para vosotros Londres, la mitad de París, Roma y Madrid; para nosotros Grecia, Nueva York, Bacelona, la otra mitad de París y Sevilla.

Paró y tomó aire. No quedaba mucho más. De hecho, arrugó la nota de Serenidad y la metió de nuevo en su bolsillo. Mirando a Recuerdo Uno, tomó valor para hablar. Estaba apunto de decir algo que no estaba en los planes de nadie. Sólo hay una cosa más, dijo. Qué, preguntó serio Recuerdo Uno. Podéis coger vuestras manos, vuestro brillo y nuestra fuerza. Pero dejadnos sólo una cosa.

Recuerdo Uno se levantó, alisó los pliegues de su americana y esperó la última petición.
¿Qué será esa cosa?
Vuestro olor. Queremos vuestro olor para el resto de la vida.


La ternura asomó a los ojos de Recuerdo Uno.
Puso su mano sobre la mejilla de Recuerdo Dos.
Hecho. Trato hecho.


martes, 15 de marzo de 2011

Bola clara de demolición

Que a veces se me olvida que ya no puedo llorar por ti.
Recuerda recordarme que ya no debo, por favor.
Que se me olvida. Por favor.

Descortés por tu parte aparecer así. Qué me digo, tú ni siquiera apareces.
Colgada en tu burbuja rosa, tú no haces nada. Nunca haces nada.
Pero estás, y es culpa mía.
Y toda la culpa es tuya. Y subes, bajas, y a veces escuchas.
Estoy segura de que escuchas.
Pero callas, y sabes que a veces no sé qué es peor.
Callas. Callas. ¿Te oyes? Callada.
Todas las canciones me hacen daño. Todas, y lo sabes.
O quizás no lo sabes. O lo escuchas, pero te callas.
Maldición, arañas. Te arañaba entera. Pero con amor, ya sabes.
Como haces tú las cosas, con mucho amor.

Si son de amor mis miedos, si son de amor mis aguas, entonces ven y bésame a mí también. Cogí mi número y creo que ya obtuve mis méritos. Tengo mi cartilla de reclutamiento en la cola de tus almuerzos y estoy dispuesta a dar la vida por mi patria. La mía, la única que llora ahora, por ti, porque siempre llora si estás aquí.
A la única a la que debo una respuesta coherente. El rey de mis ideales se desmorona y yo aquí, dando explicaciones. Ni las excusas, ni los ruegos te sirven, Ven y cómeme, que eres el lobo de este juego. Y yo para ti no soy sino un árbol más de la arboleda.

Un árbol con amor, ya sabes. Como tú haces las cosas, con mucho amor.
Ven y rásgame las hojas, por Atenea. Estoy harta de que vayas de Caperucita.
Estoy harta de sentirme inválida, casa de paja, trenza de Rapunzel, semiestática.
La postura de Blancanieves nunca convenció a nadie. Eres azúcar encharcada, querida.
Y la causa de mi bipolaridad.




¿Te oyes?
Callada, maldición.
Eres una bola de demolición.

martes, 8 de marzo de 2011

Brotes / No me des besos

Brotes


Hijos de asfalto, que todo lo creéis gris,
mirad dónde queráis.

Esperad, y un brote vencerá al hormigón.
La selva eterna es sólo cuestión de tiempo.






No me des besos

No me des besos, porque no los quiero.
No los quiero, que están vacíos.
No porque tú no los llenes
de cariño y de palabras bonitas;
sino porque poco puede haber
de pasión en un beso
que nace del labio y aterriza en el hombre
con el único contacto
de la palma de una mano
y dos mejilla encaradas.


Blogosito

Una vez más, es mi queridísima compañera Elendilae la que me alegra el día con otro de sus pequeños (aunque inmensamente tiernos) premios blogeros. Esta vez se trata de este:


Gracias, gracias y mil gracias por tu cariño. Y a los que estéis leyendo esto, por el ímpetu y el apoyo. Una nunca sabe cuándo terminaréis de convertiros en algo imprescindible. En fin, aquí van las reglas:

Las reglas son sencillas:


1. Exponer la imagen del premio.
2. Decir 8 cosas sobre ti
3. Pasarlo a ocho blogs que hayas descubierto y te gusten.


Ocho cosas sobre mi:


1. Si me pongo a contar, sufro de unas cuantas y pintorescas fobias y algunas tantas manías. Empezando por mi agorafobia y terminando por mi incipiente pirómanía.
2. Hoy casi tengo un orgasmo en mitad de mi clase de Literatura gracias a unos violines que, intempestivamente, comenzaron a envolver la habitación desde el aula de al lado.
3. Gracias a una gran mujer me estoy leyendo un simpático libro titulado "Les petits secrets d'Emma" Sí, en francés. Sí, me lío con algunos terminos generales, pero sé perfectamente cómo decir tanga.
4. Ultimamente, me encantaría poder irme a pasear junto a Jane Austen y evadirme de todo. O en su defecto, instalarme en uno de sus libros (a ser preferible, Sentido y Sensibilidad)
5. Me gustaría ser invisible para poder observar y memorizar los gestos inconscientes de la gente que quiero durante horas sin molestar a nadie.
6. Pienso que el hacer feliz a la gente de tu alrededor es un bonito objetivo vital. Claro está, predico con el ejemplo.
7. Pienso sinceramente que a saga de videojuegos del Profesor Layton es lo mejor que ha visto la humanidad para pequeña consola desde el New Super Mario Bros.
8. Creo que la amistad debe ser fluída, agradable y ante todo, un campo de risas floridas. Si no es así el 70% del tiempo, entonces es casi una carga. Y cuando algo no nos ayuda a avanzar, mejor dejarlo a un lado.


Ocho blogs:

A Alice de mi corazón, y a la libélula de mis sueños.
A mi Sarita, una esperanza de futuro para esta humanidad nuestra.
A esas cuatro letras danzarinas.
A mi compañero y mentor, mi Sombragris.
A un habitante de Potedaia que nunca dejará de sorprenderme.
Y al que lo quiera, porque así deberíamos todos saber cuándo algo está hecho para nosotros.


Besitos a todos.

sábado, 5 de marzo de 2011

Buenas pasadas.


Deberías haberme avisado.

Pero nadie lo hizo. Y si hubiera sabido que iba a verte, quizás no me hubiera levantado con el pecho encogido.

No sé en qué contexto, en qué circunstancia mágica y sobrenatural se desarrolló todo. Mis sueños siempre son así, desordenados. Puede que sea mejor de esa manera, cuando uno revuelve el cajón de los juguetes encuentra los mejores tesoros. Los olvidados.
En algún momento de esta noche, te vi. Preciosa, preciosa mía. Te vi con mis ojos de sueño, con mi cuerpo de sueño, con mi corazón de sueño. E incluso en sueños sabía yo que no podías ser real. Y te toqué con mis manos de sueño la frente limpia y los labios, que más allá del velo de mis alucinaciones se materializaron.

Te lo dije. ¿Lo sentiste? Te lo dije. Sólo quería comprobar que eras real. Y me miraste como si fuera de Júpiter. Como asumiendo que la que podía no ser real era yo, porque tú estabas bien segura de respirar, de estar compuesta por los millones de partículas físicas acostumbradamente humanas.

He olvidado todo lo que pasó después, y por supuesto, todo lo que había pasado antes. Recuerdo que te toqué la frente y quise que fueras real. Y que debías haberme avisado de que vendrías.

Ya sabes, porque hay días que mi imaginación me juega buenas pasadas.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Mujer alfabeto


A Ana Román, una vez más.

En tu sofá, el de Buenos Aires,
me di con la clave de tu esencia.

Tenías cien años cuando te encontré
y te quedarán cien más cuando te pierda.
Aunque digo mal:
yo no te perderé.
Seguirás tu vuelo libre,
queriendo mientras yo quiera
mirando mientras yo mire.

Y es que no conozco torre más alta,
persona que mejor haya invertido la vida.
Mujer más digna de elogio y caricia,
o mujer más digna, sin más.

Mujer abeto, mujer alfabeto;
sauce flexible de voz y rodilla.
Dama ancestral de tiempo incierto,
flor de loto en muerta orilla.

Eres canción de risa líquida,
un perfil de niñez bien prolongada.
Ten mi esperanza tersa, mujer cizalla;
por ti, queda tiempo, queda luz, y quedan ganas.

Tu legado que se extiende
tu brillo que no calla.
Toda la vida siendo el hoy
de tu propio mañana.

lunes, 28 de febrero de 2011

Un sofá en mitad de Buenos Aires

Late mi inspiración al borde del orgasmo silábico.
Mis dioses saben que esto no puede ser bueno.

Y estaba pensando, perdida en un sofá en mitad de Buenos Aires, que quizá todos nos estemos equivocando. La belleza, y esto es secreto de sumario, sólo deja en el arte una sombra hueca de sí misma. Y es que si te paras a pensar, hasta miedo da darse cuenta de que si un poema, una película o un cuadro te corta la respiración, hay un percentil altísimo de posibilidades de que aquello de lo que se está hablando te matase en el acto apenas verlo. Como esa enfermedad que dicen que coges en Florencia de ver tanta belleza junta.

Imagínate. Yo, perdida en un sofá de Buenos Aires. En el balcón, una mujer enorme. Luz. Inmensa. Alfabeto. Sí, alfabeto. Porque todas las palabras se le quedan cortas, así que mejor ponerlas todas. Entonces, volvamos. Yo, tan yo que a veces me doy asco, tan vulnerable como carrete de cámara antigua. Tan...cordero. Y aquella mujer alfabeto en el balcón, fumando como una diva de película en blanco y negro, sin que ella lo supiera. Recortando la gracia divina su figura en mitad del salón.

Si yo fuera una artista de las de verdad, de esas que hacen un boceto en veinte segundos, de esas que pueden darle forma a un lienzo - una forma de verdad - o de sacar calor a un trozo de mármol, entonces no habría podido descansar antes de acabar una réplica justa de lo jodidamente armonioso de esa escena que estaba observando.

Pero no. Yo sólo podía pensar en otra cosa. Porque la falta de oxígeno no es buena para el cerebro - y a mí se me había perdido la respiración.

Piénsalo. Quizás, si hubiera podido hacer algo más que esto, algo de lo que me hubiera propuesto en otra circunstancia, ahora estarías muertos de belleza.
Si el arte es el reflejo vago de la inspiración, ahora estaríais muertos de belleza.


¿Por qué hablarían ellas?

El mar habla.
Las gaviotas responden.
De no ser así, piénsalo.
¿Por qué hablarían ellas?

Si con sus globos desorbitados
se increparían el alimento
con la efectividad suficiente.
Si no hablaran al sol
que las deslumbra a la mañana,
¿por qué hablarían ellas?
Que con patadas sordas
espantan al inmigrante
y acunan al oriundo.

Si no me hablaran a mí,
que las busco añorante,
¿por qué hablarían ellas?
Si por estar aquí, presentes
ya son petit comité
de mis bienvenidas.

Y como al marinero perdido
la tierra auguran,
a mi yo terrestre
el mar le cantan.

Como una nana de niñez.
Como sirenas emplumadas.

lunes, 21 de febrero de 2011

El día que las trincheras cantaron.


Era 15 de Noviembre y hacía un frío que astillaba los párpados. Al borde del congelado río Somme, las trincheras alemana e inglesa parecían estar abandonadas. Pero dentro, cubiertos con mantas viejas y camuflajes raídos, todos los soldados esperaban pacientemente a la muerte.

Warren se despertó. No había dormido ni dos horas, pero su cuerpo había optado por abandonarse - mejor de lo que podía hacer su consciencia- y tenía las extremidades rígidas. Tardó algunos segundos en poder apearse del banco de madera donde había transcurrido su cabezadita. Thomas lo miraba, acuclillado a su derecha, intentando encenderse un cigarillo al resguardo del viento.

-Buenos días, preciosa. - El tono jocoso era inevitable - ¿Has dormido bien?
-Como si hubiera dormido con la cara metida en tu culo. - Y le tiró una piedra de la grava que pisaba. - No ha pasado nada interesante, por lo que veo. Ni siquiera me habéis dado matarile durmiendo como os pedí.- Thomas endureció el rostro. - Quedamos pocos, lo único que no nos hace falta es una baja más. Así que si quieres morir, lo haces con los huevos en su sitio y la escopeta en la mano, y mientras te llevas a un par de alemanes contigo al otro barrio.

De repente, el sonido de una avioneta resonó por cada rincón de aquella estepa. Alarmados, todos los soldados se pusieron en posición de ataque, pegados a la pared de la trinchera y avistando con ansia al metálico pájaro. Se acercó más y más, hasta que dejó caer un enorme obús a unos 30 metros de aquel agujero en el que estaban todos apiñados. El armatoste estalló, pero el único que lo sufrió enteramente fue un viejo abedul pelado de invierno que saltó por los aires cuando la bomba tocó el suelo. Después, la avioneta sobrevoló la trinchera, dio media vuelta por encima de sus cabezas y retomó el camino de vuelta hacia el lugar de donde habría salido, más allá de la linea alemana.

Warren suspiró. A su lado, Thomas había tenido que tirar el cigarrillo, y ahora intentaba rescatar lo que quedaba de él. Nuestro soldado cayó como un peso muerto encima del banco que le había servido de camilla interpestiva, y con hondo hastío miró hacia el cielo. No hacía sol. Nunca hacía sol en el frente. Y si lo hacía, ni siquiera lo notaban. Puso los ojos en blanco.

-Dime Thom, ¿dónde crees que estará Louis ahora mismo?
-En cualquier sitio mejor que éste.
-Y a veces no te preguntas... - Calló, avergonzado por su propia ocurrencia.
-¿Que si creo qué, novato? - Thomas se levantó y le miró a los ojos.
-Si crees que el que muere aquí, se pasa la eternidad luchando en el cielo.
- No digas tonterías chaval. - Thomas se rió. - El capullo de Louis no aguantaría algo así. Se hubiera escapado ya a alguna isla del Pacífico llena de mujeres y cerveza.
- Ya, supongo... - Warren bajó la cabeza. Y al instante, rompió el silencio un trueno. Como si de dos preciosas flores se tratase, sus oídos se abrieron ante un sonido que siempre era buen presagio. Las pequeñas gotas de lluvia caían estrepitosamente del cielo, sembrando el pasto que las recibía con sombreadas manchas de humedad nueva. Warren se levantó, como tantos otros de sus compañeros, se quitó el casco y abrió la boca. La lluvia apretaba. Poco a poco, hasta Thomas se desarmó para dejar que el agua corriese por su torso.

En mitad de la lluvia, alguien reía. Otro soldado comenzó a cantar. Cantaba el himno nacional, grave y vigoroso. Viendo el arranque folklórico, algunos otros comenzaron a corearle. Sonreían, mojados, fríos y felices; y recordaban los colores de la bandera que habían ido a defender. Cantaban, cien, doscientos, trescientos hombres cantaban a voz en grito la seña de su nacionalidad. Y sonreían porque el agua siempre significó la vida.

Sonreían porque los dioses - no uno ni otro, todos. El de cada uno. - les mandaban fuerzas. Y les prometían, regándoles con el agua de sus divinas manos, un mar Pacífico en el cielo. Un sol de mediodía invariable y la paz que no existía entre aquellas metralletas.

Algunos soldados lloraron.
Otros, en el frente alemán, recuerdan ese día como aquel en que las trincheras cantaron.