lunes, 24 de enero de 2011

Diré a Helena que me perdone la vida un día más.


Apostillada contra la puerta de la celda, siendo el centro de un torbellino de sábanas sucias que le malabrigaban el dolorido cuerpo, poco le quedaba más que el curso de su propio pensamiento.

Contribuía al sonido de los martillos en el patio con una base rítmica a base de pequeños cabezazos contra la inmensa puerta de madera que le arañaba la espalda al menor movimiento. Quizás sus cervicales buscaban de forma inconsciente una salida más rápida a toda aquella situación, una forma directa aunque lenta de acabar con su ida por desgaste neuronal, y no cardíaco. Aunque para hablar de daños estaba su corazón, pero eso no importaba en aquella situación.

Se preguntaba qué hubiera pasado si Paris no hubiera raptado a Helena. Si aquel chiquillo, inocente en demasiados aspectos, no hubiera optado por jugar sucio y haber sucumbido al beneplácito de Afrodita, que le entregó el amor de una mujer con un destino ya sellado a las barbas de otro hombre. Quizás aún Troya sería la inmensa leyenda hecha piedra que antaño fue, y no el fantasma de cenizas en el que se había convertido. Quizás si Paris hubiera usado el sentido común, y no la calenturienta hormona del adolescente recién descubierto, su hermano aún seguiría con vida. Su padre aún seguiría con vida. Su madre aún seguiría con vida.

Pero ¿qué derecho tenía a reprocharle al pobre chico el haber amado? El haber amado, quizás demasiado.
Ningún derecho. En realidad, no era tanta la diferencia entre ella y él, pues el pecado cometido se equiparaba en peso: ambos habían querido demasiado. Claro que comparar las consecuencias sólo podía producir risa. Ella sólo era responsable de sí misma, y así se destruyó. Él llevó a la perdición a toda una ciudad, con sus niños, sus cabras y sus polluelos.

Los martilleos seguían, pero ahora retumbaban más los pasos de los guardias acercándose peligrosamente por el pasadizo de las mazmorras. Ella no oía más que el cantar de un fin demasiado próximo para ser eludido por más tiempo. Tanto le daba esa cercanía, el olor a podrido de su fin físico, cuando hacía mucho tiempo que yacía muerta en su interior. No hay más vida que la que se cree viva del todo. Y ella ya llevaba demasiado tiempo muerta.

Deseando perder el sentido, sintió su cuerpo arrastrar por la arena del patio. Las fraguas de las que procedía el cántico ferroso quedaban atrás, en los porches de la fortaleza, y a ella la llevaban hacia una inmensa cruz de nogal. La tumbaron sobre el punto en el que las dos inmensas aspas se daban encuentro y apenas sintió el paso del enorme clavo a través de la carne que había conformado sus manos. Y sus tobillos. Alguien debía haberle oído, pues su consciencia le estaba regalando unos últimos minutos en soberana paz.

¿Qué hubiera pasado si Paris hubiera dicho que no? Gracias, pero no. No quiero que Helena se enamore de mí si no está así predestinado.

Hubiera sido mucho menos dañino. Y más honorable quizás.
Aunque claro, queda algo que no hubiera sido. No hubiera sido lógico.




Diré a Helena que me perdone la vida un día más.

domingo, 23 de enero de 2011

Quién fuera oveja


A las ovejas de Ubrique

Quién fuera oveja
para preocuparse sólo de ser oveja.
Y retozar en la hierba
y descansar bajo un olivo
a la sombra de Atenea.

Quién fuera oveja
para tener una hermana oveja
y padres oveja
y tíos oveja
que me ayudasen con los problemas
que una oveja puede tener.

Cuando se me enrede la lana
o cuando no llegue a tiempo
a la hoja más jugosa del pasto.
O me hunda en el barro
y me manche.

Quién fuera oveja
para no sentirse obligada
a ser caballo, toro o cabra.
A remendar lo estropeado
o el sufrir de otras ovejas.
Sólo ser oveja
y creer que no hay sitio para ovejas
mas allá de la cerca de mi parcela.


Quién fuera oveja
para que se me enredase la lana
para que me cundiese la hierba.
Para tener esos problemas
que sólo puede tener una oveja.
Y creer que nada, ni nadie
me necesitará más allá
de la cerca de mi parcela.

martes, 18 de enero de 2011

Don't.

No nos equivoquemos.
Las personas más amables a menudo son las que menos dispuestas están a dejarse amar.


Un lapso descuidado de complicidad en mitad de la más hostil muchedumbre. Esa que odia en voz baja y miente a bote pronto. El rostro familiar, querido, reviviendo en tres movimientos faccionales una historia que jamás dejó de acabar y jamás terminó de empezarse. Como se cuelgan los relojes en los árboles, así colgamos entre los dos una historia indemne, inútil de puro inocente, salvaguardada al paso destructor del tiempo entre los ramajes de lo cotidiano. Y besé una mejilla de olor a hogar, bajo unos ojos de color de hogar. Y compartí con ellos la vista endulzada de una forma fértil con ritmos de hogar.

Nadie sabe que se nos olvidó el lugar, el momento y la distancia. Nosotros sólo admirábamos en mutuo y acordado silencio. Un silencio que nunca hizo falta trinchar de palabras.

Medio segundo más y aterrizamos de nuevo. La crueldad no es sólo placer de humanos, y el tiempo, por mucho que pese, a veces también se divierte jugando a echar de menos. Escupidos de nuevo, pisamos tierra. Volvimos. Volvimos.





Y al torno de tu aliento próximo
se yerguen los vellos de mi nuca.
Como margaritas nuevas recién almidonadas.

lunes, 10 de enero de 2011

Los jardines de los dioses


En el rincón más alejado del universo, cubierto de nubes y sombras, luz y paz, se abre paso el mejor jardín que uno haya podido imaginarse. Desde las más enormes y pretenciosas a las pequeñas flores que surtían en tropel de cada pedazo de tierra libre que encontraban; árboles milenarios y fuentes, bancos de piedra, hojas y mas hojas. Pero esos eran los únicos seres vivos que podían habitar en aquellas tierras, pues era su paz eterna la única que no molestaba el zumbido constante del pensar divino.

Ningún insecto perturbaba la reflexión con su zumbido, ningún animal terrestre manchaba de indignos excrementos los preciosos bultos y esculturas extraídos de las brillantes marmolerías terrestres, ningún humano amenazaba aquel equilibrio perfecto, como solían malfacer los humanos.

Todo ser teológico, digno de culto y admiración por los hijos de las divinidades, cultivaba allí su propio espacio, distinto y a la vez, igual al de todos los demás. Desde aeropuertos para los ángeles hasta establos de criaturas medievales, lagos de sirénidos y náyades, estanques de krakens, armerías de objetos sagrados y hasta pajarerías elementales. E incluso los portales a todos los inframundos, devidamente gestionados para el paso único de su deidad correspodniente. Pero por supuesto, todo esto se hallaba a la entrada del jardin, porque más allá de sus puertas sólo podían deambular las divinidades verdaderas.

En uno de los jardines más escondidos, había abierto Zeus una ventana entre las hiedras, procurando que éstas no crecieran más allí donde se divisaba la rectitud de su obra de arquitectura natural. Se asomaba cada siglo humano durante meses a observar cómo evolucionaban aquellos acomplejados seres de carne blanda y rudeza extrema. Y aquí es dónde lo encontramos, descansando sobre su trono, asomándose a su ventana de enredadera.

Frotóse las sienes con fuerza y se fue en busca de su hija Atenea, cuyo jardín se encontraba a pocos pasos del suyo. La vio, radiante y atlética, sentada sobre un banco de piedra y jugando amigablemente con una lechuza de madera que una Dríade fabricó y encantó para ella. Zeus la miró con ternura. Cuando ella le descubrió, le habló con dulzura, sin perder de vista su lechuza. Dime, padre ¿los aullidos de Anubis vuelven interrumpir su descanso? - No es eso, hija. - ¿Es entonces Cristo, de nuevo predicando en sueños? - No, no es él. - ¿Quizás es Shivá, que volvió a tropezar con sus estatuas y cayeron éstas con demasiado estruendo? - No, ya consiguió dejar de hacerlo. - ¿Quizás son Yahvé y Mahoma, que vuelven a filosofar en voz alta? - No, tampoco son ellos. - Entonces dime, padre amado, qué importuna tus pensamientos. - Son ellos, hija mía, los que se asemejan a nosotros en forma pero no podrían ser más diferentes en pensamiento. ¿Adónde van a parar? Vislumbrando una inusitada tristeza en los ojos de su padre, Atenea le acercó la lechuza de juguete, que pió timidamente y acarició con el pico las poderosas manos del dios padre. Quizás sería buena hora para reunir de nuevo al consejo de dioses. Hace ya mucho que no lo hacemos. Desde que delimitamos, por el bien de los humanos, nuestros poderes a sus divisiones geográficas. - Quizá tengas razón, hija mía. Quizá sea la hora de que tomemos de nuevo las riendas. Se irguió y le devolvió la lechuza, que se había posado en la palma de su mano. Prepara tus lanzas, querida. Hay que volver a tomar el control.

domingo, 9 de enero de 2011

Los ojos de Silkwood


Ayer descubrí tu rostro.
En retrospectiva, tus ojos asomaron
en un rincón destartalado,
en mitad de cien páginas
que amenazaban con resumir
todos los sueños que aún no he vivido
o no me ha dado tiempo a escribir.

Y el aliento me abandonó
para dejarme huérfana
de aire y de una carne vieja
que amenazaba con descubrir
todas las razones por las que olvido
las almas que de pasión has podido herir.

Sólo se trató de un enorme malentendido,
una falta de comunicación terrible
entre mi amor, tu tiempo y el olvido.

Quería decir, después de todo
que he descubierto algo hermoso.
Si hubiera sido otro el momento
la vida, la circunstancia
y cualquiera de nuestros hechos,
hubiera dado caza a la fiera que habita en tu pecho
y hubiera corrido ciega el camino hasta tu lecho

firme en mi parecer, certero y entrenado
de que si te hubiera encontrado, en otra vida
una y otra vez te habría amado
hasta desgastar mis labios de decir tu nombre
mis ojos de guiar tu vigía
y mi cuerpo de esconderte en él;
tú, amor desenfrenado, que darías sentido
a todos y cada uno de mis días.

Sólo se trató de un enorme malentendido,
una falta de comunicación terrible
entre mi amor, tu tiempo y el olvido.

sábado, 8 de enero de 2011

To jump off clouds


¿Sabes qué pienso?

Me alegro de todos los errores que nos han traído hasta aquí. Más que de todas las decisiones acertadas, porque al fin y al cabo, todos les tenemos más miedo a las equivocaciones titánicas e irreversibles. Me alegro de cada mala encrucijada, de cada terremoto de conciencia, de cada gesto mal hecho y de cada palabra de arrepentimiento. Me alegro de cada penalti, de cada boda de mentira, de cada nacimiento inesperado y de cada bronca. Y como Mafalda no sabe cómo se hace para pegarse uno una tirita en el alma, yo no sé como se le dan dos palmadas en la espalda al destino.

Pero me alegro de haber llegado hasta aquí, y de haber llegado con el peso de mil errores sobre mis hombros. Me alegro infinitamente de cualquier catástrofe que cambiara todos los destinos que necesitaban ser cambiados para que tú y yo nos encontrásemos aquí, en el lugar menos importante del planeta Tierra, y fuéramos felices. Y es que estoy segura de que todos esas malas sensaciones encontraron un final feliz. Si no, el mundo no sería lo que yo conozco.

Y si no fue como yo digo, entonces que me zurzan. Pero yo me alegro, juro que me alegro de cada uno de los errores que nos trajeron hasta aquí, ya fueran por puro azar, pura casualidad o pura y deliciosa ocurrencia de ese destino al que yo hoy no sé dónde palmear.

martes, 4 de enero de 2011

Si quieres


Si quieres hablar del mar.

De la lluvia, del porqué de que el día parezca menos funesto si sales de casa justo con el sol y su primer bostezo. De la luz como único antibiótico, único placebo y única solución. De la lluvia como lágrimas de cielo, de la tierra húmeda que suspira hielo, del corazón. Si quieres hablar de personas de sal y de frío. De montañas cultivadas y caserones vacíos. Del amor que lo abrasa todo y en fuego se pierde. Del abrazo amigo, el honor propio y del beso de una serpiente. Del sutil cambio en la mirada de la fémina que mira a fémina, del varón hundido en corazón de barro y del espantapájaros roto de ahuyentar guerras y miserias.

Del mar.
Si quieres hablar del mar.
Asegúrate antes de haberlo amado
antes de asegurar todo lo demás.
Porque uno sólo puede hablar enamorado
de un algo que no le pertenecerá jamás.



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Si quieres,
yo te llevo a bailar.