lunes, 21 de febrero de 2011

El día que las trincheras cantaron.


Era 15 de Noviembre y hacía un frío que astillaba los párpados. Al borde del congelado río Somme, las trincheras alemana e inglesa parecían estar abandonadas. Pero dentro, cubiertos con mantas viejas y camuflajes raídos, todos los soldados esperaban pacientemente a la muerte.

Warren se despertó. No había dormido ni dos horas, pero su cuerpo había optado por abandonarse - mejor de lo que podía hacer su consciencia- y tenía las extremidades rígidas. Tardó algunos segundos en poder apearse del banco de madera donde había transcurrido su cabezadita. Thomas lo miraba, acuclillado a su derecha, intentando encenderse un cigarillo al resguardo del viento.

-Buenos días, preciosa. - El tono jocoso era inevitable - ¿Has dormido bien?
-Como si hubiera dormido con la cara metida en tu culo. - Y le tiró una piedra de la grava que pisaba. - No ha pasado nada interesante, por lo que veo. Ni siquiera me habéis dado matarile durmiendo como os pedí.- Thomas endureció el rostro. - Quedamos pocos, lo único que no nos hace falta es una baja más. Así que si quieres morir, lo haces con los huevos en su sitio y la escopeta en la mano, y mientras te llevas a un par de alemanes contigo al otro barrio.

De repente, el sonido de una avioneta resonó por cada rincón de aquella estepa. Alarmados, todos los soldados se pusieron en posición de ataque, pegados a la pared de la trinchera y avistando con ansia al metálico pájaro. Se acercó más y más, hasta que dejó caer un enorme obús a unos 30 metros de aquel agujero en el que estaban todos apiñados. El armatoste estalló, pero el único que lo sufrió enteramente fue un viejo abedul pelado de invierno que saltó por los aires cuando la bomba tocó el suelo. Después, la avioneta sobrevoló la trinchera, dio media vuelta por encima de sus cabezas y retomó el camino de vuelta hacia el lugar de donde habría salido, más allá de la linea alemana.

Warren suspiró. A su lado, Thomas había tenido que tirar el cigarrillo, y ahora intentaba rescatar lo que quedaba de él. Nuestro soldado cayó como un peso muerto encima del banco que le había servido de camilla interpestiva, y con hondo hastío miró hacia el cielo. No hacía sol. Nunca hacía sol en el frente. Y si lo hacía, ni siquiera lo notaban. Puso los ojos en blanco.

-Dime Thom, ¿dónde crees que estará Louis ahora mismo?
-En cualquier sitio mejor que éste.
-Y a veces no te preguntas... - Calló, avergonzado por su propia ocurrencia.
-¿Que si creo qué, novato? - Thomas se levantó y le miró a los ojos.
-Si crees que el que muere aquí, se pasa la eternidad luchando en el cielo.
- No digas tonterías chaval. - Thomas se rió. - El capullo de Louis no aguantaría algo así. Se hubiera escapado ya a alguna isla del Pacífico llena de mujeres y cerveza.
- Ya, supongo... - Warren bajó la cabeza. Y al instante, rompió el silencio un trueno. Como si de dos preciosas flores se tratase, sus oídos se abrieron ante un sonido que siempre era buen presagio. Las pequeñas gotas de lluvia caían estrepitosamente del cielo, sembrando el pasto que las recibía con sombreadas manchas de humedad nueva. Warren se levantó, como tantos otros de sus compañeros, se quitó el casco y abrió la boca. La lluvia apretaba. Poco a poco, hasta Thomas se desarmó para dejar que el agua corriese por su torso.

En mitad de la lluvia, alguien reía. Otro soldado comenzó a cantar. Cantaba el himno nacional, grave y vigoroso. Viendo el arranque folklórico, algunos otros comenzaron a corearle. Sonreían, mojados, fríos y felices; y recordaban los colores de la bandera que habían ido a defender. Cantaban, cien, doscientos, trescientos hombres cantaban a voz en grito la seña de su nacionalidad. Y sonreían porque el agua siempre significó la vida.

Sonreían porque los dioses - no uno ni otro, todos. El de cada uno. - les mandaban fuerzas. Y les prometían, regándoles con el agua de sus divinas manos, un mar Pacífico en el cielo. Un sol de mediodía invariable y la paz que no existía entre aquellas metralletas.

Algunos soldados lloraron.
Otros, en el frente alemán, recuerdan ese día como aquel en que las trincheras cantaron.

2 comentarios:

Elendilae dijo...

Me encanta como escribes, y cómo transmites con esa facilidad todas las imágenes con palabras perfectamente encadenadas y exactas.

Casi podía verme a mi misma en esa trinchera... He podido verles a ellos, a su desesperación, al dolor que causa una guerra, y a esa alegría repentina que les traía la lluvia, como una calma que precede a la tempestad. Y a pesar de todo el dolor que puedan sufrir, cantan. Increíble.

:)

Sarita dijo...

No entiendo como lo haces, pero me has mantenido enganchada desde la primera hasta la ultima palabra. He podido imaginar, que digo imaginar, he visto a esos soldados, sus ropas, las trincheras y el paisaje. He escuchado el sonido de esa avioneta y he visto como caía la bomba y estallaba, haciendo saltar por los aires ese abedul.Y como luego todos juntos, gracias a esa agua bendita, cantaban.

Espectacular.

María (L)