lunes, 28 de marzo de 2011

Los siete días de Mádame Duras.

Mádame Duras era una de esas profesoras extremadamente complejas. De una elegancia recalcitrante y unos modales acordes a su difuso pero encomiable linaje, la mujer era una jeroglífico a ojos de cualquier alumno que se preciara por su rapidez de psicoanálisis del licenciado que se colocase delante suya a intentar enseñarle algo.

Profesora de Francés, más francesa que otra cosa, la mujer se erguía con orgullo sobre su buen gusto y mejor habilidad social. Realmente, nadie conoció nunca una mala discusión - en el caso de que las discusiones puedan ser malas o buenas - con aquella mujer de edad avanzada pero de fuerza física más que aceptable. De hecho, y esto era algo que a Marco le daba reparo admitir delante de sus compañeros, ocurría algo muy curioso con la piel de su cara. Las arrugas que bordeaban sus ojos y las que adornaban sus labios debían tener tipos diferentes de conexión emocional con la portadora, pues Marco había percibido que, si bien el tono de la voz de Mádame Duras siempre era del exactamente afable que la educación exigía; su rostro denotaba dos sensaciones bien distintas: mientras la boca de su profesora sonreía alegremente, sus ojos increpaban con una mezcla terrible de crueldad y soberbia que sacaba de quicio a nuestro chico.

Pero desde luego, más allá de las muchas críticas a sus desacuerdos faciales internos y su mejor o peor método inductivo de enseñanza; Nadége Duras fue el primer ejemplo vivo que Marco Alejandro tuvo para el análisis de los estragosos efectos del tiempo en los humanos que él mismo mantendría activo durante toda su vida.

Una mañana cualquiera, estando él sentado en su pupitre, un compañero corrió a hacer correr el rumor de que Mádame Duras estaba enferma y no había acudido a su puesto de trabajo. Por supuesto, y bastaba con la imaginación de Marco para adivinarlo, la muy correcta profesora habría llamado para comunicar su ausencia con la voz ronca natural de un enfermo cualquiera de bronquitis. Y hasta ahí, no tuvo este hecho mayor relevancia en la vida de Marco, que aprovechó convenientemente la hora libre de profesor para repasar Trigonometría.

Una semana después, Mádame Duras volvió a clase. Marco creyó verla por el pasillo, de espaldas, en algún momento de la mañana. Pero el dulce chiquillo no podría haber imaginado el suceso que estaba al poco de acaecer. Cuando la señorita entró en la clase, todos guardaron silencio. Algo totalmente natural, siendo la presencia de la señorita Duras una de las más respetadas en aquel centro. Pero tuvo que ser la voz de la profesora, más ronca y ajada, la que hizo que Marco levantara la cabeza de sus libros y la observase con atención.

De repente, Mádame Duras había envejecido. De esa manera tan extraña que tiene la vida de avisarte de que está llegando tu hora. Era como si toda la piel de la eternamente activa mujer que tenía delante hubiera decidido por vencerse a la gravedad. Sus ojos, algo más rojos; sus manos, algo más blancas; sus labios, algo más agrietados. Era como si el martillo del tiempo hubiera azotado con toda su furia a la mujer que había sido, lanzándola a la vejez en línea recta y en trayecto directo.

Marco quiso pensar que una enfermedad no puede causar algo así, tan repentinamente. Pero llegó a la conclusión de que, efectivamente y como sospechaba, el tiempo no te trata igual con seis años que con sesenta. Definitivamente, una semana en la segunda situación afianza mucho más sus huellas en la persona que la sufra. De hecho, eso era todo lo que podía ocurrírsele.

Mádame Duras era pergamino viejo, y al calor de la enfermedad y el frío del invierno, había comenzado su inexorable camino a la desaparición total y absoluta. Otros vendrían después, pero Marco recuerda a aquella señora con especial cariño. Fue la primera vez que realmente fue a darse cuenta de que el tiempo es la mayor amenaza del hombre sobre la tierra.

2 comentarios:

una Amante dijo...

Nunca me cansaré de decirlo: me encanta cómo escribes.
Espero que vaya todo bien :)
Besicos

David Waldorf dijo...

Hace mucho que no pasaba por aquí y, sin embargo, veo que no has cambiado y sigues siendo igual de buena y soñadora. =) Un besito!