sábado, 19 de marzo de 2011

Para ti los príncipes, para mi los besos.

Recuerdo Uno hablaba con Recuerdo Dos. Cada vez que llegaban a un acuerdo, un inocente cascabel ubicado en cualquier parte hacía cosquillas al silencio impúdico de la habitación. No sería disparatado decir que el cascabel se empolvaba de no sonar.

Por alguna razón, la ruptura en el contrato de sus mutuos intereses había provocado aquella discusión entre dos recuerdos que se amaban con locura. Pero la abogacía no es trabajo para sensibleros y ahora cada uno debía barrer hacía dentro todo lo que pudiera. Por lealtad a sus respectivas partenaires.

Yo propongo algo así, dijo Recuerdo Dos. Para vosotros los paseos marítimos, los anfiteatros, la salsa y los balcones cerrados. Los cafés, las paradas de autobús y la fobia a los gatos. Para nosotros los pasillos, las aulas, los amigos en común, las casas preferidas, las cafeterías y el sol. El camino hasta casa, la hierba y las palabras bonitas. Todas y cada una.

Recuerdo Uno no podía dar crédito a lo último que había escuchado. Ni pensarlo, dijo. Nosotros queremos la custodia de las palabras bonitas. Y vamos a pelear duro por ellas. Te advierto que haremos llegar la sangre al río. Recuerdo Dos se retractó, conteniendo las ganas de llorar. El pobre era demasiado pequeño e inseguro para aquella batalla. De acuerdo, de acuerdo. Podréis tener las palabras bonitas la mitad de vuestra vida. Pero nosotros, además de nuestra mitad de vida, queremos todos los besos que no dimos para el resto de nuestros sueños. Recuerdo Uno apenas se opuso a aquella petición. Afirmó con mirada seria y volvió a recuperar la compostura.

Recuerdo Dos suspiró. Miró de nuevo el trozo de papel arrugado donde Serenidad le había garabateado las cosas que podía y no podía dejar que Recuerdo Uno se llevase. Reanudó la lectura. Nosotros queremos nuestros sueños, los viajes y los proyectos de futuro. Las promesas podéis quedároslas, además de las fotos y las lágrimas. No queremos vuestras lágrimas, espetó Recuerdo Uno. Entonces serán nuestras para siempre. Y con la mano en incesante tembliquete, Recuerdo Dos lo apuntó en la lista. Y siguió. Para vosotros María Villalón, para nosotros Eva Amaral. Para vosotros la lluvia y para nosotros las flores. Para vosotros los números y para nosotros las letras. Para vosotros los bailes, Nena Daconte y la pereza. Para nosotros el rock, Amy MacDonald y la risa. Para vosotros Londres, la mitad de París, Roma y Madrid; para nosotros Grecia, Nueva York, Bacelona, la otra mitad de París y Sevilla.

Paró y tomó aire. No quedaba mucho más. De hecho, arrugó la nota de Serenidad y la metió de nuevo en su bolsillo. Mirando a Recuerdo Uno, tomó valor para hablar. Estaba apunto de decir algo que no estaba en los planes de nadie. Sólo hay una cosa más, dijo. Qué, preguntó serio Recuerdo Uno. Podéis coger vuestras manos, vuestro brillo y nuestra fuerza. Pero dejadnos sólo una cosa.

Recuerdo Uno se levantó, alisó los pliegues de su americana y esperó la última petición.
¿Qué será esa cosa?
Vuestro olor. Queremos vuestro olor para el resto de la vida.


La ternura asomó a los ojos de Recuerdo Uno.
Puso su mano sobre la mejilla de Recuerdo Dos.
Hecho. Trato hecho.


3 comentarios:

La tati dijo...

Joder María................ eres, eres................. te quiero.

Zaura dijo...

Me encanta, hay que ver lo difícil que es repartir recuerdos, y mira que no valen nada.

Ruben A.M. dijo...

Hermoso, María, tremendamente hermoso.
El día que quieras castigar a alguien: olvídalo. No imagino peor destino que haber formado parte de tu mundo y que no tú no lo recuerdes.
Tenme siempre contigo.
Rubén.