lunes, 16 de mayo de 2011

Cristopher, la locura y el reloj de cuco.

Las campanas se abrazan al aire, se columpian en sus ejes, gritan de alegría.
Y la nieve cruje debajo de los zapatos.

En la misa dominical del pequeño pueblo medieval de Saint-Germain, Cristopher entró estruendoso por la puerta principal. Padre Auguste, ofendido por su mera presencia, se vio obligado a frenar en su recitado de homilías y evangelios para lanzarle una ojerizada mirada de mensajero católico.

-Tú no puedes estar aquí. Tus pecados aturden la paz de la casa del señor.

Cristopher apenas dudó en sus intenciones. Acabaría con aquella situación antes de que la situación acabase con él.

-Yo soy hijo de Cristo, y él me ama como a uno más de sus hermanos. Que tú no sepas aforntarlo no vale el castigo de ensuciar la honra de su muerte, pues él murió por amor. Y yo, yo muero de amor por ese hombre, de la misma forma que él me corresponde.

Señaló a Raoul, que se sentaba junto a su madre y su hermana en el penúltimo banco dispuesto para la escucha de la misa. Éste le lanzó los ojos con sorpresa, pánico y asombrada quietud. El padre Auguste, que había conocido minuciosamente al progenitor de Raoul antes de su muerte, se dirigió hacia él presa de un escándalo inmediato y fastuoso. - ¿Acaso es eso cierto?

Sin dudarlo, Raoul responde - ¡No!¡No, padre! Son blasfemias malintencionadas, apenas sí conozco a este vástago del diablo.
Cristopher, dolido. - Mientes, vellaco. ¡Si mi sufrimiento es cría de la locura, tú estás igual de loco que yo!
-¡Mientes!¡Mientes, mientes, mientes! ¿Qué tienes contra mí, que me acusas tan aireado de infringir la voluntad de Dios?
- ¡Ya está bien! Se alzó la voz del Padre por encima del acalorado dueto de improperios. - Ambos seréis llevados a prisión de forma preventiva, uno por pecado confeso y el otro por sospecha. Luego decidiremos qué será de vosotros. -

La madre de Raoul rompió a llorar desconsoladamente, mientras unos guardias llamados con antelación cargaron contra los dos muchachos, arrastrándolos hasta la calle.

Ya en prisión, Cristopher intenta hablar con Raoul. Tras llamarlo varias veces apelando a su nombre y a su mismísimo apellido, Raoul le rehuye con furia. - ¡Olvídame, hombre ruín! No entiendo cómo habré ofendidoa tu estúpido orgullo para que me hagas esto. Mi vida está arruinada.
- Óyeme bien Raoul. - Y Cristopher le agarra de la barbilla, acercando su cabeza a la suya. Habla con voz tomada - Te he inculpado y tu rostro amanecerá preso de la sombra de la sospecha ajena por siempre, pero no puedes negarme que esté falto de razón. Ahora que estamos aquí, sólo puedes elegir entre el vivir o el morir, aunque al final la elección no estará en tus manos. Ámame, ámame y adelantémonos para esperar en el cielo a la muerte, juntos y puros en nuestro amor; o aléjate de mí, miénteme y niega que me amas, para pasar tú en tu esquina y yo en la mía los últimos momentos de nuestra existencia. Ámame, ámame ahora y busquemos juntos la eternidad, o aléjate y encuentra otra manera de clamar solo y sucio por tu propio perdón.

Raoul clavó sus ojos en los de Cristopher. Posiblemente era la primera vez que alcanzaba a verlo con claridad, sin furtividades ni vergüenzas, mentiras o rubores. Aquellas palabras que había proferido no justificaban el hecho de que le hubiera buscado la total desgracia, pero de igual modo sabía que jamás nadie volvería a hablarle con tanta franqueza. Sabía que jamás volvería a creer algo así de nadie. Y aceptó el hecho de que a fin de cuentas, el cielo era de los que aman sin escapatoria; y que si Dios era todo amor, entendería lo que se removía detrás mismo de sus entrañas. Y que si no, entonces quizás ese Dios no era tan misericordioso como él creía. Se perdió, final y ciegamente, en el beso de Cristopher.

Sobra decir que a ambos les sorprendió la pronta Parca. Ella misma se reconocía adelantada en el enorme reloj de cuco donde cuenta sus horas la muerte. Pero cuando llegó, los encontró amándo. Y hasta ella misma pensó que, sin duda, su amor los acabaría arrastrando al cielo.



-Elegí un mal pueblo para enamorarme
-Elegiste un mal tiempo para enamorame.

sábado, 14 de mayo de 2011

El juicio de los necios.


Y que nos sorprenda la tarde
con un sol medio agachado.
Que no me busquen los vivos
que no han visto demasiado.
Y que los muertos, que no hablan
me juzguen en silencio.
No seré yo quien someta
mis actos
al saber de nuevos necios
que sin haber medio vivido
me critican con agrado.
Ya rendiré yo cuentas
a mi pecho enamorado.
A mi abuelo, o a mi tierra,
o a los palos de mi arado.

Pero que sean los muertos
que no hablan
los que juzguen en silencio.
Pues no reirá mis actos
concebidos
el juicio de los necios.

viernes, 6 de mayo de 2011

Si cada mañana me dijeran que no sobreviviría para ver el sol del día siguiente.

Hablando suavemente, le acaricia el pelo.

-No puedes despedirte. No pasará nada. Todo saldrá bien. Tiene que salir bien.
Digamos que el estar justo en mitad de una calzada, rodeados de emocionados transeúntes y un conductor perplejo emitiendo sonidos incesantes e indistinguibles; sólo hace mella en uno de ellos. Ella, aunque siente el irremediable peso de la oscuridad comprimir sus pulmones, apenas sembla nerviosa. Él, perturbado por el accidentado choque que acaba de tumbar a su amiga sobre una carretera caliente y pegajosa, busca una solución que no aparece por ningún sitio.

-Eh, eh, cálmate. Eso le dice ella, intentando abarcar con su mano derecha toda la mejilla de su compañero. Siempre nos olvidamos de tocar lo suficiente a los que nos importan. Es otra forma de decir te quiero aquí.
-¿Cómo voy a calmarme? ¡Estás sangrando, por el amor de Dios! Como si fuera suficiente, intenta contener toda la sangre que alcanza a ver con sus propias manos.
-Para, para, escúchame. Siempre he tenido un corazón débil, ¿recuerdas? Su voz tiembla porque se le humedecen los ojos. Recordar que todo tiempo pasado fue mejor siempre le daba ganas de llorar. Y pulmones demasiado grandes, huesos pesados, coordinación indecente, un equilibrio indeciso, unas manos muy anchas y una enciclopedia entera de fobias. Pero nunca fue suficiente para tumbarme. Siempre te dije que podría cargar con cualquiera, que era lo único que me quedaba. Por muy mal que se pusieran las cosas, yo sería la que pudiera llevaros en peso en cuanto cayérais. Jamás os dejaría en el suelo. Pero ahora, ahora necesito que seas tú quien no me deje caer. Una vez más.

Él, con sus enormes ojos azules dilatados, trataba de no soltarle la mano. De repente, una convulsión hace que ella tense su cuerpo entero, profiriendo un terrible grito de pánico y dolor trenzados. Él se asusta aún más. Los párpados de ella se conjugan en apretada unión para intentar encontrar una solución más emocional que física a sus crecientes dolores. Aunque nadie lo escuche, realmente se oye a lo lejos el sonido de la sirena de una ambulancia que sobrepasa su límite de velocidad usual para llegar a tiempo a nuestra estrambótica escena.

Volviendo a abrir los ojos, aprieta su mano de nuevo. Si cada mañana me dijeran que no sobreviviría para ver el sol del día siguiente, me despediría de ti cada crepúsculo para que jamás te sintieras solo al no verme abrir los ojos. Me despediría porque sabes que aunque las odie, las despedidas son momentos increíbles. Y yo te daría las buenas noches al caer la tarde, recordándote que siempre encontraré el sol de mediodía en tu mirada, aunque la mía se nuble para siempre. Habré de quererte como ya lo hice, pero más fuerte, porque los humanos somos estúpidos y nos atrevemos a hacer las cosas cuando el final se acerca. Si cada mañana me dijeran que no sobreviviría para ver el sol del día siguiente, soñaría cada noche con el del día anterior. No te olvides nunca de que llevamos dentro cada lugar que hemos amado. Sólo para nosotros. Allí no hay miedo, no hay guerra, no hay extraños ni rencor. Si me voy hoy, te esperaré allí, soñando con el sol de esta mañana. Pero tú no me olvides. Si hubiera sabido que todo acabaría así, hubiera dedicado un poco más de tiempo a atreverme a amar y un poco menos a buscar excusas de futuro. Pero tú no me olvides, y sonríe mucho. Sonríe siempre demasiado. Toma aire un poco más fuerte. Y sonríe, pícara hasta en los momentos menos propicios. En realidad lo único que pasa es que me encantan las despedidas, y soy una zorra por no admitirlo.





Vientos del norte hacen que el vello de su espalda baile en una ola erizada. Llevaba mucho tiempo sospechando que lo que nace en noviembre debe morir en noviembre.
Ahogado en su propio silencio, susurra al viento - pues ella vivía en él - la declaración más hermosa y certera de todas las que conoció la tierra. Desde el epicentro de sus entrañas, directo a los labios. Te echo de menos.