martes, 2 de agosto de 2011

Urbe

Alerta, siempre alerta cuando camines por la ciudad.

Será porque Londres es Londres, porque las ingentes aglomeraciones de humanidad abruman o porque realmente, es todo tal y como lo percibo. Pero recuerda tener cuidado cuando camines por la ciudad.


Y los arcos troncales del tiempo, el espacio y aquello que llamamos realidad se bifurcan y trifurcan entre charcos y pisadas. Aquí, y allí, sibilinas sombras a tu alrededor se mueven desde las entrañas mismas del tiempo. En mitad de la ciudad los fantasmas toman forma, los muertos reviven, los nonatos se adelantan. Teniendo cuidado, yo podría jurarte que a tu izquierda pasa enchaquetado el padre de tus hijos, o el hermano del abuelo que nunca viste, o el amante que salvará a tu nieta de las garras de la muerte. Entre tus piernas se cuela el gato que tu ancestral tía Agatha quisiera como única familia, y las palomas molestan a la madre que hará famoso tu apellido. En la esquina se enamoran dos extraños, uno descubridor de América y el otro vagabundo victoriano; un rey persa saca a pasear al perro que hace siglos fuera escudero, una golondrina colonizadora espacial busca cobijo en su casita de barro, debajo del balcón del niño que vivirá para ver morir la Tierra.

Y en los autobuses, en los parques, en las terrazas descansan tranquilos aquellos que jamás habrán de conocerse. Deslizándose entre los antojos de una urbe mojada y cálcica, son todo lo que jamás podrías imaginar. Por eso mismo alerta, alerta cuando camines por la ciudad. Nunca sabes quién te susurrará al oído el secreto de la conciencia universal. Y mientras, la urbe respira; intratemporal.

1 comentario:

Nina Gavancho dijo...

me gusta tu lana, oveja urbana