lunes, 26 de diciembre de 2011

Kalós


Es hermoso cómo las hormigas construyen sus hormigueros con esos terrones de barro tan iguales, con diferentes policromías y diferentes texturas. Es hermoso cómo los plumeros salvajes conforman comunas estrechas y se arraigan al suelo con el ahínco del patriótico inmigrante. También es hermoso el viento de Levante tras dos días de niebla que no dejaban vislumbrar Chiclana, y que con él al fin vuelvan las luces de la autopista a asegurarme que el mundo no se acabará. Por ahora.
Es hermoso el sol del día de Navidad. Y soñarte toda la noche y despertar teniéndote miedo por hacer de mí un manojo de inseguridades mal camufladas. Es hermoso que el amor que tengo para ti me agarrote el cuerpo y me obligue a salir a correr alocadamente al más puro estilo Buffay; y dar con el lugar más absoluto del cielo en plena noche y con el pecho dispuesto a la mordedura del frío. Es hermoso vencer mi miedo a la oscuridad porque me da más miedo lo no que soy cuando te tengo cerca. Y saber que mientras sople el viento, el mundo no se acabará. Por ahora.
Es hermoso que el calor de la plancha arranque de un jersey el olor de mi madre, que mi mejor amiga me bese en la frente cuando tengo miedo, la quemadura de uno de mis nudillos que aún demuestra pálidamente de dónde vengo. Es hermoso el ronroneo de mi gato, redescubrir una y otra vez que mi película favorita sigue siéndolo, observar mi cuarto con los ojos de un extraño y pensar en las grandes cosas que aún quedan por hacer. Entender una explicación de clase de Griego y que me brillen las ideas por dentro como en una película de Jean Pierre Jeunet, y notar que mi profesora lo nota. Esos dos segundos de conexión, son hermosos. Es hermoso ver una araña verde común y que el amor heredado de la prosa de Gerald venza la fobia propia. Perdonar la vida, perdonar la muerte. Perdonar los rasguños, los olvidos. Perdonar la coherencia, y la falta de ella. Esa coherencia de hormiguero, con todos sus terrones iguales, diferentes en color y dispares en tesitura. Esos terrones tan hermosos.


martes, 20 de diciembre de 2011

Cuentos de antiguos que no volverán a ser contados

La madre arrodillada deja sus pantorrillas blancas arañarse con espinos tiesos y sequedades puras mientras busca las ramas en el suelo. Su hijo, que se araña igual pero no siente el dolor, corre detrás de las codornices y las liebres. Ella canta, canta por Alegrías para partir en tajos la leña verde del árbol caído. Como si hubiera sido fácil alguna vez masacrar un tallo que tiene los mismo años que tú. Pero eso no lo sabe el niño, ni el niño ni su frío de invierno; frío seco de estar lejos del mar y echarlo en falta.

Cuando quiere el sol darse cuenta, chorrean por los muslos de la hembra ríos de sangre que van a parar al musgo, al pasto y a la hierbabuena que pisa. Y a las amapolas, que son más rojas ahora. Si fueran éstos cuentos de antiguos o los campos terrosos y aguamar del vasto Olimpo, de la sangre de la madre se engendrarían hijos insaciables de leche y de luz; armados de reproches e inquisiciones tal y como brotaran de la tierra. Pero como no lo son, ella sigue despedazando a hierro el féretro de un hermano que nadie le advirtió. Y la sangre maldice todo aquello que  roza o impregna, menos a las liebres. Y al frío del niño. El frío que ya será rojo en la mañana.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Colgada, élfica, suave y desapercibida.

Cuando Jesús escribe en su agenda, tiene la cualidad de colgar las palabras en mitad del tenso recuadradito del día correspondiente, como colgándolas realmente en mitad del día para que sean únicas y solas, lo más importante de su tarde. Hace falta ser de un material muy especial para escribir de esa forma tan imperturbable, pues yo no sé hacerlo - y mucha gente tampoco. Mis agendas están rellenas de tachones, abreviaturas, raquíticas y poco importantes tareas; grandes gestas rayonadas una vez las completé, y detalles inútiles de días que posiblemente jamás llegaré a recordar con claridad. Pero sobre todo, escribo en dos columnas mentales, primero cumplimentando la izquierda y luego la derecha. Arriba los exámenes, y abajo las nimiedades. Cuadriculado como un dámero, como el parking de mi castillo, como una ciudad romana. No es como Jude, de letra élfica, mágica y concisamente entintada; ni como la de Saüda, en lápiz - porque para ella nada puede resultar demasiado para siempre. Ni como la de Cristina, rápida pero indecisa, infantilmente suave en el empuje del bolígrafo. Ni como Claus, de letra pequeña, consonantes alargadas de vértebras estiradas y un intento sublime de pasar desapercibido. O como José Carlos, para el que nada nunca es demasiado - y así lo vive, pues apenas escribe nada de lo que realmente tiene ánimo de hacer.

No sería nada de ésto importante si cualquiera de esos esquemas manuales - tan íntimos como nuestra propia sangre - no fueran reflejo fiel de lo que somos. De cómo pensamos. De cómo vivimos. Y en definitiva, de cómo resultaremos amar.


Y sabes que sueño mucho, pero ultimamente sólo sueño con que seas feliz.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Buzones

Y en los buzones de todas las casas de la ciudad amaneció un pequeño sobre escarlata cerrado con fuerza de amor. Conforme pasó el día, todos los habitantes - menos una en concreto - pudieron leer en la escuálida hoja de papel que venía dentro, sola y única; aquellas palabras escritas con tanta emoción.

"Estoy locamente enamorado de Victoria Klein, y mañana se lo diré. 
Deséeme suerte."


La mañana cuela sus brazos por la ventana de Marco, y le lame los ojos con cuidado. En la mesa, otros tantos sobres. En el garaje, su bicicleta embarrada. En su corazón, pura y dulce savia de amor.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Analógico




Pausa total, pena capital
pues todo se me había olvidado.
Que la vida la vi antes
por tus ojos que los míos,
todos los ambientes,
todos los detalles,
la omnisciencia total del hecho,
la supremacía generalizada.

Todo fuiste tú antes,
antes de yo vivir lo propio.
Tus ojos, que tanto pensé,
cruzaron primero el río.
Y luego yo; y no encontraba
más margenes que las tuyas
aunque ahora fuera mía
la falda que se mojaba.

Como un telón que parte
un escenario en dos tablas.
Como el cristal de un periscopio
que ve cosas dobladas.
Las dos realidades alternas
de una alternancia despistada.

Lo tuyo, en tus historias;
lo mio, en mi retina.
Y los besos que no vimos,
y las gracias que no amamos
en duplicado y convexo
como el televisor descolorido
que es mi alma a tus recuerdos.

Palmaditas en la espalda,
en mi tácito, analógico,
tierno y burdo corazón.
Dentellada de negrura
en el confín de tu cadera.
Y a la muerte, nuestras ansias
caerán en saco pleno,
roto y descosido, compartido.
 
Y dormiré acaudalada
en tu pecho florentino:
con mi verdad ante los ojos
con la tuya entre las manos.