sábado, 17 de diciembre de 2011

Colgada, élfica, suave y desapercibida.

Cuando Jesús escribe en su agenda, tiene la cualidad de colgar las palabras en mitad del tenso recuadradito del día correspondiente, como colgándolas realmente en mitad del día para que sean únicas y solas, lo más importante de su tarde. Hace falta ser de un material muy especial para escribir de esa forma tan imperturbable, pues yo no sé hacerlo - y mucha gente tampoco. Mis agendas están rellenas de tachones, abreviaturas, raquíticas y poco importantes tareas; grandes gestas rayonadas una vez las completé, y detalles inútiles de días que posiblemente jamás llegaré a recordar con claridad. Pero sobre todo, escribo en dos columnas mentales, primero cumplimentando la izquierda y luego la derecha. Arriba los exámenes, y abajo las nimiedades. Cuadriculado como un dámero, como el parking de mi castillo, como una ciudad romana. No es como Jude, de letra élfica, mágica y concisamente entintada; ni como la de Saüda, en lápiz - porque para ella nada puede resultar demasiado para siempre. Ni como la de Cristina, rápida pero indecisa, infantilmente suave en el empuje del bolígrafo. Ni como Claus, de letra pequeña, consonantes alargadas de vértebras estiradas y un intento sublime de pasar desapercibido. O como José Carlos, para el que nada nunca es demasiado - y así lo vive, pues apenas escribe nada de lo que realmente tiene ánimo de hacer.

No sería nada de ésto importante si cualquiera de esos esquemas manuales - tan íntimos como nuestra propia sangre - no fueran reflejo fiel de lo que somos. De cómo pensamos. De cómo vivimos. Y en definitiva, de cómo resultaremos amar.


Y sabes que sueño mucho, pero ultimamente sólo sueño con que seas feliz.

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