lunes, 10 de enero de 2011

Los jardines de los dioses


En el rincón más alejado del universo, cubierto de nubes y sombras, luz y paz, se abre paso el mejor jardín que uno haya podido imaginarse. Desde las más enormes y pretenciosas a las pequeñas flores que surtían en tropel de cada pedazo de tierra libre que encontraban; árboles milenarios y fuentes, bancos de piedra, hojas y mas hojas. Pero esos eran los únicos seres vivos que podían habitar en aquellas tierras, pues era su paz eterna la única que no molestaba el zumbido constante del pensar divino.

Ningún insecto perturbaba la reflexión con su zumbido, ningún animal terrestre manchaba de indignos excrementos los preciosos bultos y esculturas extraídos de las brillantes marmolerías terrestres, ningún humano amenazaba aquel equilibrio perfecto, como solían malfacer los humanos.

Todo ser teológico, digno de culto y admiración por los hijos de las divinidades, cultivaba allí su propio espacio, distinto y a la vez, igual al de todos los demás. Desde aeropuertos para los ángeles hasta establos de criaturas medievales, lagos de sirénidos y náyades, estanques de krakens, armerías de objetos sagrados y hasta pajarerías elementales. E incluso los portales a todos los inframundos, devidamente gestionados para el paso único de su deidad correspodniente. Pero por supuesto, todo esto se hallaba a la entrada del jardin, porque más allá de sus puertas sólo podían deambular las divinidades verdaderas.

En uno de los jardines más escondidos, había abierto Zeus una ventana entre las hiedras, procurando que éstas no crecieran más allí donde se divisaba la rectitud de su obra de arquitectura natural. Se asomaba cada siglo humano durante meses a observar cómo evolucionaban aquellos acomplejados seres de carne blanda y rudeza extrema. Y aquí es dónde lo encontramos, descansando sobre su trono, asomándose a su ventana de enredadera.

Frotóse las sienes con fuerza y se fue en busca de su hija Atenea, cuyo jardín se encontraba a pocos pasos del suyo. La vio, radiante y atlética, sentada sobre un banco de piedra y jugando amigablemente con una lechuza de madera que una Dríade fabricó y encantó para ella. Zeus la miró con ternura. Cuando ella le descubrió, le habló con dulzura, sin perder de vista su lechuza. Dime, padre ¿los aullidos de Anubis vuelven interrumpir su descanso? - No es eso, hija. - ¿Es entonces Cristo, de nuevo predicando en sueños? - No, no es él. - ¿Quizás es Shivá, que volvió a tropezar con sus estatuas y cayeron éstas con demasiado estruendo? - No, ya consiguió dejar de hacerlo. - ¿Quizás son Yahvé y Mahoma, que vuelven a filosofar en voz alta? - No, tampoco son ellos. - Entonces dime, padre amado, qué importuna tus pensamientos. - Son ellos, hija mía, los que se asemejan a nosotros en forma pero no podrían ser más diferentes en pensamiento. ¿Adónde van a parar? Vislumbrando una inusitada tristeza en los ojos de su padre, Atenea le acercó la lechuza de juguete, que pió timidamente y acarició con el pico las poderosas manos del dios padre. Quizás sería buena hora para reunir de nuevo al consejo de dioses. Hace ya mucho que no lo hacemos. Desde que delimitamos, por el bien de los humanos, nuestros poderes a sus divisiones geográficas. - Quizá tengas razón, hija mía. Quizá sea la hora de que tomemos de nuevo las riendas. Se irguió y le devolvió la lechuza, que se había posado en la palma de su mano. Prepara tus lanzas, querida. Hay que volver a tomar el control.