martes, 18 de enero de 2011

Don't.

No nos equivoquemos.
Las personas más amables a menudo son las que menos dispuestas están a dejarse amar.


Un lapso descuidado de complicidad en mitad de la más hostil muchedumbre. Esa que odia en voz baja y miente a bote pronto. El rostro familiar, querido, reviviendo en tres movimientos faccionales una historia que jamás dejó de acabar y jamás terminó de empezarse. Como se cuelgan los relojes en los árboles, así colgamos entre los dos una historia indemne, inútil de puro inocente, salvaguardada al paso destructor del tiempo entre los ramajes de lo cotidiano. Y besé una mejilla de olor a hogar, bajo unos ojos de color de hogar. Y compartí con ellos la vista endulzada de una forma fértil con ritmos de hogar.

Nadie sabe que se nos olvidó el lugar, el momento y la distancia. Nosotros sólo admirábamos en mutuo y acordado silencio. Un silencio que nunca hizo falta trinchar de palabras.

Medio segundo más y aterrizamos de nuevo. La crueldad no es sólo placer de humanos, y el tiempo, por mucho que pese, a veces también se divierte jugando a echar de menos. Escupidos de nuevo, pisamos tierra. Volvimos. Volvimos.





Y al torno de tu aliento próximo
se yerguen los vellos de mi nuca.
Como margaritas nuevas recién almidonadas.