lunes, 28 de febrero de 2011

Un sofá en mitad de Buenos Aires

Late mi inspiración al borde del orgasmo silábico.
Mis dioses saben que esto no puede ser bueno.

Y estaba pensando, perdida en un sofá en mitad de Buenos Aires, que quizá todos nos estemos equivocando. La belleza, y esto es secreto de sumario, sólo deja en el arte una sombra hueca de sí misma. Y es que si te paras a pensar, hasta miedo da darse cuenta de que si un poema, una película o un cuadro te corta la respiración, hay un percentil altísimo de posibilidades de que aquello de lo que se está hablando te matase en el acto apenas verlo. Como esa enfermedad que dicen que coges en Florencia de ver tanta belleza junta.

Imagínate. Yo, perdida en un sofá de Buenos Aires. En el balcón, una mujer enorme. Luz. Inmensa. Alfabeto. Sí, alfabeto. Porque todas las palabras se le quedan cortas, así que mejor ponerlas todas. Entonces, volvamos. Yo, tan yo que a veces me doy asco, tan vulnerable como carrete de cámara antigua. Tan...cordero. Y aquella mujer alfabeto en el balcón, fumando como una diva de película en blanco y negro, sin que ella lo supiera. Recortando la gracia divina su figura en mitad del salón.

Si yo fuera una artista de las de verdad, de esas que hacen un boceto en veinte segundos, de esas que pueden darle forma a un lienzo - una forma de verdad - o de sacar calor a un trozo de mármol, entonces no habría podido descansar antes de acabar una réplica justa de lo jodidamente armonioso de esa escena que estaba observando.

Pero no. Yo sólo podía pensar en otra cosa. Porque la falta de oxígeno no es buena para el cerebro - y a mí se me había perdido la respiración.

Piénsalo. Quizás, si hubiera podido hacer algo más que esto, algo de lo que me hubiera propuesto en otra circunstancia, ahora estarías muertos de belleza.
Si el arte es el reflejo vago de la inspiración, ahora estaríais muertos de belleza.


¿Por qué hablarían ellas?

El mar habla.
Las gaviotas responden.
De no ser así, piénsalo.
¿Por qué hablarían ellas?

Si con sus globos desorbitados
se increparían el alimento
con la efectividad suficiente.
Si no hablaran al sol
que las deslumbra a la mañana,
¿por qué hablarían ellas?
Que con patadas sordas
espantan al inmigrante
y acunan al oriundo.

Si no me hablaran a mí,
que las busco añorante,
¿por qué hablarían ellas?
Si por estar aquí, presentes
ya son petit comité
de mis bienvenidas.

Y como al marinero perdido
la tierra auguran,
a mi yo terrestre
el mar le cantan.

Como una nana de niñez.
Como sirenas emplumadas.