sábado, 5 de marzo de 2011

Buenas pasadas.


Deberías haberme avisado.

Pero nadie lo hizo. Y si hubiera sabido que iba a verte, quizás no me hubiera levantado con el pecho encogido.

No sé en qué contexto, en qué circunstancia mágica y sobrenatural se desarrolló todo. Mis sueños siempre son así, desordenados. Puede que sea mejor de esa manera, cuando uno revuelve el cajón de los juguetes encuentra los mejores tesoros. Los olvidados.
En algún momento de esta noche, te vi. Preciosa, preciosa mía. Te vi con mis ojos de sueño, con mi cuerpo de sueño, con mi corazón de sueño. E incluso en sueños sabía yo que no podías ser real. Y te toqué con mis manos de sueño la frente limpia y los labios, que más allá del velo de mis alucinaciones se materializaron.

Te lo dije. ¿Lo sentiste? Te lo dije. Sólo quería comprobar que eras real. Y me miraste como si fuera de Júpiter. Como asumiendo que la que podía no ser real era yo, porque tú estabas bien segura de respirar, de estar compuesta por los millones de partículas físicas acostumbradamente humanas.

He olvidado todo lo que pasó después, y por supuesto, todo lo que había pasado antes. Recuerdo que te toqué la frente y quise que fueras real. Y que debías haberme avisado de que vendrías.

Ya sabes, porque hay días que mi imaginación me juega buenas pasadas.