martes, 26 de abril de 2011

El espejo de la sala de las tormentas.


Una habitación con un espejo. Sólo un espejo. Como en aquella novela, cuando Harry entra y ve a sus padres muertos en un espejo que parecía esperarle sólo a él. Que lo hacía, de hecho.

Sola y perdida en aquella habitación espantosamente vacía, Catherine no sabía cómo había dejado que sus pasos la llevaran hasta allí. No recordaba ninguno de sus caminos de vuelta.
Cabe decir que jamás había tenido una verdadera relación de respeto mutuo para con los espejos. Le dolían a veces, y otras le acariciaban. Si bien normalmente sólo soportaba aquellos que no dejaban el reflejo de su cuerpo ir más allá de la mitad de su pecho. Los espejos grandes le ponían nerviosa, y si se veía reflejada en algún sitio durante una conversación, difícilmente conseguía relajarse de cara a su interlocutor.

Pero un espejo en una sala vacía es otra cosa. No es casualidad, no puede ser que al azar prepare algo tan siniestro. Un espejo que tiene como fin no reflejar nada no es sino desgraciado hasta la médula cristalina, hasta el marco tallado; pues espejo que no refleja nada no deja nada a la vista y nada protege del cambio. Un espejo en una sala vacía sólo busca reflejar alguna cosa, y de ahí parte el hecho de que si entrara alguien en la habitación, el espejo lo refleje con el amor más inmenso que haya podido vislumbrarse nunca con la cara lavada. Porque espejo que convive con la soledad de sí mismo ama cualquier cosa que haya ido a reflejarse en él, pues no habrá sido involuntario el encuentro. Por eso Catherine tenía miedo de ese espejo, de ese espejo sólo en una sala vacía, porque si el espejo resultaba amarla ella querría quedarse allí, y no podría. Sabe Atenea que no podría.

Sabía que si la sala olía a tormenta era porque habían sembrado allí sus amarguras muchas viejas lágrimas. Y si así era, o bien el espejo las había visto y consolado, o bien el espejo las habría provocado de alguna forma. Demasiadas personas tienen miedo de verse de verdad a sí mismas.

Porque espejo que ama a todos por igual es espejo traicionero. Porque espejo que calla y no habla, es espejo desganado. Porque un espejo que amamanta tantos miedos no puede ser buen compañero, ni buen amigo, ni buen consejero.

Y Catherine salió, sin saber cómo volver a casa. Pero salió de aquella sala de lluvia.
Sabía que si se quedaba dos minutos más, se quedaría con el espejo. Porque aquella sala vacía llevaba sin remedio a perderse en el espejo, y son muchos - demasiados - los que convivían con el terror de descubrir lo que llevan escondido dentro.