viernes, 6 de mayo de 2011

Si cada mañana me dijeran que no sobreviviría para ver el sol del día siguiente.

Hablando suavemente, le acaricia el pelo.

-No puedes despedirte. No pasará nada. Todo saldrá bien. Tiene que salir bien.
Digamos que el estar justo en mitad de una calzada, rodeados de emocionados transeúntes y un conductor perplejo emitiendo sonidos incesantes e indistinguibles; sólo hace mella en uno de ellos. Ella, aunque siente el irremediable peso de la oscuridad comprimir sus pulmones, apenas sembla nerviosa. Él, perturbado por el accidentado choque que acaba de tumbar a su amiga sobre una carretera caliente y pegajosa, busca una solución que no aparece por ningún sitio.

-Eh, eh, cálmate. Eso le dice ella, intentando abarcar con su mano derecha toda la mejilla de su compañero. Siempre nos olvidamos de tocar lo suficiente a los que nos importan. Es otra forma de decir te quiero aquí.
-¿Cómo voy a calmarme? ¡Estás sangrando, por el amor de Dios! Como si fuera suficiente, intenta contener toda la sangre que alcanza a ver con sus propias manos.
-Para, para, escúchame. Siempre he tenido un corazón débil, ¿recuerdas? Su voz tiembla porque se le humedecen los ojos. Recordar que todo tiempo pasado fue mejor siempre le daba ganas de llorar. Y pulmones demasiado grandes, huesos pesados, coordinación indecente, un equilibrio indeciso, unas manos muy anchas y una enciclopedia entera de fobias. Pero nunca fue suficiente para tumbarme. Siempre te dije que podría cargar con cualquiera, que era lo único que me quedaba. Por muy mal que se pusieran las cosas, yo sería la que pudiera llevaros en peso en cuanto cayérais. Jamás os dejaría en el suelo. Pero ahora, ahora necesito que seas tú quien no me deje caer. Una vez más.

Él, con sus enormes ojos azules dilatados, trataba de no soltarle la mano. De repente, una convulsión hace que ella tense su cuerpo entero, profiriendo un terrible grito de pánico y dolor trenzados. Él se asusta aún más. Los párpados de ella se conjugan en apretada unión para intentar encontrar una solución más emocional que física a sus crecientes dolores. Aunque nadie lo escuche, realmente se oye a lo lejos el sonido de la sirena de una ambulancia que sobrepasa su límite de velocidad usual para llegar a tiempo a nuestra estrambótica escena.

Volviendo a abrir los ojos, aprieta su mano de nuevo. Si cada mañana me dijeran que no sobreviviría para ver el sol del día siguiente, me despediría de ti cada crepúsculo para que jamás te sintieras solo al no verme abrir los ojos. Me despediría porque sabes que aunque las odie, las despedidas son momentos increíbles. Y yo te daría las buenas noches al caer la tarde, recordándote que siempre encontraré el sol de mediodía en tu mirada, aunque la mía se nuble para siempre. Habré de quererte como ya lo hice, pero más fuerte, porque los humanos somos estúpidos y nos atrevemos a hacer las cosas cuando el final se acerca. Si cada mañana me dijeran que no sobreviviría para ver el sol del día siguiente, soñaría cada noche con el del día anterior. No te olvides nunca de que llevamos dentro cada lugar que hemos amado. Sólo para nosotros. Allí no hay miedo, no hay guerra, no hay extraños ni rencor. Si me voy hoy, te esperaré allí, soñando con el sol de esta mañana. Pero tú no me olvides. Si hubiera sabido que todo acabaría así, hubiera dedicado un poco más de tiempo a atreverme a amar y un poco menos a buscar excusas de futuro. Pero tú no me olvides, y sonríe mucho. Sonríe siempre demasiado. Toma aire un poco más fuerte. Y sonríe, pícara hasta en los momentos menos propicios. En realidad lo único que pasa es que me encantan las despedidas, y soy una zorra por no admitirlo.





Vientos del norte hacen que el vello de su espalda baile en una ola erizada. Llevaba mucho tiempo sospechando que lo que nace en noviembre debe morir en noviembre.
Ahogado en su propio silencio, susurra al viento - pues ella vivía en él - la declaración más hermosa y certera de todas las que conoció la tierra. Desde el epicentro de sus entrañas, directo a los labios. Te echo de menos.