domingo, 26 de junio de 2011

Te eché de menos con cada lluvia del verano. Te eché de menos con cada llanto del invierno.
Permaneciste guarecida en el desván de mis intocables, camuflada para hablarme cuando más necesitara oírte.

Tu voz, como un líquido denso, chorrea por mis oídos. Cae, poco a poco, e impregna las paredes de mi conciencia. Rasguñadas, hinchadas, doloridas por el pasar de unos días aterradores que no estabas para serenarme, mis lindes corporales te reciben como ambrosía de sinalefas. Y algo dentro mío vuelve a funcionar. Un clic orgánico e infinito. La encajada maquinaria de mi alegría.

Me curas, me das vida a bocados, me ensalzas y me elevas. Me olvidas la inseguridad. Yo soy menos yo si no te tengo cerca. Y por eso, te echaré de menos con cada llanto del verano. Y con cada lluvia del invierno. Pues ya me acostumbré a hacerlo, a vivir con la espina clavada en la espalda.




Haces que se vaya mi melancolía. Me devuelves de nuevo a la vida. Resurrección.