miércoles, 7 de septiembre de 2011

Apricot phantom


Eres compleja como un albaricoque. Aterciopelada, perfumada, tierna, lisa, dulce, jugosa, dura y por último, laberíntica.


Salido de la nada, enchaquetado e impoluto como no dejó nunca de presentarse, con la negra cabellera aplastada contra el cráneo y un brazo reposádamente sobre el respaldo del asiento; él le susurra al oído sacándola de su ligera ensoñación vespertina. Es todo mentira.

Es fácil increpar cuando hay unos ojos a los que taladrar profundo. Pero en esta situación, sabe ella perfectamente que el darse la vuelta sólo serviría para no ver nada, para parecer una desquiciada más en un autobús cualquiera. Así pues, responde con la mirada perdida en el vacío recurrente de la ventana, sintiéndose escuchada contra todas las explicaciones cuerdas. ¿Qué es mentira? Eso que te está carcomiendo las entrañas. Es mentira. Sabes mejor que yo que te mueres por oír una razón. Susurran las libélulas que todo tiempo pasado fue mejor. Pues bien, estás amando un espejismo que hace mucho tiempo perdió consistencia.

Dolida, reprocha. Cuando ella jamás le reprocharía a él absolutamente nada, cuando moriría porque él volviera a la vida cuantas veces se lo permitieran. ¿Tú qué sabrás? Oh, por supuesto que yo no sé nada. Estoy muerto preciosa. Y porque estoy muerto te digo que suspiras por un campo de flores podridas. Ahora no lo entiendes, pero pronto empezarán a atosigarte con el tufo de la verdad, y no podrás negarme que te lo advertí. Y ahora si me disculpas...

¡No!


Sabía ella que cuando él decidía desvanecerse, no había quién pudiera pararlo. Federico siempre fue hombre de palabras grandes y decisiones antojadizas. Pero no podía quedarse sola, no así, no de esa forma. Y aún sin mirarle a los ojos, como no se debe mirar a los ojos a un basilísco, volvió el rostro para pedirle que se quedase. Para abrirle su corazón aunque él ya lo conociese- pues podía verlo desde dentro. Hace tiempo que sé que algo no va bien. Lo siento desde el momento en el que dejó de confiarme sus palabras dulces para dedicarme sólo las agradables. Hace mucho que no se trata de mí. Perdí lo que más amaba el día en que creímos que crecer podía no ser tan malo. Pero es que a mí no me sale ser si no me duelen sus ojos. Es que a mí no me sale ser si no me matan sus manos.







Mañana de llantos
en mi nuevo jardín de rosas.
La luz del sol cubierta de azúcar
calienta mis sueños.