jueves, 8 de septiembre de 2011

Las piedras del paraíso.

Nadie te avisa. Absolutamente nadie viene, te toma de la mano y te dice al oído "éstos van a ser los mejores años de tu vida". Y cuando pasan, es demasiado tarde. El único placer que te queda es el reflejo del pasado. Nadie te dice "olvida todo lo demás, porque no ha sido nada. Ahora empieza lo grande, lo importante. Abre bien los ojos porque éste es el regalo más grande que la vida tendrá a bien de hacerte". Nadie tiene la gentileza de hacértelo saber.



Pasados tus años en ese paraíso del que nadie te predijo nada, lo único que queda es pasar la vida soportando el peso de sus piedras. Las piedras amorfas que dejará , para el resto de los días, el recuerdo de tu inmejorable estancia en el edén de tu vida. Lo más cerca del cielo sin dejar de pisar la tierra. Llegará el momento en el que te duelan los brazos, en el que te molesten las piernas, se te hinchen los intestinos y se te ericen las esperanzas. Es sólo cuestión de tiempo. Pero es entonces, perdido en el polvo blanco de la civilización muerta, con los ojos secos, la boca seca, la nariz picante; es entonces que necesitarás rendirte. Que te lo pedirá cada centímetro de tu cuerpo, pues parecerá lo más correcto en ese instante. Lo más correcto que seguramente habrás percibido nunca.

Desconfía entonces y haz de miedos corazón. Porque ya has descubierto que en tu entrada al paraíso no hubo trompetas anunciadoras. Sobrevive a ti mismo y termina lo que has empezado. Acuérdate cuando llegue el momento de que cualquier cosa que haya hecho otro humano antes, siempre será posible para ti. Uno no es más víctima que responsable. Picando, picando piedras. Responsable de cargar, destruir y resucitar, sus piedras del paraíso.