sábado, 15 de octubre de 2011

Como nacer.

Óyeme Alecia si hoy quiero contarte una historia que te sería más maravillosa aún de no haberla estado viviendo tú conmigo. Como si de magia se tratara, como los mitos que no han sido contados y los muertos que habitan nuestros estudios escolares, dé fe la Espumosa y más bella de que yo amé con locura durante más tiempo y más devotamente de lo que nunca me creyera yo capaz. Cómo no sería que durante el tiempo que habitamos, solos en nuestro paréntesis dentro del ruido del mundo, nos dio tiempo a despreciarnos y a mofarnos los unos de los otros. Cuánto más, que ahora que nos abandonó la seguridad madre a nuestra indómita suerte, tendemos a la unión en cuerpo - pues nuestras almas no han dejado de estar juntas. Sea la multitud más grande, que brillarán como los pardos ojos de Calisto en mitad de la cúpula celeste para mí. Y serán antes, serán con la importancia de aquél que es familia de ensoñación y esperanza. Hágase el ruido, háganse las tinieblas, que de mis hermanos jamás sentiré yo frío; y junto a ellos creeré tan rápido y fuerte como sea a nosotros de decidir.

Quiera Crónos el impío devorarnos, pero habrá paz en nuestros corazones mientras seamos capaces de recordarnos. Felices. Y aún si nuestras cabezas dejaran de ser nuestras y no pudiéramos decidir cuál fue el camino hacia nuestro hogar, sé que nos reconoceríamos. En mitad del mundo, solos si no juntos. Unidos si no pegados. Creyentes de las buenas cosas que supimos vivir. Brillantes, huérfanos brillantes.

Como un orgasmo en la boca, como llorar la vida y la muerte. Como nacer.