martes, 20 de diciembre de 2011

Cuentos de antiguos que no volverán a ser contados

La madre arrodillada deja sus pantorrillas blancas arañarse con espinos tiesos y sequedades puras mientras busca las ramas en el suelo. Su hijo, que se araña igual pero no siente el dolor, corre detrás de las codornices y las liebres. Ella canta, canta por Alegrías para partir en tajos la leña verde del árbol caído. Como si hubiera sido fácil alguna vez masacrar un tallo que tiene los mismo años que tú. Pero eso no lo sabe el niño, ni el niño ni su frío de invierno; frío seco de estar lejos del mar y echarlo en falta.

Cuando quiere el sol darse cuenta, chorrean por los muslos de la hembra ríos de sangre que van a parar al musgo, al pasto y a la hierbabuena que pisa. Y a las amapolas, que son más rojas ahora. Si fueran éstos cuentos de antiguos o los campos terrosos y aguamar del vasto Olimpo, de la sangre de la madre se engendrarían hijos insaciables de leche y de luz; armados de reproches e inquisiciones tal y como brotaran de la tierra. Pero como no lo son, ella sigue despedazando a hierro el féretro de un hermano que nadie le advirtió. Y la sangre maldice todo aquello que  roza o impregna, menos a las liebres. Y al frío del niño. El frío que ya será rojo en la mañana.