martes, 25 de diciembre de 2012


Esta tristeza es una tristeza sin hogueras.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Existencia

He sentido el amor, he sentido la luz de querer contar historias. Ella, seria y esforzada en transmitir materia y forma, enfurruña la tez por el murmullo idiota que no le permite realizar la tarea de la que nace su sueldo. Y cuando callan - porque callan, bajo los ojos severos -, antes de perder un minuto más ella se gira y une los talones. Ese es el hechizo, ello es: Ella dispuesta y nosotros inoportunos. Es un alto y firmes, pero sin trabucos, ni filos ni cacharros cargados de muerte. Vamos a hacer lo que el hombre de hacer, esto es. Es.
Existencia.

jueves, 18 de octubre de 2012

Atenea llora ante el cuerpo sin vida de Venus

Escarolas doradas en el alfeizar de roca, glosario de sufrires, oloroso llanto. Mi hermana, mi tia, mi madre. Que las lechuzas plieguen sus alas : ella ha muerto. Su cuerpo yace, de rosa y de marfil, entre las sedas del sueño. Los pájaros no saltan, las víboras se enroscan, la muerte se repliega porque no tiene nada más que anhelar. Erguida me hayo, la lanza en la tierra, la punta anclada y mi casco aún emplumado. Nadie sabe cómo ha ocurrido, nadie tuvo piedad con la madre del piadoso. La laguna Estigia no es terrible por no haber fondo, sino por no conocer orillas salvadoras. Ahora mi amiga la recorre a flote porque Caronte en luto ha barado la barca. De su peinar brotan flores que al soltarla se vuelven álitos sangrientos. Y hay cadenas de sueños desconocidos enjutándole las piernas. Su cuerpo dilecto fue tan sabido que sólo ahora, en la muerte, su desnudez está desnuda. Y la soberbia de los días pasados, sus hijos, sus amantes y hermanos, son uno y son mil cuerpos. Sólo en esta tierra de ceniza la existencia se sincopa: aquí los vivos andan muertos, la pena es alegría de fin y el pánico levedad cristalina. Pero ¡callen! Me lo dijeron y no creí. Más nos valdría acabar junto a ella; ahora nuestro sino único vuelve a ser silencio. Hinquen la vista en los regazos, cierren el cuerpo al cuerpo, y no lloren más porque no podrán: Venus reina ha muerto.


miércoles, 10 de octubre de 2012

viernes, 5 de octubre de 2012

La muerta y el dios

Aquel niño tenía la panza hinchada y los ojillos secos de no pestañear. Miraba al vacío insondable que encuentran todos los niños al final de su calle. Su hermano corría, descuartizaba una hoja de eucalipto, hablaba de cómo Pablo le pegó con un banco en la escuela. El chico miraba al vacío como un muerto o un dios. Los muslos rechonchos enjaulados en pantalones de flores dramáticamente femeninos, una bolsa de papel apretujada entre sus dedos de la mano derecha y la izquierda casi inerte. Me miró. Y me sentí vista por primera vez en semanas. Eramos el niño y yo, la muerta y el dios.


martes, 25 de septiembre de 2012

Teoría de la Imagen

Tengo sentimientos viejos, como de otra época. Emociones llenas de arañazos, fugaces golpes de luz de una vida que parece de todo menos mía. Así descubrió la humanidad a los fantasmas. Pronto pasarán los días y los empolvados espíritus se irán, y serán recuerdos. Luego, sueños. Luego, nada. Tengo amigos en universos paralelos.

sábado, 18 de agosto de 2012

Criba

"Que no te coja la Sombra" dijo mi madre.


Corrí porque la Sombra estaba empaquetada en un velo grueso de rojo sangre. Algo más oscuro que el ojo de un huracán de vísceras. Se movía lento, una lentitud de fluir. Los baños públicos donde el vientre de la mujer del asesino había dejado de sangrar eran tan accesibles como indecorosos, y un hombre trajeado apretaba su enorme barriga con un cinturón de cuero negro. Yo salí porque mi madre me dijo que corriese. No pensé en lo poco aconsejable que resultaba dejarla en un lugar tan absurdamente pacífico.

La plaza sólo tenía lugares para la Sombra, que me sentía sin tener rostro. Tomé un callejón y la voz inmaterial me advirtió: sólo podría confiar en los que me fueran fieles todavía. Escalé un desnivel y al alzarme casi vuelvo a caer, pero un hombre antiguo en mis día a días me ofreció su brazo: funcionó, me tuvo en pie. Seguí, crucé una reunión de conocidos que no hacían más que observarme ahogada en mi pánico meloso. Otra vez el equilibrio me tembló y me sujeté a la pata de una silla donde se sentaba una conocida de un mal lugar: la pata se soltó sin ruido ni fuerza, como se sueltan las piezas de un puzzle de madera. Caí, me levanté. En la callejuela siguiente mi amiga de niñez me gritaba que me quedase en aquel momento de nuestra vida, en aquel momento olvidado, que podría cambiar las cosas. Cambiaba de aspecto como si alguien pasase sus hojas muy rápido. Rehuí porque debía escapar de la Sombra y vi cómo ella caía al río al alcanzarle un proyectil que le arrancaba la vida. Comprendí que yo era culpable, que lo había sido siempre. 

Delante mía la madre de mi mejor amiga cruzaba asustada una avenida. No poseía los rasgos de su madre, pero yo sabía que lo era. Yo allí no estaba, pero lo veía todo, como el empalme mal hecho de dos agujeros de gusano. Vi cómo un desgraciado le rasgaba la piel oscura con la técnica de los pintores desencantados con sus lienzos, y sentí lágrimas familiares resbalar por mis piernas. 

Desperté. No sé qué nueva emboscada me prepara la Sombra.

martes, 31 de julio de 2012



Y de repente, el día había comenzado.



Camino de Barbate I


Parece que mi corazón no se ha enterado de que en esta tierra todos caminamos solos.
Incluso cuando vamos de la mano, también estamos solos.
A veces, hay quienes consiguen algo de compañía,
quizás cuando somos cuna y alimento de otro
durante nueve meses, y parte suya toda la vida;
o cuando entramos con nuestro cuerpo en otro ser
que antoja exhalar nuestro nombre.

Por supuesto, una es más efectiva que la otra:
un hijo es hijo toda la vida,
un amante olvida con asombrosa facilidad.

lunes, 23 de julio de 2012

Homenaje a Machado, Sanlúcar 2012

Del temario de literatura que debimos haber visto durante mi último curso de Bachillerato (que abarca las obras y autores de 1898 hasta nuestros días) por razones poco líricas sólo pudimos leer con propiedad a Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, unos pocos afortunados del 27 - aunque mejor llamarnos afortunados a nosotros por haber podido aventurarnos a entenderlos - y el autor que nos ocupa, don Antonio Machado. Quizás no hayamos aprendido ni la mitad de lecciones y valores que podríamos si nos hubiñesemos dedicado a él con el cariño y la devoción apropiadas, pero desde luego nos hicimos con una parte de la profunda paz y pasión por la vida que rezuman sus versos - pues el poeta que busca describirla no es otra cosa que un enamorado de la vida. Y nos hicimos con algo de Leonor, y mucho de Castilla. Quizás por eso hoy siento que Antonio Machado ya no es sólo el nombre de un hombre, no señor, Machado es un lugar de un millón de paisajes. A fuerza de jardines, de patios y montañas, Machado es una burbuja de verde, dorado y gris, parada en mitad de la oscuridad del mundo. Un lugar donde no hay bandos, no hay lados ni aluras, no derechas o izquierdas, y apenas se intuyen un ayer y un mañana  - por eso de que hasta la poesía debe tener una razón y una esperanza de fin. Nunca un hombre consiguió una metamorfosis tan exitosa con todo lo que amó: hoy Leonor y Antonio son uno, polvo de la tierra, tierra en Castilla, en Sevilla, en Baeza o en Collioure. Hoy Antonio y Leonor son los campos, las moscas y el Espino, y son en y con nosotros. Encuentros en la paz, con mucho atino así formulados: hoy Antonio descansa en la paz de los poetas dignos y libres, de aquellos que dijeron lo que debían y querían, pese a todo lo demás. Pese a todos los días azules y este sol de infancia.

Intervención de María Hermida, Sanlúcar 19/07/12

martes, 19 de junio de 2012

Las flores de tu nombre lloraban en mi jardín

"Buenos días, vengo a la lectura del testamento."

Lo había ensayado cientos de veces y todavía le sonaba poco apropiado. Algo sucio, incluso. Pero a ella nadie le dijo que se vería en una situación así. Él era joven y cuidadoso con sus rutinas, un hombre sano. De cualquier forma, el corazón es el corazón - nunca mejor dicho, dado que el suyo estalló sin avisar. Y su idilio de catorce meses la colocó en el punto de mira de una familia que no acababa de entender la fascinación del benjamín por una chica tan normal como aquella. Tan menuda y callada. En aquella familia sobraban todos salvo ellos dos. Y ahora ella estaba sola de nuevo, y nadie le había preguntado qué sentía.

"Pase." Se sentó. Se leyó el documento. Por alguna razón bastante deducible pero poco lírica, las familias enriquecidas al viejo estilo decimonónico y polvoriento llevan eso de andar escribiendo testamentos hasta en el papel del baño como algo muy normal. ¿Qué joven de 27 años de diferente procedencia arreglaría sus papeles con tal perseverancia que cada mes se reformase lo que hubiera de ser reformado? Los notarios son a las familias ricas lo que los curas a las pobres. Pecaminosas igual, secretos de confesión por doquier.
"Su caso es especial, señorita, y ha de ser abordado el primero." El juicioso señor la miraba con parsimonia y la dulzura natural de los párpados cargados que esconden ojos grandes; ella no se atrevía a mirar más persona en la sala que a él. "Verá usted, el señorito no le ha dejado en testamento ningún bien inmueble propiamente, más bien esta zona concreta en que ha puesto mucho énfasis se mantenga protegida de la vista hasta el día de hoy. Supongo que tendrá algún sentido para usted, pues carece totalmente de lógica para el resto de su amantísima familia." Retórica barata, oratoria forzada. "Pero entonces, ¿es necesario partir la propiedad?¿o él quería que llegásemos a un acuerdo?" "Pues bien, pide expresamente que se le lleve al susodicho emplazamiento sin más dilación que la justa para aclarar estos asuntos burocráticos, y así ha de ser, en memoria del honorable hombre cuya muerte nos ocupa.  Acompáñeme pues, luego ya veremos." 

Se levantó, alisó los pliegues de su pantalón de tela almidonada y la llevó a ella sola - pues ni un solo asistente más se movió de su hierática postura - a través de los múltiples pasillos de la casa. Alcanzaron el jardín trasero, enorme y cuidado con elegancia, y una vez lo atravesaron con igual ligereza, llegaron a una puerta lateral algo escondida. Tanto que ella, que había podido palpar cada secreto de él, no sabía de su existencia. Allí esperaba un joven jardinero. Le traicionaban las uñas llenas de tierra y las hojas de rosal enredadas en el pelo, aunque se denotaba el rápido intento que había hecho de mejorar su imagen. Entregó el chico las llaves al hombre, que abrió la puerta y entró. Ella fue a hacer lo propio, cuando el chico le agarró firme del brazo y le dijo en tono discreto "Él dijo que esto sería suyo aunque su familia no hiciese caso de los papeles. Que todo aquí es cosa de usted." Y la soltó, para marcharse sin mirar atrás. Perpleja, entró; el hombre había cruzado ya el pequeño pasillo de arbustos altísimos que llevaba hasta el arco donde se abría la vista. Cuando alcanzó su lado, se unió a su silencio sepulcral : el aire había desaparecido de sus pulmones. 

Ante sus ojos se abría una explanada en ligera pendiente que descendía hasta llegar a sus pies, separados de la tierra húmeda y cuidadosamente limpia por un escalón de piedra donde se tenían en pie. Entre los parterres se habían construido pasillos enlosados muy rectos que serpenteaban entre la verdadera atracción de aquel jardín encantador: cientos y cientos de olorosas vainillas plantadas en orden conformaban una a una las letras de su nombre, legible y definido, ocupando todo el espacio de aquella preciosa sorpresa - salvando un pequeño templete a modo de merendero que se abría justo enfrente suyo, cruzando toda la plantación. Aquello era suyo, o eso decía su amor desde la tumba. O eso había dicho en vida, plantando cada ramillete de las flores con las que ella misma se perfumaba los primeros meses de su noviazgo.

Entonces el señor notario la miró, le sonrió afable y le confesó "Comenzó a diseñarlo al segundo día de conocerla. A la tercera semana ya tenía este patio limpio para comenzar a trabajar. No importa lo que diga la familia, señorita, él la amaba. Nadie regala flores sin sentir emociones verdaderas. Pero eso de construir jardines, eso son palabras mayores..." y palmeándole el hombro la dejó allí sola, desapareciendo entre los arbustos altos y tras la puerta de metal, que se cerró sin chirríos ni estruendos. Como su amor, crecido en silencio, plantado en el tiempo y el espacio.


martes, 8 de mayo de 2012

A veces los bellos hombres huelen a lavanda

En  aquella ciudad todos sabían que el caserón de la calle Bahamonde no era en realidad la muda familiar de una vieja dinastía castellana. Aquello era una casa de putas.

No era famosa por su pomposidad floral, ni por su limpieza, pero sí que tenía buena cantidad de los más bellos y bellas jóvenes de la provincia. Cuajados de tristeza, pálidos de alma, aquellos chicos no eran carne de fiesta - ni siquiera eran carne - y tampoco estaban allí por obligación o en acusador último recurso. Allí llegaban los bellos que ya no soñaban nada.
El coronel Abraham Bernard acudía allí cada dos semanas, un domingo. Aparecía con sus botas de militar jamás agachado y su recio bigote adusto, colgaba la casaca sin medallas en un saliente del tocador de ébano rajado de la habitación de poniente y se dejaba hacer. A la muerte del domingo, un disparo abrazaba todos los oídos. Y al salir Bernard entraba el cura, santiguaba un cuerpo y al salir el padre entraban dos mozos para sacar en una sábana lo restante del pecado consagrado. Cada domingo oscurecía y nadie decía nada, porque no había mucho más que comentar.

Una noche de humo hubo disparo, y luego gritos, un montón de pasos. Un gallardo muchacho de ojos tristes corría por el pasillo a avisar al cura. Se le preguntó qué había ocurrido y todos vieron a Bernard muerto en el suelo de madera, rodeándolo como si fueran a echarse a bailar a las lluvias. "¿Qué te hizo?¿Tuviste que defenderte?"."No hice nada. Me tumbó a su lado y lloró hasta dormirse. Cuando despertó cogió la pistola y decidió tragar plomo".




Todos temieron que el ejército apareciese a pedir cuenta del coronel y sus pertenencias, pero nunca vino nadie. Resultó que Abraham Bernard no era nada de nadie. Y se le dio cristiana sepultura en el patio de la casa de putas de la calle Bahamonde.

domingo, 15 de abril de 2012

Los manzanos itacenses


Se levantó y fue arrastrando su toga por el frío mármol de la escalera.
Murmullos.

"¿De qué habláis, hijos soberbios de la nueva era - no de esta, de todas las nuevas eras que ha habido - que parloteáis ciegos sin ánimo de inculcar en vuestras frentes yermas las ideas que otros hicieron germinar como bellos manzanos itacenses?¿Por qué os reís, encogidos sobre nuestra mísera rutina, ante cualquiera que promovido por la luz de los dioses se lanza a hacer algo más grande que sí mismo y que vosotros, si sabéis que sólo esa clase de hombres mueve el mundo con sus manos, como el gran Atlas lo sujeta con sus hombros? ¿Tanto odiáis a la raza humana y a vuestra propia carne, que hacéis que cuantos os escuchan sientan ardorosas iras y deseen maldecir aquellos que os dio la vida, pues la tierra suya sería más próspera si vosotros no la pisaseis? ¡Escuchad, necios! Agachad vuestras cabezas ante la ciencia, la literatura, la filosofía y todas aquellas materias y labores que no controláis en su totalidad, pues son infinitamente más grandes que vosotros, que son obra de buenos hombres de hermosas manos. No os jactéis de no saber, y no trabajar, perros ruidosos, pues sólo os merecéis que vuestra voz jamás sea escuchada, así como no escuchan vuestros oídos palabras sabias y no llegan éstas a vuestra alma impía. ¡Oíd!¡Aprended! Dadles a vuestros padres razones para enorgullecerse, dad a vuestros hijos razones para nacer."

Llorarán los escombros helenos esta noche.

I

Mi amadísima Calliope, 
te escribo porque te pienso, y te pienso entre mareas de agrias olas. No proviene mi conflicto sino del confluir de mis personas. Como si cada una de las gentes que me importan provocasen una yo distinta. Una yo que cada vez que aparece quisiera quedarse para siempre. Y me acomodo a cada una de esas mismas personas, que al fin y al cabo están forjadas al tamaño de mi casa interna. He ahí el problema, pues al irse una y venir la otra me escuece el estómago con el miedo de todos los procesos de cambio. Incluso cuando estoy sola no soy yo de verdad, que solo soy yo en los campos de Morfeo, pues en mi soledad me esperáis vosotros, amigos inamovibles. Aún recuerdo la última vez que cené sola, y bailé contigo sobrellevándonos por el suelo al son de unos pianos de jazz. Cuando los autobuses me anudan a mí misma y me quitan del mundo, y los ojos de Alecia se reflejan en los cristales; o cuando Chandler duerme de mi mano porque la inopia enferma mi pecho. Aun cuando estoy sola no lo estoy, y cuando mis personas confluyen, me duelo.


lunes, 2 de abril de 2012

Yo tenía un gato que me olía las lágrimas

Quererte y no creerlo
y buscarlo, y anhelarlo.
Soñar con los silenos
de las peñas de Montecarlo.
Buscar tus desconcuelos
y no tenerlos, y abrazarlos.
Y llevar tus ojos tristes
a las fuentes del Parnaso
pa' que queden reflejos suyos
y te lloren to' los gitanos.
Que tu pelo lacio se cuele
entre los dedos de los Tizianos
y que la negrura de tus dos luceros
atraviese los mil penachos
de los héroes de coraza y lanza
de los indios y los troyanos.
Que se plieguen por las cornisas
de todas mis vidas tus encantos.
¡Que se llene todo de ti!,
que ya no aguanto quererte tanto.

jueves, 1 de marzo de 2012

Dracagoniae

Todo lo lloró el dragón europeo más bello el resto de su inmortalidad haciendo su hermoso corazón agua y volcanes; con un gemido de madre sin su hijo o de bestia con hambre y partiendo el cielo en siete con la llegada de cada luna, pues el mísero McLauren le arrancó las garras en ruin pantomima y lo dejó allí, en su gruta, apenado e imberbe de arañada - que no asisten a nuevo día las garras de dragón perdidas en la noche. Vendió McLauren por buen botín las garras y con ellos un suizo cuya historia habrá de ser contada otra mañana acabó haciendo un piano de madera y lo que nunca fue marfil.

Aún lloraba el dragón sus noches el día que Fidias Sabercenoj comenzó a jugar con el piano. Se habían manchado sus cuerdas de llanto de macro reptil y no acababa de sonar como sus anteriores dueños hubieran esperado, pero el niño Fidias compuso la más hermosa y dantesca ópera de la historia de los soles sentado sobre sus terciopelos y cabalgando sus pedales.

Aún lloraba el dragón sus días la noche que a Bernard Shake le cortaron el dorado hilo sentado en la décima fila, cuarto asiento del estreno de la Dracagoniae, y una lágrima congeló su gesto ya imborrable. Ni la esposa de Bernard ni Fidias Sabercenoj lo supieron hasta el final del concierto, cuando ella se percató y a él una agitada azafata le puso al corriente en el camerino. Tres últimos sudores enfriaron y profanaron la frente del metódico Fidias mientras a dos mil coma veintisiete kilómetros de él, las cien bombillas arcoirisadas del salón de diversiones nocturnas "La gata perdida" estallaban al unísono, abrazando en afilada cascada las córneas del viejo McLauren, que como las garras rapiñadas y el tranquilo Bernard Shake, no serían capaces de volver a ver las luces de Apolo pasada aquella mala hora.

Aún lloraba el dragón todas sus vidas cuando se le unió el viejo McLauren en ultrasónico canto. Porque todos habían olvidado que aquel niño tan anciano en realidad nunca había superado su miedo a la oscuridad.

jueves, 23 de febrero de 2012

Un hombre feliz

Era él un hombre sensato, cuerdo y de iras justificadas. Tenía un trabajo que hacía brillar su alma, además de un salario preciado por muchos. Había recibido una educación corriente, pero tuvo enormes profesores; tenía una esposa hermosísima a la que amaba con cuidado cada día, dos hijos equilibrados que carecían de oscuridades y se estimaban entre ellos, venerando a sus progenitores y escuchando a sus abuelos. Él tenía unos padres sanos, fieros amantes tras una vida juntos. Conservaba la enorme casa en la que nació, cuidaba de cada baldosín de ella y a sus amigos dedicaba hermosas tardes y dulces palabras. Respondía con justicia o respeto, perseveraba y tomaba partido por pobres e indefensos. 

No conocía deudas, enemigos, sospechas, conjuras, traumas o celos. Disfrutaba de la filosofía, la literatura, la música, el arte, la física y las matemáticas, el cine, los besos, una buena salud y un enorme optimismo. No sabía de pesadillas, de malos días, de muertos tempranos o de agonías persistentes. No contaba así mismo con prejuicios, fobias hacia el otro o con miedos florecientes.

Era un hombre feliz.
Y claro, total y absolutamente carente de interés.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Sebos y arcadas



Nieto de infames cánidos
así ardan en tus venas
y tus tripas y tus lívidos
los cristales incendiarios
de los mil males que ahora maquinas.

Desprecio de sebosas frentes,
telas raídas del usaje y
de la malicia palpitante en
el cráter de tus ojos, y en tus dientes
enfermos del veneno de la envidia.

Catulo y Febo escupirían
sobre tus roídos huesos, y
dolerían sus manos de escribir
líricos desprecios a tu nombre, pues
ni buena emoción, ni buena luz,
ni buena idea pasa por ti o por tu pecho.

Llámate hombre y gánate el
derecho a respirar nuestro aire,
nuestros numenes sagrados, y lucha
conmigo al caer el dorado carro
exponiendo carnes, flemas y sudores.

Acaba la batalla que mantienes
aún sin arrojarme tus lanzas directas,
gesto ruin, y aleja tus infames lenguas
de mis gentes, de mi sangre; admitiendo
así lo oscuro de tu perturbada psique.

Expón tus falsos argumentos
al juicio de los dioses, y esfuma
de una vez tus odores de mis días.
Asiente lloroso como la niña llorosa
que en verdad eres, que siendo
yo mujer, soy mejor hombre
de lo que tú soñaras ser.

Y admite que Eris te corrompe
pues no verás o tocarás nada en ella,
de mí alma amiga y capricho
tuyo, que no haya antes visto o
tocado con palabras yo.
Tú, bien usada letrina de antro marinero.

martes, 24 de enero de 2012

Podría y querría, por tus ganas de volar


A Allen.S

Podría matar
por volver ahora mismo a tu ciudad.
A tu Londres inflamada y sideral.

Podría quemar
los llantos encontrados sin buscar,
los cimientos de mi malgastada edad.

Podría correr
al andén, a los muros, a por ti.
A una obra que jamás volveré a ver.

Podría llover,
limpiarme del tormento de existir;
del mercado, de las piedras, de tu piel.

Y aceptar que esta noche se me acabe
cuando salga para no volver a entrar.
Acunar tu sonrisa y nuestros planes,
tus dulzuras y mi amable soledad.

Querría saber
si Minerva de siempre planeaba
no colmarme con lo que creí tener.

Querría lamer
mi centenar de heridas coaguladas
o esa miel que ahora nunca probaré.

Querría morir,
conservar nuestra historia así tejida
y contarla con un buen final feliz.

Querría sentir
que aplicaste la ciencia prometida.
Que limpié ya lo que se manchó de abril.

Y amainar, puesto que el mundo nos llora.
No decir nunca que todo quedó atrás.
Dejar pagado el sueño a las auroras.
Entender todo lo dicho sin hablar.
Por las tardes sedientas, por las horas,
por mis hijos, por tus ganas de volar.

lunes, 16 de enero de 2012

El Último Cielo

Crepitaban los besos de lava que la tierra se daba a sí misma. Cromáticamente carcomida por los corredores de fuego que flagelaban todo lo fiable que encontraban. Y rugiendo, y rabiando, rodaban las esperanzas restantes como lágrimas de sangre. La noche de los tiempos, el paso previo al bello renacer del phoenix. 

Un viejo jadeante cual jamelgo jalado por el juicio de su amo arriba a una montaña salva de la tempestad. Aunque a ella también se le acaba el tiempo. Aquella visión del mundo encendido como un cerebro de Nobel, como cortocircuitos de placa base, le robó el corazón seis segundos. Algo había en esa inmensa soledad que le hizo pensar en los inmejorables agudos de Freddie. Qué suerte, piensa el viejo, que los héroes de la humanidad murieran a tiempo para no verla acabarse a sí misma. 

Al filo nuboso y frondoso del amoroso círculo celeste, Freddie oye su nombre. Se asoma. El planeta se reconvierte. Cuando mira, se agolpan en el horizonte de la eternidad todas las almas de nueva muerte. Los que creyeron, los que dijeron que no pero creyeron y los que hicieron a otros querer creer pasarán por sus juicios, en los que crean, e irán a la eternidad que se prefiera. Los que no, simplemente morirán. Pero en lo que las puertas sagradas se arreglan con el papeleo, los grandes hombres y mujeres de lejana muerte se agrupan al saliente del altissimo balcón para observar. Y también los pequeños hombres y mujeres se acercan, y los que sólo se aferraron a creer. Los que se empeñaron en ver lo que creían. 


Crepitaban los besos de lava que la tierra se daba a sí misma, el viejo caía en paz consigo mismo y al borde del cielo se congregaba la vidilla de los ya muertos. A estas alturas, no sirve de nada saber qué hizo cada uno por el mundo, sólo verán juntos cómo lo que más amaron se consume en endogámica reacción. 

Y alguien, no se recuerda quién, comenzó a aplaudir. Aplaudiendo aplaudiendo el cielo se llenó de resonantes ecos. La humanidad se aplaudió la historia, y cuentan que los últimos pájaros echaron a volar de los últimos árboles, temerosos del furor atronador del último cielo.