martes, 24 de enero de 2012

Podría y querría, por tus ganas de volar


A Allen.S

Podría matar
por volver ahora mismo a tu ciudad.
A tu Londres inflamada y sideral.

Podría quemar
los llantos encontrados sin buscar,
los cimientos de mi malgastada edad.

Podría correr
al andén, a los muros, a por ti.
A una obra que jamás volveré a ver.

Podría llover,
limpiarme del tormento de existir;
del mercado, de las piedras, de tu piel.

Y aceptar que esta noche se me acabe
cuando salga para no volver a entrar.
Acunar tu sonrisa y nuestros planes,
tus dulzuras y mi amable soledad.

Querría saber
si Minerva de siempre planeaba
no colmarme con lo que creí tener.

Querría lamer
mi centenar de heridas coaguladas
o esa miel que ahora nunca probaré.

Querría morir,
conservar nuestra historia así tejida
y contarla con un buen final feliz.

Querría sentir
que aplicaste la ciencia prometida.
Que limpié ya lo que se manchó de abril.

Y amainar, puesto que el mundo nos llora.
No decir nunca que todo quedó atrás.
Dejar pagado el sueño a las auroras.
Entender todo lo dicho sin hablar.
Por las tardes sedientas, por las horas,
por mis hijos, por tus ganas de volar.

lunes, 16 de enero de 2012

El Último Cielo

Crepitaban los besos de lava que la tierra se daba a sí misma. Cromáticamente carcomida por los corredores de fuego que flagelaban todo lo fiable que encontraban. Y rugiendo, y rabiando, rodaban las esperanzas restantes como lágrimas de sangre. La noche de los tiempos, el paso previo al bello renacer del phoenix. 

Un viejo jadeante cual jamelgo jalado por el juicio de su amo arriba a una montaña salva de la tempestad. Aunque a ella también se le acaba el tiempo. Aquella visión del mundo encendido como un cerebro de Nobel, como cortocircuitos de placa base, le robó el corazón seis segundos. Algo había en esa inmensa soledad que le hizo pensar en los inmejorables agudos de Freddie. Qué suerte, piensa el viejo, que los héroes de la humanidad murieran a tiempo para no verla acabarse a sí misma. 

Al filo nuboso y frondoso del amoroso círculo celeste, Freddie oye su nombre. Se asoma. El planeta se reconvierte. Cuando mira, se agolpan en el horizonte de la eternidad todas las almas de nueva muerte. Los que creyeron, los que dijeron que no pero creyeron y los que hicieron a otros querer creer pasarán por sus juicios, en los que crean, e irán a la eternidad que se prefiera. Los que no, simplemente morirán. Pero en lo que las puertas sagradas se arreglan con el papeleo, los grandes hombres y mujeres de lejana muerte se agrupan al saliente del altissimo balcón para observar. Y también los pequeños hombres y mujeres se acercan, y los que sólo se aferraron a creer. Los que se empeñaron en ver lo que creían. 


Crepitaban los besos de lava que la tierra se daba a sí misma, el viejo caía en paz consigo mismo y al borde del cielo se congregaba la vidilla de los ya muertos. A estas alturas, no sirve de nada saber qué hizo cada uno por el mundo, sólo verán juntos cómo lo que más amaron se consume en endogámica reacción. 

Y alguien, no se recuerda quién, comenzó a aplaudir. Aplaudiendo aplaudiendo el cielo se llenó de resonantes ecos. La humanidad se aplaudió la historia, y cuentan que los últimos pájaros echaron a volar de los últimos árboles, temerosos del furor atronador del último cielo.