jueves, 23 de febrero de 2012

Un hombre feliz

Era él un hombre sensato, cuerdo y de iras justificadas. Tenía un trabajo que hacía brillar su alma, además de un salario preciado por muchos. Había recibido una educación corriente, pero tuvo enormes profesores; tenía una esposa hermosísima a la que amaba con cuidado cada día, dos hijos equilibrados que carecían de oscuridades y se estimaban entre ellos, venerando a sus progenitores y escuchando a sus abuelos. Él tenía unos padres sanos, fieros amantes tras una vida juntos. Conservaba la enorme casa en la que nació, cuidaba de cada baldosín de ella y a sus amigos dedicaba hermosas tardes y dulces palabras. Respondía con justicia o respeto, perseveraba y tomaba partido por pobres e indefensos. 

No conocía deudas, enemigos, sospechas, conjuras, traumas o celos. Disfrutaba de la filosofía, la literatura, la música, el arte, la física y las matemáticas, el cine, los besos, una buena salud y un enorme optimismo. No sabía de pesadillas, de malos días, de muertos tempranos o de agonías persistentes. No contaba así mismo con prejuicios, fobias hacia el otro o con miedos florecientes.

Era un hombre feliz.
Y claro, total y absolutamente carente de interés.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Sebos y arcadas



Nieto de infames cánidos
así ardan en tus venas
y tus tripas y tus lívidos
los cristales incendiarios
de los mil males que ahora maquinas.

Desprecio de sebosas frentes,
telas raídas del usaje y
de la malicia palpitante en
el cráter de tus ojos, y en tus dientes
enfermos del veneno de la envidia.

Catulo y Febo escupirían
sobre tus roídos huesos, y
dolerían sus manos de escribir
líricos desprecios a tu nombre, pues
ni buena emoción, ni buena luz,
ni buena idea pasa por ti o por tu pecho.

Llámate hombre y gánate el
derecho a respirar nuestro aire,
nuestros numenes sagrados, y lucha
conmigo al caer el dorado carro
exponiendo carnes, flemas y sudores.

Acaba la batalla que mantienes
aún sin arrojarme tus lanzas directas,
gesto ruin, y aleja tus infames lenguas
de mis gentes, de mi sangre; admitiendo
así lo oscuro de tu perturbada psique.

Expón tus falsos argumentos
al juicio de los dioses, y esfuma
de una vez tus odores de mis días.
Asiente lloroso como la niña llorosa
que en verdad eres, que siendo
yo mujer, soy mejor hombre
de lo que tú soñaras ser.

Y admite que Eris te corrompe
pues no verás o tocarás nada en ella,
de mí alma amiga y capricho
tuyo, que no haya antes visto o
tocado con palabras yo.
Tú, bien usada letrina de antro marinero.