jueves, 1 de marzo de 2012

Dracagoniae

Todo lo lloró el dragón europeo más bello el resto de su inmortalidad haciendo su hermoso corazón agua y volcanes; con un gemido de madre sin su hijo o de bestia con hambre y partiendo el cielo en siete con la llegada de cada luna, pues el mísero McLauren le arrancó las garras en ruin pantomima y lo dejó allí, en su gruta, apenado e imberbe de arañada - que no asisten a nuevo día las garras de dragón perdidas en la noche. Vendió McLauren por buen botín las garras y con ellos un suizo cuya historia habrá de ser contada otra mañana acabó haciendo un piano de madera y lo que nunca fue marfil.

Aún lloraba el dragón sus noches el día que Fidias Sabercenoj comenzó a jugar con el piano. Se habían manchado sus cuerdas de llanto de macro reptil y no acababa de sonar como sus anteriores dueños hubieran esperado, pero el niño Fidias compuso la más hermosa y dantesca ópera de la historia de los soles sentado sobre sus terciopelos y cabalgando sus pedales.

Aún lloraba el dragón sus días la noche que a Bernard Shake le cortaron el dorado hilo sentado en la décima fila, cuarto asiento del estreno de la Dracagoniae, y una lágrima congeló su gesto ya imborrable. Ni la esposa de Bernard ni Fidias Sabercenoj lo supieron hasta el final del concierto, cuando ella se percató y a él una agitada azafata le puso al corriente en el camerino. Tres últimos sudores enfriaron y profanaron la frente del metódico Fidias mientras a dos mil coma veintisiete kilómetros de él, las cien bombillas arcoirisadas del salón de diversiones nocturnas "La gata perdida" estallaban al unísono, abrazando en afilada cascada las córneas del viejo McLauren, que como las garras rapiñadas y el tranquilo Bernard Shake, no serían capaces de volver a ver las luces de Apolo pasada aquella mala hora.

Aún lloraba el dragón todas sus vidas cuando se le unió el viejo McLauren en ultrasónico canto. Porque todos habían olvidado que aquel niño tan anciano en realidad nunca había superado su miedo a la oscuridad.