domingo, 15 de abril de 2012

I

Mi amadísima Calliope, 
te escribo porque te pienso, y te pienso entre mareas de agrias olas. No proviene mi conflicto sino del confluir de mis personas. Como si cada una de las gentes que me importan provocasen una yo distinta. Una yo que cada vez que aparece quisiera quedarse para siempre. Y me acomodo a cada una de esas mismas personas, que al fin y al cabo están forjadas al tamaño de mi casa interna. He ahí el problema, pues al irse una y venir la otra me escuece el estómago con el miedo de todos los procesos de cambio. Incluso cuando estoy sola no soy yo de verdad, que solo soy yo en los campos de Morfeo, pues en mi soledad me esperáis vosotros, amigos inamovibles. Aún recuerdo la última vez que cené sola, y bailé contigo sobrellevándonos por el suelo al son de unos pianos de jazz. Cuando los autobuses me anudan a mí misma y me quitan del mundo, y los ojos de Alecia se reflejan en los cristales; o cuando Chandler duerme de mi mano porque la inopia enferma mi pecho. Aun cuando estoy sola no lo estoy, y cuando mis personas confluyen, me duelo.


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