martes, 8 de mayo de 2012

A veces los bellos hombres huelen a lavanda

En  aquella ciudad todos sabían que el caserón de la calle Bahamonde no era en realidad la muda familiar de una vieja dinastía castellana. Aquello era una casa de putas.

No era famosa por su pomposidad floral, ni por su limpieza, pero sí que tenía buena cantidad de los más bellos y bellas jóvenes de la provincia. Cuajados de tristeza, pálidos de alma, aquellos chicos no eran carne de fiesta - ni siquiera eran carne - y tampoco estaban allí por obligación o en acusador último recurso. Allí llegaban los bellos que ya no soñaban nada.
El coronel Abraham Bernard acudía allí cada dos semanas, un domingo. Aparecía con sus botas de militar jamás agachado y su recio bigote adusto, colgaba la casaca sin medallas en un saliente del tocador de ébano rajado de la habitación de poniente y se dejaba hacer. A la muerte del domingo, un disparo abrazaba todos los oídos. Y al salir Bernard entraba el cura, santiguaba un cuerpo y al salir el padre entraban dos mozos para sacar en una sábana lo restante del pecado consagrado. Cada domingo oscurecía y nadie decía nada, porque no había mucho más que comentar.

Una noche de humo hubo disparo, y luego gritos, un montón de pasos. Un gallardo muchacho de ojos tristes corría por el pasillo a avisar al cura. Se le preguntó qué había ocurrido y todos vieron a Bernard muerto en el suelo de madera, rodeándolo como si fueran a echarse a bailar a las lluvias. "¿Qué te hizo?¿Tuviste que defenderte?"."No hice nada. Me tumbó a su lado y lloró hasta dormirse. Cuando despertó cogió la pistola y decidió tragar plomo".




Todos temieron que el ejército apareciese a pedir cuenta del coronel y sus pertenencias, pero nunca vino nadie. Resultó que Abraham Bernard no era nada de nadie. Y se le dio cristiana sepultura en el patio de la casa de putas de la calle Bahamonde.

2 comentarios:

Antonioh. dijo...

cómo se podría expresar aquí el aplauso secreto con el que acabo de rematar la lectura de este relato.
Como siempre mi niña, o quizá, mejor que nunca. Besos

Anónimo dijo...

lo de "A la muerte del domingo, un disparo abrazaba todos los oídos." me ha dejado loco.....