martes, 19 de junio de 2012

Las flores de tu nombre lloraban en mi jardín

"Buenos días, vengo a la lectura del testamento."

Lo había ensayado cientos de veces y todavía le sonaba poco apropiado. Algo sucio, incluso. Pero a ella nadie le dijo que se vería en una situación así. Él era joven y cuidadoso con sus rutinas, un hombre sano. De cualquier forma, el corazón es el corazón - nunca mejor dicho, dado que el suyo estalló sin avisar. Y su idilio de catorce meses la colocó en el punto de mira de una familia que no acababa de entender la fascinación del benjamín por una chica tan normal como aquella. Tan menuda y callada. En aquella familia sobraban todos salvo ellos dos. Y ahora ella estaba sola de nuevo, y nadie le había preguntado qué sentía.

"Pase." Se sentó. Se leyó el documento. Por alguna razón bastante deducible pero poco lírica, las familias enriquecidas al viejo estilo decimonónico y polvoriento llevan eso de andar escribiendo testamentos hasta en el papel del baño como algo muy normal. ¿Qué joven de 27 años de diferente procedencia arreglaría sus papeles con tal perseverancia que cada mes se reformase lo que hubiera de ser reformado? Los notarios son a las familias ricas lo que los curas a las pobres. Pecaminosas igual, secretos de confesión por doquier.
"Su caso es especial, señorita, y ha de ser abordado el primero." El juicioso señor la miraba con parsimonia y la dulzura natural de los párpados cargados que esconden ojos grandes; ella no se atrevía a mirar más persona en la sala que a él. "Verá usted, el señorito no le ha dejado en testamento ningún bien inmueble propiamente, más bien esta zona concreta en que ha puesto mucho énfasis se mantenga protegida de la vista hasta el día de hoy. Supongo que tendrá algún sentido para usted, pues carece totalmente de lógica para el resto de su amantísima familia." Retórica barata, oratoria forzada. "Pero entonces, ¿es necesario partir la propiedad?¿o él quería que llegásemos a un acuerdo?" "Pues bien, pide expresamente que se le lleve al susodicho emplazamiento sin más dilación que la justa para aclarar estos asuntos burocráticos, y así ha de ser, en memoria del honorable hombre cuya muerte nos ocupa.  Acompáñeme pues, luego ya veremos." 

Se levantó, alisó los pliegues de su pantalón de tela almidonada y la llevó a ella sola - pues ni un solo asistente más se movió de su hierática postura - a través de los múltiples pasillos de la casa. Alcanzaron el jardín trasero, enorme y cuidado con elegancia, y una vez lo atravesaron con igual ligereza, llegaron a una puerta lateral algo escondida. Tanto que ella, que había podido palpar cada secreto de él, no sabía de su existencia. Allí esperaba un joven jardinero. Le traicionaban las uñas llenas de tierra y las hojas de rosal enredadas en el pelo, aunque se denotaba el rápido intento que había hecho de mejorar su imagen. Entregó el chico las llaves al hombre, que abrió la puerta y entró. Ella fue a hacer lo propio, cuando el chico le agarró firme del brazo y le dijo en tono discreto "Él dijo que esto sería suyo aunque su familia no hiciese caso de los papeles. Que todo aquí es cosa de usted." Y la soltó, para marcharse sin mirar atrás. Perpleja, entró; el hombre había cruzado ya el pequeño pasillo de arbustos altísimos que llevaba hasta el arco donde se abría la vista. Cuando alcanzó su lado, se unió a su silencio sepulcral : el aire había desaparecido de sus pulmones. 

Ante sus ojos se abría una explanada en ligera pendiente que descendía hasta llegar a sus pies, separados de la tierra húmeda y cuidadosamente limpia por un escalón de piedra donde se tenían en pie. Entre los parterres se habían construido pasillos enlosados muy rectos que serpenteaban entre la verdadera atracción de aquel jardín encantador: cientos y cientos de olorosas vainillas plantadas en orden conformaban una a una las letras de su nombre, legible y definido, ocupando todo el espacio de aquella preciosa sorpresa - salvando un pequeño templete a modo de merendero que se abría justo enfrente suyo, cruzando toda la plantación. Aquello era suyo, o eso decía su amor desde la tumba. O eso había dicho en vida, plantando cada ramillete de las flores con las que ella misma se perfumaba los primeros meses de su noviazgo.

Entonces el señor notario la miró, le sonrió afable y le confesó "Comenzó a diseñarlo al segundo día de conocerla. A la tercera semana ya tenía este patio limpio para comenzar a trabajar. No importa lo que diga la familia, señorita, él la amaba. Nadie regala flores sin sentir emociones verdaderas. Pero eso de construir jardines, eso son palabras mayores..." y palmeándole el hombro la dejó allí sola, desapareciendo entre los arbustos altos y tras la puerta de metal, que se cerró sin chirríos ni estruendos. Como su amor, crecido en silencio, plantado en el tiempo y el espacio.


2 comentarios:

ALEJANDRA dijo...

Hola!. Tengo una ¿rara? costumbre, llámalo curiosidad. De vez en cuando, pincho en "siguiente blog" cuando leo uno de los que sigo. Y es que me encuentro cada sorpresa!!. Hoy has sido tú. Gracias!.

Una persona que te quiere... dijo...

Grandes palabras que construyen sentimientos perfectos, me ha encantado. La canción es genial :)