viernes, 5 de octubre de 2012

La muerta y el dios

Aquel niño tenía la panza hinchada y los ojillos secos de no pestañear. Miraba al vacío insondable que encuentran todos los niños al final de su calle. Su hermano corría, descuartizaba una hoja de eucalipto, hablaba de cómo Pablo le pegó con un banco en la escuela. El chico miraba al vacío como un muerto o un dios. Los muslos rechonchos enjaulados en pantalones de flores dramáticamente femeninos, una bolsa de papel apretujada entre sus dedos de la mano derecha y la izquierda casi inerte. Me miró. Y me sentí vista por primera vez en semanas. Eramos el niño y yo, la muerta y el dios.


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