jueves, 23 de febrero de 2012

Un hombre feliz

Era él un hombre sensato, cuerdo y de iras justificadas. Tenía un trabajo que hacía brillar su alma, además de un salario preciado por muchos. Había recibido una educación corriente, pero tuvo enormes profesores; tenía una esposa hermosísima a la que amaba con cuidado cada día, dos hijos equilibrados que carecían de oscuridades y se estimaban entre ellos, venerando a sus progenitores y escuchando a sus abuelos. Él tenía unos padres sanos, fieros amantes tras una vida juntos. Conservaba la enorme casa en la que nació, cuidaba de cada baldosín de ella y a sus amigos dedicaba hermosas tardes y dulces palabras. Respondía con justicia o respeto, perseveraba y tomaba partido por pobres e indefensos. 

No conocía deudas, enemigos, sospechas, conjuras, traumas o celos. Disfrutaba de la filosofía, la literatura, la música, el arte, la física y las matemáticas, el cine, los besos, una buena salud y un enorme optimismo. No sabía de pesadillas, de malos días, de muertos tempranos o de agonías persistentes. No contaba así mismo con prejuicios, fobias hacia el otro o con miedos florecientes.

Era un hombre feliz.
Y claro, total y absolutamente carente de interés.