domingo, 15 de abril de 2012

Los manzanos itacenses


Se levantó y fue arrastrando su toga por el frío mármol de la escalera.
Murmullos.

"¿De qué habláis, hijos soberbios de la nueva era - no de esta, de todas las nuevas eras que ha habido - que parloteáis ciegos sin ánimo de inculcar en vuestras frentes yermas las ideas que otros hicieron germinar como bellos manzanos itacenses?¿Por qué os reís, encogidos sobre nuestra mísera rutina, ante cualquiera que promovido por la luz de los dioses se lanza a hacer algo más grande que sí mismo y que vosotros, si sabéis que sólo esa clase de hombres mueve el mundo con sus manos, como el gran Atlas lo sujeta con sus hombros? ¿Tanto odiáis a la raza humana y a vuestra propia carne, que hacéis que cuantos os escuchan sientan ardorosas iras y deseen maldecir aquellos que os dio la vida, pues la tierra suya sería más próspera si vosotros no la pisaseis? ¡Escuchad, necios! Agachad vuestras cabezas ante la ciencia, la literatura, la filosofía y todas aquellas materias y labores que no controláis en su totalidad, pues son infinitamente más grandes que vosotros, que son obra de buenos hombres de hermosas manos. No os jactéis de no saber, y no trabajar, perros ruidosos, pues sólo os merecéis que vuestra voz jamás sea escuchada, así como no escuchan vuestros oídos palabras sabias y no llegan éstas a vuestra alma impía. ¡Oíd!¡Aprended! Dadles a vuestros padres razones para enorgullecerse, dad a vuestros hijos razones para nacer."

Llorarán los escombros helenos esta noche.

I

Mi amadísima Calliope, 
te escribo porque te pienso, y te pienso entre mareas de agrias olas. No proviene mi conflicto sino del confluir de mis personas. Como si cada una de las gentes que me importan provocasen una yo distinta. Una yo que cada vez que aparece quisiera quedarse para siempre. Y me acomodo a cada una de esas mismas personas, que al fin y al cabo están forjadas al tamaño de mi casa interna. He ahí el problema, pues al irse una y venir la otra me escuece el estómago con el miedo de todos los procesos de cambio. Incluso cuando estoy sola no soy yo de verdad, que solo soy yo en los campos de Morfeo, pues en mi soledad me esperáis vosotros, amigos inamovibles. Aún recuerdo la última vez que cené sola, y bailé contigo sobrellevándonos por el suelo al son de unos pianos de jazz. Cuando los autobuses me anudan a mí misma y me quitan del mundo, y los ojos de Alecia se reflejan en los cristales; o cuando Chandler duerme de mi mano porque la inopia enferma mi pecho. Aun cuando estoy sola no lo estoy, y cuando mis personas confluyen, me duelo.