sábado, 12 de enero de 2013

La solitaria

La solitaria, ciega, corre por este suelo pringoso y espumado. Hace ruido de ventosas negras, fulgurante y ambarina mientras luenga en toda su coyuntura. Su tronco anillado se ajusta tan correctamente al tunel que negar un nacimiento conjunto, una pertenencia mutua, sería mentir de la más flagrante de las maneras.
Propina dentelladas, hambrienta, sádica, obscena en su interés trasgiversado, inalterable en un afán que yo no querría para nadie. La solitaria escupe su veneno sin palabras. La solitaria es fiera porque está sola.


La solitaria llega al esófago, escapa, muerde la carótida. Entendí que había estado ahí siempre. Mi carne y su carne eran propiedad la una de la otra.

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