viernes, 13 de septiembre de 2013

Como si Octubre no fuera a llegar nunca.

Mi hermana me pidió que volviera. Hacía un viento frío y seco en Salamanca.

Dijo que mamá estaba llorando, que la locura se repetía en la casa con su patrón de pintas cárdenas. La llamé, pero ella no quería que lo hiciera.
Me escondí agitada en el cuarto de Carlos, único lugar con privacidad en su pequeño y acogedor piso, y llamé a mamá. Sonaba alegre, pero inducida, creía que yo no sabría nada. Ambas lloramos por teléfono; yo le ofrecí dinero como si eso pudiera solucionar todos los problemas. Es lo que una acaba por creer. Ella no lo quería, que ya sería bueno cuando nos hiciera falta más adelante. Entonces, tan oprimida por las rejas invisibles, tamborileando en el marco de aluminio de la ventana de Carlos, escuché pasos detrás mía. Sabía que se daría cuenta, pero no que me haría tantísima falta. Cerró la puerta tras entrar, la oí hacerlo, y entonces, mientras repetía a mi madre que lo arreglaría todo, que ella sólo tenía que estar bien y no dejarse llevar por el murmullo y por la vorágine, noté su mano en mi espalda. Si hubierais estado allí lo hubierais podido ver. Llevaba un vestido apretado con el mapa de la Tierra Media y la chaqueta azul de Héctor. La espalda se me quedó embarazada de sol. Luego se sentó en la cama que había junto a mí, y sin mirarle aún colgué a mi madre. En la despedida nuestro llanto remontó por un segundo. El patio hacía la luz muy gris, el cuarto era muy gris, pero ella siempre es rojo cálido como la pulpa de las frutas. 

Me senté a su lado en la cama, se lo expliqué todo, ella me quiso dar la paz que alumbra al final de la lógica, y allí fue que llegamos. Es fuerte, una valkyria.

Salió del cuarto, y un rato después salí yo.
Como si Octubre no fuera a llegar nunca.

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