martes, 11 de febrero de 2014

Es viejo, pero no.

Obsérvalo. Es viejo, pero no.
Tiene pelo en la cabeza, piel tersa aún, manos cuidadas. Y sin embargo, sus ritmos y tonos son ancianos, añejos. Pregúntate el por qué de esa impresión. Un hombre lozano y fértil es hoy para ti en cierto punto deccrépito, y no es culpa suya. Los cánones sociales que han señalado como mejores o peores en el rango de lo atractivo unos centímetros más o menos de piel, pelo y uñas hunden sus raíces en los estratos de la memoria. La complejidad de esta perversión atenaza la garganta y empuja a olvidar el intento siquiera de comprenderlo en su totalidad. Que cada uno viva o no según los parámetros que nos imponen, e intentemos ser felices. 

¿Pero quién realiza estas contracciones del ancho afectivo?¿Quién mantiene sobre el cuello de los poco amanerados el hacha indolente de la exclusión social? Nadie quiere esto, todos somos de lo más valientes y creativos, y sin embargo, preferimos no pensar- una vez más - y no asumir que quizás los seres más excelsos a nuestros ojos para otros serán motivo de risa. Pero no olvidemos lo radical: la chispa de la emoción, el click multisonante de la poesía, es capaz de dignificar y justificar una vida entera. Y no nos confundamos: no la del hipercanónico, sino la tuya.

Atrevámonos a amar.

domingo, 2 de febrero de 2014

02 de Febrero de 2014

Hubo un tiempo en que el mundo era finito. Las calles y las horas tenían el mismo nombre y la misma dirección. En aquel tiempo no recuerdo ser precisamente feliz porque no creo que jamás haya aprendido a ser feliz completamente. Supongo que en aquel tiempo, tan sólo las pequeñas calamidades que asolaban el terrario que era mi vida bastaban para hacerme creer la protagonista de la mejor leyenda del mundo. 

Hubo un tiempo en que cada cosa era singular. Única, irrepetible, incontrolable. Y a la vez, todo regido por las leyes básicas del ritmo. Recuerdo muros verdes y pavimentos de cemento y piedras redondas; fiestas mal planeadas, contentarse con poco, siempre esperar demasiado. Había un camino hasta la casa de mi hermano que tenía una hora y un color. Mientras lo cruzaba, los coches, los viejos sueños, los anhelos escondidos nos pasaban por la izquierda y a veces hacían luces para saludarnos. Pero casi parecía que éramos libres. Recuerdo sentir todas aquellas cosas antes de saber que tenían un nombre, y ser perfectamente consciente de que las añoraría llegado el momento propicio. 

Aún hay gente viviendo en ese mundo, que pasea sus perros junto a las paredes de cristal que se alzan hasta el cielo marcando el final de la sequía. Se me olvida. Les deseo ceguera y prosperidad.