miércoles, 26 de marzo de 2014

Hacia lo salvaje.

Eso petardeaban los horribles altavoces de la gasolinera donde hemos preparado el coche para ir al aeropuerto. Un himno baqueteado y descuartizado con anuncios sin ningún tipo de relevancia para nadie más que para el pobre ser que ha tenido que diseñarlos. 

No creo que sea una casualidad.

Me voy. No sé si volveré yo, u otra metida en este cuerpo. Os he explicado las razones y no creo que hayan quedado claras. Hubo un noviembre en el que decidí que necesitaba correr. Hoy, mil amaneceres de distancia y sigo teniendo el irrefrenable deseo de arriesgarme a algo de verdad. La vida debe ser tangible a cada segundo. Así pues, parto rumbo a los lugares de Virginia, para que ella me dé algunas respuestas que quizá sí quiera oír. O no. Pero habrá valido la pena intentarlo.

Esto puede ser una perfecta forma de tirar dinero, o cualquier otra cosa. Magnífica y fosforescente. Pero, ¿por qué no?

Volveré, porque yo no eludo mis responsabilidades. Pero quizás algo haya cambiado.


1 comentario:

Irene Alcedo dijo...

Los viajes, como las personas, nos moldean, nos trasforman y nos llevan a ser una persona que nunca creímos ser. Todo cambia en un avión, aunque no seas consciente. También yo me fui para volver y te aseguro que no tengo los mismos ojos.
Disfruta mucho y vuelve con las esperanzas renovadas.
Un abrazo.