viernes, 12 de diciembre de 2014

Segunda Ro-ma-ni-za-ción


11/11/14. Termini.



Allí la vi, en el andén contrario al nuestro: tiesa contra el suelo de hormigón sobre sus dos piernas  como tienen a bien de hacerlo los homínidos desarrollados. Su mirada serpenteaba y se perdía entre los raíles del metro, y yo la miraba con la mirada afilada de quien busca que lo vean y que lo amen con la mirada. Y dentro de los pantalones bien podría haber tenido una bifurcada cola de pez o dos patas de pluma, hueso y al término una garra; pero su rostro lo poblaban los pómulos  de una nereida, y bajo sus cejas descansaban los ojos de una nereida, y su pelo largo como el día recordaba al ondulado pelo de una nereida prerrafaelita que se posara entre los humanos unas horas para regalarse de la mediocridad propia de éstos justo antes de alzar el vuelo.

Yo la miraba, la miraba para que me amase.

Llegaron los trenes cruzados, y sus alas se desplegaron entre el gentío del mediodía. Miré por verla hasta que no quedaron maneras posibles de encontrarla. Aún con el coletazo doliéndome en la cara, sintiendo las nuevas branquias hinchadas infectándose en mi piel, me ahogué de nuevo entre el tumulto. Me hundí en ese tren que no escogí bien, y luego en el país que no es el suyo; marina para siempre, barada en la orilla donde el mar roza y no salva, donde mi nereida nada y no lo sabe.

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