domingo, 2 de febrero de 2014

02 de Febrero de 2014

Hubo un tiempo en que el mundo era finito. Las calles y las horas tenían el mismo nombre y la misma dirección. En aquel tiempo no recuerdo ser precisamente feliz porque no creo que jamás haya aprendido a ser feliz completamente. Supongo que en aquel tiempo, tan sólo las pequeñas calamidades que asolaban el terrario que era mi vida bastaban para hacerme creer la protagonista de la mejor leyenda del mundo. 

Hubo un tiempo en que cada cosa era singular. Única, irrepetible, incontrolable. Y a la vez, todo regido por las leyes básicas del ritmo. Recuerdo muros verdes y pavimentos de cemento y piedras redondas; fiestas mal planeadas, contentarse con poco, siempre esperar demasiado. Había un camino hasta la casa de mi hermano que tenía una hora y un color. Mientras lo cruzaba, los coches, los viejos sueños, los anhelos escondidos nos pasaban por la izquierda y a veces hacían luces para saludarnos. Pero casi parecía que éramos libres. Recuerdo sentir todas aquellas cosas antes de saber que tenían un nombre, y ser perfectamente consciente de que las añoraría llegado el momento propicio. 

Aún hay gente viviendo en ese mundo, que pasea sus perros junto a las paredes de cristal que se alzan hasta el cielo marcando el final de la sequía. Se me olvida. Les deseo ceguera y prosperidad.